
Gustavo Petro y Donald Trump: historia de una relación en permanente turbulencia
Gustavo Petro y Donald Trump
Siempre al filo del precipicio, los equipos de los presidentes de Colombia y Estados Unidos preparan ahora, tras la histórica llamada telefónica, un encuentro personal en la Casa Blanca que puede sellar una inesperada y sólida reconciliación diplomática.
Por: Armando Neira
Este 20 de enero, Donald Trump cumple apenas un año de su segundo mandato al frente de la Casa Blanca. En Colombia, ese tiempo, se ha sentido como una eternidad por la acumulación de sobresaltos en su relación con el presidente Gustavo Petro. No ha sido una sorpresa. Al contrario: con dos personalidades tan ególatras, impulsivas, ideológicamente distantes y genuinamente convencidas de que están haciendo lo mejor para sus países, era previsible que la relación fuera turbulenta.
Es difícil hallar analistas que, hace un año, pensaran que con el republicano en el poder las relaciones entre Colombia y Estados Unidos transitarían por un lecho de rosas. Al revisar los artículos de la prensa nacional e internacional de finales de 2024 y comienzos de 2025, abundan los titulares que advertían sobre los nubarrones que se cernían en el horizonte.
Hay que remontarse a la campaña electoral colombiana de 2022, cuando en amplios sectores caló la tesis del fantasma del castrochavismo para alertar a los electores de que, con el triunfo del líder del Pacto Histórico, el comunismo se instalaría en el país.
La tesis traspasó fronteras. En Florida, donde residen legalmente cerca de medio millón de colombianos –de los cuales unos 100.000 están habilitados para votar–, los republicanos pronosticaban el Apocalipsis. “Petro es ladrón, marxista y terrorista”, decía la influyente congresista María Elvira Salazar. “Estados Unidos enfrentará una Colombia desconocida, gobernada por la extrema izquierda”, agregaba Marco Rubio. Otros, como Mario Díaz-Balart y Carlos Giménez, advertían que el “narcorrégimen de Caracas” abriría una sede en Bogotá.
Petro ganó las elecciones y ese grupo compacto de congresistas cubano-estadounidenses pasó del poder marginal al centro de la toma de decisiones con el triunfo de Trump en 2024. Desde el inicio, el republicano mostró su intención de convertir a Florida en el eje del Partido Republicano y transformó su mansión de Mar-a-Lago en el nuevo epicentro de decisiones con impacto global.
Heridas sin cicatrizar
Todas las campañas dejan heridas abiertas, difíciles de cicatrizar. Para el círculo que rodeaba al hombre más poderoso del planeta resultaba imposible olvidar que, en plena contienda electoral estadounidense, Petro había dicho que Trump era xenófobo, racista y terrorista, y que incluso lo había comparado con Hitler.
Y ahora la cosa era a otro precio, su líder era el 47.º presidente de Estados Unidos y figuras como Rubio le hablan al oído desde su muy poderosa posición de secretario de Estado.
Trump no llevaba una semana en el poder cuando estalló una crisis a una hora inusual: las 3:07 de la madrugada del domingo 26 de enero. Cumpliendo una promesa de campaña, se vio sorprendido por un mensaje de Petro anunciando la llegada de dos aviones con colombianos deportados desde Estados Unidos e invitando a recibirlos con “banderas y flores”.
Sin embargo, a las 3:41, el presidente colombiano borró el mensaje y cambió de posición: “Desautorizo la entrada de aviones norteamericanos con migrantes colombianos a nuestro territorio”, escribió, al argumentar que los migrantes no podían ser tratados como delincuentes.
Los aviones tuvieron que devolverse. Trump enfureció y anunció que impondría un arancel del 25 por ciento a todos los productos colombianos, que subiría al 50 por ciento una semana después. En ese momento, el republicano reiteraba que “arancel” era su palabra favorita. Se exhibía con una cartulina en la que les ponía una tasa a unos países, otra a otros y una distinta para los demás.
Petro no se amilanó. Aseguró que Colombia respondería en los mismos términos: “Me informan que usted pone a nuestro fruto del trabajo humano 50 por ciento de arancel para entrar a Estados Unidos; yo hago lo mismo”, escribió en su cuenta de X, dirigiéndose a Trump. El presidente estadounidense replicó desde su red social, Truth.
Cumbre en una fría calle
En medio de esta guerra abierta en el ciberespacio, hubo quienes intercedieron con sensatez. El embajador de Colombia en Estados Unidos, Daniel García-Peña; el entonces excanciller Luis Gilberto Murillo; la ministra Laura Sarabia y Jorge Rojas se esforzaron al máximo por tender puentes.
Fue sorprendente ver a los cuatro reunidos en una fría calle del centro de Bogotá, trabajando contrarreloj para evitar una ruptura de relaciones entre dos países con más de dos siglos de historia compartida.

En marzo, Petro recibió la visita de Kristi Noem, secretaria de Seguridad de Estados Unidos. “Creo que le gustó Colombia”, afirmó Petro. Ella sostuvo lo contrario. En una entrevista con Newsmax, calificó el encuentro con otra visión.
“Empezó criticando a nuestro Gobierno durante aproximadamente media hora y hablando de cómo se malinterpreta a los miembros del Tren de Aragua, que, según él, solo necesitaban más amor y comprensión. También habló de cómo algunos miembros del cartel eran sus amigos”, relató. Y agregó: “Si los miembros de los carteles son tus amigos, entonces los mataremos”.
Llamado a los embajadores
En julio, Estados Unidos llamó a “consultas urgentes” a su máximo representante diplomático en Colombia, en medio de “profundas preocupaciones” por la relación bilateral, según indicó el Departamento de Estado. El encargado de negocios, John McNamara, fue convocado “luego de repudiables e infundadas declaraciones de los más altos cargos del Gobierno colombiano”.
Poco después, en reciprocidad, el presidente Petro llamó a consultas a su embajador en Washington, García-Peña. El inédito y preocupante distanciamiento –no se producía un llamado similar desde 1903, tras la separación de Panamá– se debió a la denuncia de un supuesto complot para derrocar a Petro, con ayuda de políticos colombianos y estadounidenses, luego de que el diario El País publicara audios que implicarían a su excanciller Álvaro Leyva en una trama golpista.

Además de Leyva, volvieron a aparecer los nombres de los congresistas de Florida Díaz-Balart y Antonio Giménez. Las acusaciones verbales iban y venían mientras las decisiones desvelaban a los ciudadanos del común.
Ni siquiera en los turbulentos años del gobierno de Ernesto Samper, cuando se le retiró la visa por el ingreso de al menos 6 millones de dólares del cartel de Cali a su campaña, ocurrió una crisis diplomática similar.
Descertificado, en la Lista Clinton y sin visa
Como si no fuera suficiente, en septiembre el gobierno republicano “rajó” a Colombia en la lucha antidrogas mediante la temida descertificación. Petro se mostró dolido: “Estados Unidos nos descertifica después de decenas de muertos”.
Luego llegó un golpe mayor y de enorme calado mediático y político. Trump incluyó a Petro como el primer jefe de Estado en la llamada Lista Clinton, un registro del Departamento del Tesoro que señala a personas u organizaciones presuntamente vinculadas al narcotráfico o al crimen organizado.
Para echar más sal en la herida, en el mismo catálogo de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (Ofac) fueron incluidos Verónica Alcocer, esposa del presidente; Nicolás Petro Burgos, su hijo mayor; y Armando Benedetti, ministro del Interior.

A Petro, además, se le retiró la visa estadounidense, en respuesta a una manifestación en una calle de Nueva York en la que, megáfono en mano y con un pañuelo palestino al cuello, pidió a las fuerzas armadas de ese país desobedecer a su comandante en jefe.
“Ya no tengo visa para viajar a Estados Unidos. No me importa”, reaccionó. “La humanidad debe ser libre en todo el mundo. Tenemos el derecho humano de vivir en el planeta”.
También en octubre, Petro afirmó que con las redadas migratorias Trump “hace a los latinoamericanos lo mismo que Hitler a los judíos”.
Ataque a Caracas
La gota que colmó la copa fue el ataque militar de Estados Unidos a Caracas para detener a Maduro. Además de compartir 2.219 kilómetros de frontera con Venezuela, en la Casa de Nariño crecía la preocupación por lo que pudiera ocurrirle al presidente colombiano.
La imagen revelada en exclusiva por CAMBIO de un documento que tenían altísimos funcionarios, en uno de los salones de la Casa Blanca, con los rostros de Maduro y Petro vestidos con el icónico traje naranja de los presos presagiaban lo peor. En medio de la tempestad se escucharon los truenos de Trump que generaron un temor comprensible. “Tiene que cuidar su trasero”, dijo en alusión directa a Petro.
El presidente de Colombia convocó entonces a manifestaciones en defensa de la soberanía. Él estaría en la Plaza de Bolívar de Bogotá, en la que se anticipaba uno de sus discursos más duros. Los ministros fueron citados y se les pidió estar listos para responder a cualquier reacción de Washington, incluida una eventual ruptura de relaciones.

En el ambiente gravitaban los señalamientos de Trump, quien insistía que Petro era “el peor presidente que ha tenido Colombia” y “un lunático con muchos problemas mentales”.
Pero si por allá llovía, aquí no escampaba. Resonaban las palabras de la canciller Rosa Villavicencio, quien, dejando de lado el tono que debería caracterizar a cualquier diplomático, respondió ante la posibilidad de una intervención militar estadounidense: “Para eso tenemos un ejército muy capacitado, muy preparado, al mando del jefe de Estado, que es el presidente Gustavo Petro, y que tendrá que defender a nuestras poblaciones”.
La llamada que cambió todo
Sin embargo, se produjo la llamada telefónica inesperada, fruto del esfuerzo silencioso y eficaz –una vez más– del embajador García-Peña. Durante 55 minutos, ambos mandatarios dejaron de lado las redes sociales, las amenazas y las descalificaciones.
Hablaron como jefes de Estado por primera vez. Petro expuso de forma pedagógica, con datos y memoria, su visión de la situación colombiana y venezolana. Trump dijo que había sido un honor conversar con él. Quedaron en verse en Washington, en una fecha por definir.
La cita será en la Casa Blanca. Los equipos de ambos presidentes ya trabajan con sumo cuidado en un encuentro que podría ser trascendental y que, si sale bien, podría sellar con hierro una nueva etapa en las relaciones bilaterales.
Por ahora, y como dijo Petro, “Colombia puede dormir tranquila”.
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