Ir al contenido principal
Carlos Marín Calderín

Vuelo 8508

El 23 de enero de 2026, mientras tomaba el vuelo 8508, que cubriría la ruta Bogotá-Montería, un auxiliar de cabina me hizo una pregunta que me sorprendió. Una pregunta extraña por venir de alguien vinculado a la industria del viaje, pero profundamente humana.

Como fui uno de los primeros en ser llamado para abordar, el pasillo estaba vacío. Para no interrumpir mi paso, el joven auxiliar se corrió hacia una de las filas y me dio la bienvenida.

Un auxiliar de vuelo es alguien de uniforme y horarios, una persona entrenada para la cordialidad, pero a veces, incluso más de lo que me gustaría ver, formada para ocultar las emociones por aquello de proteger siempre el control en la cabina, y de tranquilizar a los nerviosos, quizás; un autómata del protocolo.

Al cruzar frente a él, se me acercó con delicadeza y, hablándome a mí, pero mirando hacia otro lado, me preguntó, en voz baja:

Señor: durante este vuelo, ¿en algún momento veremos el mar?

Mientras volábamos, me pregunté qué significaba esa pregunta. Y entonces pensé en mis mares, que son el mismo: el de Coveñas, el de mi infancia, manso, sin excesos, sin prisa por llegar, que no deslumbra y obliga a mirar despacio, pero que permanece y acompaña, el que se deja caminar y donde conocí a Happy Lora trotando y lanzando jabs y uppercuts; y el de Cartagena, el de mi juventud, el antiguo, el del comercio, el de la Conquista, el que se fotografía para la historia porque es histórico, el cansado en la mañana y desafiante en la tarde, el que no ofrece agua y sal, sino relato; el que nos regaló una ciudad mítica que no es espacio sino personaje en El amor en los tiempos del cólera.

Pensé en cómo los adultos, por aquello del dominio y la fortaleza, de ocultar siempre lo que sentimos, hemos aplastado el valor de la ternura, en cómo el sistema nos exige eficiencia y, en cambio, la vida nos pide asombro. Y también nos lo ofrece.

Pensé también en el mar como una promesa, como una expectativa incluso para quienes nacimos en el Caribe y hemos vivido en varias ciudades, unas con mar y otras con mar cerca. “El domingo iremos al mar”, decían mis padres, y aquel anuncio le ponía luz y futuro a la semana. El mar, que podría ser muchas cosas más para un país en desarrollo, a veces solo es balneario, puerto o basurero, frontera vigilada, ruta para narcos. Pero, aun así, refugio; al menos de poetas.

Ver el mar, cuando todo está en internet, sigue siendo un sueño pendiente en un país rodeado de agua que tiene lo que pocos: dos mares. Ahora que escribo, la escena me hace entender que no perdemos cuando no sabemos algo, y recuerdo lo que sí he perdido por no haber preguntado con honestidad, y sin ninguna vergüenza, en este mundo en el que muchos dan clases de todo y enseñan a vivir con decálogos publicados en TikTok.

Yo, que ando pescando rarezas cotidianas para entender mejor las mías, vi en el auxiliar algo en extinción: a un adulto que todavía se permite asombrarse.

No viajamos nunca con las mismas certezas, es cierto, pero sí con ilusiones escondidas. Y aunque la vida no siempre nos muestre el mar, nos da instantes: la brisa, la lluvia, lágrimas de alegría, o una simple pregunta que nos sumerge en el océano íntimo que todos arrastramos.

—No lo veremos —le respondí—. Pero cuando despegues de regreso, verás un río atravesando la ciudad. Ese río va a encontrarse con el mar.

Ahora que escribo, me pregunto también qué es el mar sino un sueño, una verdad sin revelar, un lenguaje más antiguo que nuestros fracasos.

Finalización del artículo

Lea los comentarios

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscriptores

Compartir en redes sociales