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Jorge Espinosa
Puntos de vista

Petro y el juicio del tiempo

Faltan cuatro meses para que termine el Gobierno de Gustavo Petro. Los resultados en las elecciones al Congreso del pasado fin de semana demuestran, más allá de toda duda, que la popularidad del presidente es enorme y es tangible en votos y en curules. El presidente Petro, como me lo resumió un alto funcionario del Gobierno esta semana hablando del resultado electoral, “es un monstruo”. Lo es. Tiene la bancada más grande en el Senado y en la Cámara de Representantes, sus números han mejorado en Bogotá —un terruño clave en las elecciones presidenciales—, y viene creciendo poco a poco en Antioquia. Reconocer esto no es, por supuesto, ser “petrista”, ni “mamerto”, ni “comunista”. La realidad política, respaldando lo que siempre han dicho las encuestas, es que Petro es hoy el gran elector en Colombia. Esta es una verdad que no admite discusión.

Establecido esto, mi trabajo no es hacer relaciones públicas, ni alabar al gobierno de turno. La popularidad de un mandatario, de Petro o de cualquier otro, no equivale a una autorización para hacer lo que les venga en gana, ni para pretender que todos los escándalos de corrupción son solamente responsabilidad de los familiares y los funcionarios a quienes Petro no “crio”. Este fenómeno del teflón, del “yo podría matar a alguien en la Quinta Avenida en Nueva York” y la gente me seguiría amando, no es nuevo. Lo vivimos en Colombia en los años de Uribe, lo viven ahora en Estados Unidos con Trump y lo está viviendo plenamente el presidente Petro. Pero mi predicción es que siempre, tarde o temprano, la realidad termina imponiéndose a la narrativa. Una parte significativa del sentimiento petrista tuvo su origen en un rechazo, en un sentimiento de odio y de repulsión al uribismo y, sobre todo, a la figura patronal de Uribe. Al “no son desplazados, sino migrantes”, al “no estarían recogiendo café” o al “voten mientras van presos”. La realidad terminó alcanzando al relato uribista de la seguridad democrática cuando el 6402 se volvió un símbolo de justicia y humanismo.

A Petro, tarde o temprano, le pasará algo parecido, aunque bajo circunstancias distintas y con grados distintos de gravedad. Con el tiempo, los votantes también juzgarán sus contradicciones personales: desde el hijo negado (los que son padres entienden esto mejor que nadie, claro) hasta comentarios que chocan con el progresismo que dice representar, como sus referencias al cuerpo de las mujeres —el clítoris y el cerebro— o las “plumas y lentejuelas” de un contradictor político abiertamente gay. Mi predicción es que, en el mediano plazo, cuando sea evidente la crisis fiscal y la irresponsabilidad en el manejo de la economía, cuando esté claro que la corrupción dentro de Ecopetrol ha sido de un tamaño inimaginable, y que a sabiendas de las trampas y las deshonestidades de funcionarias como Juliana Guerrero que han hecho lo que han querido dentro del Gobierno sin mérito distinto a su cercanía personal con Petro, la historia lo juzgará con dureza.

La imputación de cargos de la Fiscalía al presidente de Ecopetrol Ricardo Roa es apenas la consecuencia lógica de los manejos oscuros dentro de la petrolera. La secuencia de hechos narrados por la fiscal del caso, desde las reuniones (que no fueron dos, ni tres, sino varias más) con un funcionario de Hocol, filial de Ecopetrol, para ordenarle que se le entregara un contrato multimillonario de gas al excoronel de la policía que pagó el muy barato apartamento 901 a Roa, es aterradora. Hace meses, Petro ya no está autorizado a decir que él no “crio” a Roa, que nunca supo de los rumores y las versiones de la corrupción dentro de Ecopetrol, pero ahora, después de la imputación, mantenerlo en el cargo lo hace un cómplice de lo que ha ocurrido. Y ni hablar de su junta directiva, que con excepción de un par de nombres se ha empeñado en mantenerlo en su puesto.

El caso de Juliana Guerrero no es solo anecdótico. La señora Guerrero, sin preparación alguna, sin estudios que le permitieran cumplir los requisitos del Viceministerio que Petro quería entregarle como premio (de qué, y por qué…), prefirió comprar su título universitario y después de atrapada en la trampa, persistir en la mentira jugando, junto a su defensor Gustavo Petro, la carta del racismo y la lucha de clases. Comprobado el fraude de ella y de la Fundación Universitaria San José, Guerrero y Petro, su cómplice, se refugiaron en el silencio y siguieron actuando como si nada hubiera pasado. Esta semana que pasó, en un caso emblemático de injusticia poética, Guerrero hizo la vuelta de elegir el rector que el Gobierno quería para la Universidad del Cesar, siendo la delegada del Gobierno para el Consejo Universitario como una señora que compró, ni más no menos, su título universitario.

Hay otros episodios, como Olmedo López y la UNGRD, o las enormes dudas sobre la financiación de la campaña o las compañías de los Wadith Manzur y los Julianes Bedoya que quedarán para otra columna.

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