Ir al contenido principal
Vacuna generico
Salud y bienestar

El misterio de cómo la ciencia resolvió un efecto raro de una vacuna anti-COVID

Lo que comenzó como un caso aislado en pandemia terminó en una investigación cientifica de alta precisión. Hoy se conoce la causa molecular del VITT, una trombosis poco frecuente, inducida por vacunas. La ciencia trabaja ya en en cómo reducir aún más ese riesgo. Análisis exclusivo para Cambio del doctor Pedro Romero, autoridad mundial en inmunologías de los tumores sólidos y el desarrollo de estrategias de inmunoterapia contra el cáncer.

Por: Pedro Romero

En febrero de 2021, en plena pandemia, una enfermera de 49 años recibió una vacuna contra la COVID-19 basada en un vector adenoviral, recientemente desarrollada por la británica AstraZeneca. Días después, comenzaron los síntomas inquietantes: moretones inesperados, dolor intenso y coágulos inusuales en la sangre. Fue atendida por la hematóloga Sabine Eichinger, de la Universidad Médica de Viena, quien se enfrentó a un desenlace devastador: la paciente falleció1.

Este caso encendió todas las alarmas. Aunque el síndrome —denominado trombocitopenia y trombosis inmunitaria inducida por vacuna (VITT)— es extremadamente raro, con una frecuencia aproximada de uno por cada 200.000 vacunados, su gravedad exigía respuestas rápidas y precisas. Cinco años después, en Europa se han registrado 900 casos y 200 muertes, lo que equivale aproximadamente a una trombosis fatal por cada millón de personas vacunadas.

Muchos países europeos restringieron el uso de la vacuna de AstraZeneca a personas mayores, con mayor riesgo de morir por COVID-19, o la retiraron completamente. En Estados Unidos, donde AstraZeneca nunca fue aprobada, la vacuna de J&J, basada en un adenovirus similar, también fue finalmente abandonada.

Es importante subrayar que esta complicación es circunscrita a las vacunas contra la COVID-19 que utilizaban adenovirus como vector. Otras vacunas anti-COVID-19, como las vacunas a base de ARN mensajero, no presentan este efecto adverso. La pregunta, entonces, era inevitable: ¿qué tienen los adenovirus que, en casos extremadamente raros, pueden desencadenar problemas de coagulación?

Detectives moleculares tras el misterioso VITT

Lo que siguió fue una auténtica investigación detectivesca, liderada por equipos internacionales de hematólogos e inmunólogos. Ahora, tras años de trabajo, el grupo de Andreas Greinacher en Greifswald (Alemania), junto con otros dos equipos, logró identificar con notable precisión la causa molecular del VITT.

Ambas vacunas implicadas utilizaban un adenovirus modificado para transportar a las células humanas el gen de la proteína espiga del SARS-CoV-2 (el virus causante de la COVID-19). En un artículo publicado esta semana en The New England Journal of Medicine, los investigadores demostraron que una proteína del propio adenovirus podía, en circunstancias muy particulares, desencadenar la producción de anticuerpos “despistados” en personas con una combinación desafortunada de rasgos genéticos y una mutación particular en esos anticuerpos2.

Pero vayamos por partes. El objetivo de la vacunación es presentar a nuestro sistema inmunitario un componente esencial del virus SARS-CoV-2: la proteína espiga. Esto puede lograrse de distintas maneras. Una estrategia consiste en utilizar ARN mensajero que contiene la información genética para fabricar la proteína espiga, encapsulado en vesículas lipídicas diminutas —nanopartículas lipídicas— de tamaño menor a una milésima de milímetro (nanométrico). Esta tecnología es altamente eficaz, aunque su fabricación es costosa y su estabilidad limitada.

Otra estrategia recurre a virus modificados como vehículo, vector, de entrega genética. Los virus, en virtud de su propia biología, son vehículos ideales introducir información genética en las células. Entre ellos, los adenovirus —responsables de resfriados comunes— poseen propiedades que los convierten en vectores especialmente eficaces para transportar genes recombinantes, como el que codifica para la proteína espiga.

Sin embargo, presentan una desventaja importante: son intrínsicamente muy inmunogénicos, es decir, inducen respuestas inmunes intensas, incluida la producción de anticuerpos. En los raros casos de VITT, además de reconocer componentes del adenovirus —en particular una proteína denominada pVII— algunos anticuerpos anti-pVII reaccionaban de manera cruzada con el factor plaquetario 4 (PF4), una proteína presente en las plaquetas de la sangre y clave en el proceso de coagulación. Esa reacción cruzada desencadenaba una cascada peligrosa: activación masiva de plaquetas, formación de coágulos y, paradójicamente, riesgo de hemorragia debido al consumo acelerado de plaquetas.

Era como si los guardianes del cuerpo confundieran a un aliado con un enemigo dentro de la propia fortaleza.

La pista genética

La gran incógnita seguía siendo por qué esto ocurría en menos de una persona por cada 200,000 vacunadas.

La respuesta comenzó a emerger gracias a técnicas avanzadas de secuenciación y espectrometría de masas. Los anticuerpos implicados en la reacción cruzada con PF4 compartían una característica muy específica: una pequeña modificación estructural que aumentaba su carga eléctrica negativa. Dado que la proteína PF4 tiene carga positiva, ambos se atraían como polos opuestos de un imán, desencadenando la reacción adversa.

Pero eso no era todo. Los investigadores identificaron también un rasgo genético necesario para que se produjera esta reacción cruzada. Ese rasgo reside en los propios genes que codifican los anticuerpos. Para poder reconocer un universo prácticamente infinito de microorganismos con un número limitado de genes, el sistema inmunitario ha evolucionado una estrategia ingeniosa: en lugar de disponer de un gen distinto para cada anticuerpo —algo inviable desde el punto de vista biológico— almacenamos entre 100 y 200 segmentos génicos que funcionan como piezas modulares, como bloques de un juego Lego.

Los linfocitos B, las células productoras de anticuerpos, actúan como auténticas ingenieras genéticas cuando deben responder a una infección. Cada linfocito B combina al azar tres de esos segmentos génicos —como si barajara cartas— y así genera una enorme diversidad de anticuerpos a partir de un repertorio modesto de piezas básicas.

Y aún hay más. Durante la respuesta inmunitaria, estos linfocitos introducen mutaciones adicionales en los genes ensamblados, refinando y diversificando todavía más los anticuerpos producidos. Este proceso, esencial para defendernos eficazmente de nuevas infecciones, multiplica exponencialmente la variedad del repertorio inmunológico.

En las personas afectadas por VITT concurría una combinación muy particular de factores. Portaban un segmento génico específico —presente en aproximadamente 40–60% de europeos y en torno al 20% de asiáticos— que formaba parte del anticuerpo de reacción cruzada. En combinación con el proceso normal de mutación y maduración de los linfocitos B, podía generarse, por puro azar biológico, ese anticuerpo problemático.

Se trataba, por tanto, de una conjunción extraordinariamente infrecuente: predisposición genética, un tipo concreto de respuesta inmune y la interacción con proteínas del vector adenoviral. No tenía relación alguna con la proteína espiga del coronavirus ni con las vacunas de ARN mensajero. No era un fallo general de la vacuna, sino una coincidencia biológica excepcional.

Ciencia que detecta y corrige

Lo más relevante no es solo que el enigma se haya resuelto, sino lo que ello significa.

Primero, demuestra que los sistemas de farmacovigilancia funcionan. El efecto adverso fue detectado, investigado y caracterizado en un plazo relativamente corto.

Segundo, ofrece herramientas para mejorar futuras vacunas basadas en adenovirus. Conociendo el mecanismo molecular exacto, ahora es posible modificar estos vectores con mayor precisión para reducir aún más cualquier riesgo. Esto es fundamental, porque los adenovirus siguen siendo herramientas valiosas: son baratos, eficaces y se utilizan en el desarrollo de vacunas contra la gripe, la malaria, la meningitis, la tuberculosis y el ébola.

Y tercero, pone las cifras en perspectiva.

Las vacunas contra la COVID-19 evitaron millones de hospitalizaciones y muertes. El riesgo de VITT era muchísimo menor que el riesgo de complicaciones graves por la propia infección. Además, la vacunación reduce aproximadamente a la mitad el riesgo de desarrollar una COVID prolongada, una condición debilitante cuya incidencia global se estima en torno al 29% de las personas infectadas.

En otras palabras: mientras que el riesgo de COVID prolongada puede afectar aproximadamente a uno de cada tres adultos infectados por el virus SARS-CoV-2, el riesgo de trombosis asociada a vacunas adenovirales es de uno por cada 200,000 inmunizados. La medicina, como toda intervención biológica, nunca es absolutamente libre de riesgos, pero en este caso el balance beneficio-riesgo fue —y sigue siendo— abrumadoramente favorable.

Una lección de confianza en la investigación biomédica

La historia del VITT no es solo la historia de un efecto secundario raro. Es la historia de cómo funciona la ciencia moderna: observación rigurosa, farmacovigilancia estricta, colaboración internacional y análisis molecular de altísima precisión.

Los investigadores biomédicos actúan como verdaderos detectives moleculares. No ignoran los problemas: los estudian, los comprenden y corrigen el rumbo cuando es necesario. Y su trabajo no solo explica lo que ocurrió, sino que permite que las futuras generaciones de vacunas sean aún más seguras.

En tiempos de desinformación, esta historia recuerda algo esencial: la ciencia no es infalible, pero es autocorrectiva. Y esa capacidad de investigar, aprender y mejorar es, quizá, la mejor defensa contra el miedo y la incertidumbre.

-------------------------------------------

  1. G Vogel & K Kupferschmidt. Science, Febrero 12, 2026
  2. Wang JJ, New Engl J Med, Febrero 12, 2026

* Universidad de Lausana y Novigenix, SA, Suiza

Finalización del artículo

Lea los comentarios

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscriptores

Compartir en redes sociales