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El exfiscal general, exprocurador general y exministro de Justicia, Alfonso Gómez Méndez. Foto: Pablo David - CAMBIO
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“Gustavo Petro agita la constituyente buscando beneficios electorales”: Alfonso Gómez Méndez

El exfiscal general, exprocurador general y exministro de Justicia, Alfonso Gómez Méndez. Foto: Pablo David - CAMBIO

Mientras el presidente puso en marcha el proceso de recolección de firmas para convocar a una constituyente, el exfiscal, exministro y exprocurador lanzó el libro 'Historia constitucional de Colombia'. Con esa autoridad, analiza la iniciativa gubernamental. “Es un embeleco que no soluciona los problemas de la gente”, dice.

Por: Armando Neira

La hoja de vida de Alfonso Gómez Méndez (Chaparral, Tolima, 1949) es prolífica. Este abogado y dirigente político ha sido fiscal general, procurador general de la nación, embajador en Austria, congresista, ministro de Justicia y docente, entre otros cargos. Y, además, es uno de los mejores constitucionalistas del país. Después de varios años de trabajo, acaba de publicar Historia constitucional de Colombia: pautas y reflexiones para conocer su evolución y vicisitudes. Por eso, CAMBIO lo entrevistó.

CAMBIO: Como dicen en su departamento, este libro “cayó de guamas”. ¿Es así?

Alfonso Gómez Méndez: (Risas) Pues sí. Digamos que responde a la coyuntura actual, lo cual es muy bueno para mí como autor, pero lamentable para el país, porque, de no haber sido en este momento, igual habría sido hace un par de años o de décadas.

CAMBIO: ¿Por qué?

A.G.M.: Porque aquí hemos alimentado un “vicio”, que es el de creer que los problemas nacionales se solucionan cambiando la Carta Magna.

CAMBIO: ¿Y no?

A.G.M.: No. De ninguna manera. No se cambia al país cambiando la Constitución. Eso es un embeleco que algunos líderes políticos, como el presidente en este caso, ponen sobre la mesa y que de ninguna manera termina solucionando los problemas de la gente, pero sí les sirve para mantener la emoción, especialmente entre sus seguidores, que se ilusionan con que, si se modifica la Carta Magna, en un dos por tres, como por arte de magia, todos viviremos en el paraíso.

CAMBIO: Lo veo muy escéptico.

A.G.M.: Realista. Es una puesta en escena que se repite cada tanto: el protagonista de turno se pone frente al escenario que lo aplaude con emoción al empezar la función, pero al terminar puede acabar viendo una obra pésima.

CAMBIO: ¿Ha pasado en nuestra historia?

A.G.M.: Lamentablemente. En 1905, Rafael Reyes, quien había sido elegido popularmente, se declaró dictador y convocó una constituyente que, entre otras cosas, prorrogó en cuatro años su período, que inicialmente era de seis. Laureano Gómez alcanzó a preparar un proyecto de Constitución, pero, como sobrevino el golpe militar de Rojas Pinilla, este la usó primero para legitimar el golpe y luego para ser “elegido”, inicialmente por el tiempo que faltaba del período. En esos tiempos muchos ciudadanos se ilusionaron, como ahora, con que vendría el texto mágico con todas las soluciones y terminaron en “constituyentes de bolsillo” para beneficio personal.

“Hay gente que se convence de que con una constitución los problemas van a desaparecer, dice Alfonso Gómez Méndez
“Hay gente que se convence de que con una constitución los problemas van a desaparecer y genuinamente vota por quien les haga esa promesa. Y si además el orador la pinta bien, pues no falta quien diga que por fin se van a acabar los problemas. Pero, nadie puede pensar seriamente que una constituyente hoy resolvería los problemas de Colombia”: Alfonso Gómez Méndez. Foto: Pablo David - CAMBIO

CAMBIO: Pero esa les dio el voto a las mujeres…

A.G.M.: Es una verdad parcial porque no hubo elecciones y ellas, como todos los ciudadanos, no participaron. Solo pudieron hacerlo en el plebiscito de 1957. Pero también es cierto que Rojas ilegalizó al Partido Comunista y, claro, solo hay que recurrir un poco a las páginas de nuestra historia para ver lo que eso significó y cuyas consecuencias aún retumban.

CAMBIO: A propósito, ¿cuántas Constituciones ha tenido Colombia?

A.G.M.: Colombia ha tenido nueve Constituciones a lo largo de su historia republicana: 1821, 1830, 1832, 1843, 1853, 1858, 1863, 1886 y la actual de 1991 y eso sin incluir todas las constituciones provinciales antes de la de 1821. A ese súmele, por si no fuera poco, las varias reformas parciales, unas muy importantes, como las de 1936, 1945, 1957, 1968 y solo por citar algunas, porque si no aquí no terminamos. ¿No le parece que ya es suficiente? Como dicen los muchachos: “¡Ya está bien!”.

CAMBIO: ¿Usted por qué cree que pasa esto?

A.G.M.: Dándoles el beneficio de la duda a quienes impulsan meternos en estas aguas, lo hacen porque piensan que gobernar es legislar. Entonces se aferran a este fetichismo constitucional que no logran superar.

CAMBIO: ¿Y si no se les da el beneficio de la duda? ¿Como en el caso actual, por ejemplo?

A.G.M.: Pues es evidente que lo hacen con una clara intencionalidad política, como una estrategia más de campaña electoral para mover a parte de sus seguidores.

CAMBIO: Pero ¿eso sí funciona? En las campañas, los políticos buscan despertar emociones con promesas que toquen a la gente, como hizo Belisario Betancur con su programa de vivienda “sin cuota inicial”, pero una expresión como “constituyente”…

A.G.M.: Antes le cuento que esa frase fue original de Belisario, pero su éxito estuvo en el complemento espontáneo de alguien en una manifestación que gritó: “¡Sí se puede, sí se puede!”, y ese terminó siendo un eslogan ganador. Pero, volviendo al tema, claro que hay gente que se convence de que con una constitución los problemas van a desaparecer y genuinamente vota por quien les haga esa promesa. Y si además el orador la pinta bien, pues no falta quien diga que por fin se van a acabar los problemas.

CAMBIO: ¿Y no?

A.G.M.: Nadie puede pensar seriamente que una constituyente hoy resolvería los problemas de Colombia, pero sí sirve políticamente. Es como el asistencialismo: no redistribuye el ingreso, pero sí sirve para ganar elecciones. Y en eso es en lo que están. El presidente Petro lo hace porque sabe que le da réditos políticos a él y a su grupo, con la intención evidente de continuar en el poder.

CAMBIO: Para ustedes, los constitucionalistas, como se lee en su detallado libro, sí les ofrece material de trabajo.

A.G.M.: (Risas) Eso sí se agradece. Pero ya en serio, el recuento es extensísimo. En comparación, por ejemplo, con Estados Unidos. Ellos hicieron su texto después de la independencia y de inmediato se dedicaron a crear lo que yo llamo las condiciones para construir nación: elementos en común, desarrollo social y desarrollo económico, hasta convertirse en potencia mundial. Y mírenos a nosotros cómo estamos.

Portada del libro de Alfonso Gómez Méndez
Portada del libro de Alfonso Gómez Méndez en donde detalla el impacto real en el país de las nueve constituciones que ha tenido a lo largo de su historia republicana: 1821, 1830, 1832, 1843, 1853, 1858, 1863, 1886, la actual de 1991 más todas las constituciones provinciales antes de la 1821.

CAMBIO: Para no hablar de las reformas que, al verlas recopiladas en su libro, deben dejar abrumado a cualquier lector.

A.G.M.: Le doy datos. Está la Constitución de 1886, que fue tal vez la que más rigió –100 años–, pero a la que se le hicieron más de 79 reformas. Y a esta, que lleva apenas 35 años, ya se le han hecho unas 55.

CAMBIO: Pero entonces el problema viene de atrás.

A.G.M.: Desde el punto de vista histórico es fascinante. En el continente está clara la diferencia entre las antiguas colonias inglesas, que tras la independencia se dedicaron a construir una mejor nación, y las antiguas colonias de la Corona española, que nos dedicamos fue a hacer constituciones.

CAMBIO: ¿La discusión arrancó entonces desde el origen?

A.G.M.: Particularmente en Colombia. Lo que ocurrió inmediatamente después de la independencia fue que tuvimos constituciones provinciales: Constitución de Cundinamarca, Constitución de Popayán, Constitución de Neiva, y a eso agrégueles las de Tunja, Antioquia, Cartagena, Pamplona y hasta Mariquita.

CAMBIO: ¿Por qué tantas?

A.G.M.: Porque se parte de la premisa de que, si se cambia la Constitución, se cambia la realidad. Y claro, esto es buen tema para conversar por los argumentos que iban de lado y lado, pero lamentablemente nos llevó a situaciones dramáticas, como se vio prácticamente durante todo el siglo XIX, el llamado siglo de las guerras civiles, que eran para imponer una constitución.

CAMBIO: En su concepto, un gobernante, sea quien sea, ¿qué debería hacer?

A.G.M.: Cualquiera que llegue al sillón presidencial debería mirar que Colombia lo que tiene son normas en todos los órdenes y que, para gobernar y mejorar las condiciones de la gente, basta con aplicar la Constitución.

CAMBIO: En el caso del presidente Petro, él argumenta que no puede hacerlo porque fue bloqueado por el Congreso.

A.G.M.: No. El Congreso está funcionando. Otra cosa es que no apruebe todo lo que le diga un gobierno, este o cualquier otro, porque el Congreso no es un notario de lo que propongan los presidentes. También están funcionando el poder judicial y las cortes. Él puede decir que el Congreso no deja aprobar, pero es que el Congreso no está para aprobar todo lo que les presenten los gobiernos.

CAMBIO: Un rasgo casi cotidiano del presidente Petro es quejarse…

A.G.M.: Eso es muy llamativo, porque tiene unos poderes inmensos que le dio la Constitución de 1991. Él es presidente de la república y actúa simultáneamente como jefe de Estado, jefe de Gobierno, de las relaciones exteriores y suprema autoridad administrativa. A diario vemos el hiperpresidencialismo, mientras que, por el contrario, es evidente la pérdida de independencia del Congreso. El Congreso en Colombia no tiene el mismo poder que, por ejemplo, tiene en Estados Unidos. ¿Y aquí por qué no lo tiene? Porque su independencia se afecta, además, con el clientelismo. Ese es uno de los elementos que no cambió la Constitución del 91.

CAMBIO: El presidente, sea quien sea, es un todopoderoso…

A.G.M.: Tenemos un sistema que hace que, en la práctica, los presidentes –y lamentablemente la redacción de la Carta también dejó eso para los magistrados de las altas cortes y el fiscal– no tengan quién los juzgue. En la práctica, el presidente no tiene que responderle a nadie.

CAMBIO: ¿Por ejemplo?

A.G.M.: El Consejo Nacional Electoral estableció que hubo violación de topes en la campaña presidencial. Eso, en la propia Constitución, da lugar a la pérdida de investidura del elegido, llámese representante, senador o presidente. Pero eso está en la Comisión de Acusaciones. De ahí, obviamente, no va a pasar nada. Y no solamente en relación con Petro. En el caso Odebrecht, por ejemplo, en todos los demás países de América Latina hubo responsabilidades políticas, menos en Colombia. Luego, los presidentes aquí son realmente poderosos y no deberían estarse quejando, sino dando respuestas a los ciudadanos con políticas públicas que los beneficien.

“Con las normas de hoy se puede responder a las necesidades de las mayorías.
“Con las normas de hoy se puede responder a las necesidades de las mayorías. Si se aplicara, casi que podría implantarse hasta un régimen socialdemócrata o incluso socialista”: Alfonso Gómez Méndez. Foto: Pablo David – CAMBIO

CAMBIO: Pero el presidente Petro insiste en que no lo dejan avanzar, por ejemplo, en sus reformas sociales.

A.G.M.: La pregunta es: ¿cuál de las normas de esta Constitución no permite combatir la desigualdad social, cuando tenemos una Constitución con más de 80 artículos dedicados a los derechos; una Constitución que dice que la propiedad tiene que cumplir una función social; ¿una Constitución que establece que la dirección general de la economía estará a cargo del Estado y que este puede intervenir para regular la producción, distribución y consumo de la riqueza con miras a conseguir la equidad?

CAMBIO: ¿Hasta dónde se puede llegar con la Carta actual?

A.G.M.: Con las normas de hoy se puede responder a las necesidades de las mayorías. Si se aplicara, casi que podría implantarse hasta un régimen socialdemócrata o incluso socialista.

CAMBIO: ¿Cómo interpreta usted que hoy unos partidos y sus líderes defiendan ir hacia una constituyente y se opongan otros que hace muy pocos años querían hacerla, como el uribismo?

A.G.M.: Simplemente porque la Constitución también se toma como una bandera electoral. Es decir, se manosea demasiado. En los países serios, la Constitución no se está cambiando todo el tiempo. Las constituciones tienen vocación de permanencia.

CAMBIO: Pero su propuesta ya está en marcha. ¿Cómo lo ve?

A.G.M.: Yo lo miro más como una estrategia mediática. O también puede ser –y eso ya es más inquietante– la expresión de una intención autoritaria para cambiar el régimen de autonomía, particularmente del poder judicial. De verdad, el tema no es la Constitución. Lo que el presidente Petro hace es agitar una idea que sí le sirve en términos electorales, pero que en verdad no apunta a resolver los problemas. Los problemas están por otro lado. No están en la Constitución, ni ahora ni en 1990.

CAMBIO: A lo largo de su libro se muestra cómo ha ido evolucionando la redacción de nuestra Carta Magna, desde las actas de independencia y las constituciones provinciales hasta el actual Estado social de derecho. En ese tránsito, entre tantas rupturas, ¿qué elementos ve positivamente que se hayan mantenido?

A.G.M.: Mire usted que dos instituciones permanentes, si así pueden llamarse, han sido el presidencialismo y el bicameralismo. Han estado prácticamente en todas las constituciones, con excepción de la Constitución liberal radical, que introdujo algunos elementos del régimen parlamentario y el federalismo. El presidencialismo, con los reparos que ya mencioné, y el bicameralismo, que considero sano, pues no haber pasado a un régimen unicameral ha sido positivo. Son dos elementos que se han mantenido a lo largo de nuestra historia. Pero le repito: lo nocivo, atado al presidencialismo, es casi la irresponsabilidad absoluta de los presidentes, que los lleva a hacer lo que quieren.

CAMBIO: Es inevitable no hablar de política. ¿Cómo ve la campaña?

A.G.M.: Voy a responderle haciendo uso de una famosa frase patentada por la ministra Irene Vélez sobre el decrecimiento económico, que ese es otro desastre. En realidad hoy tiene más sentido aplicarlo a la política. ¿Por qué? Se ha producido una especie de decrecimiento de la clase política y un decrecimiento del debate público. Entonces, prácticamente, el ejercicio político se ha convertido en un circo, en donde lo que importa es cómo impactar, qué imágenes estrambóticas decir, qué frase delirante lanzar. Eso hace que lo importante ahora sea parecer y no ser. Por eso estamos como estamos.

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