
Ricardo Roa es insostenible en Ecopetrol
Con un escándalo por espionaje a sus propios empleados, la firma de un millonario contrato en Estados Unidos para defenderse a sí mismo y las acciones a la baja, resulta incomprensible que el presidente Petro no lo haya destituido.
Por: Armando Neira
La evaluación de la gestión del presidente Gustavo Petro se hace por lo que se ve pero, también, por lo que no se sabe y, lo que es peor, por lo que muchos se imaginan: que a pesar de sintetizar lo peor de la política clientelista, no puede remover a Benedetti porque conoce secretos comprometedores. Que aunque su presencia provocó la fractura del gabinete y ahora tiene demandado penalmente a otro ministro, debe mantener a Laura Sarabia porque ella sabe aún más. Y ahora, que no puede sacar a Ricardo Roa de Ecopetrol porque él conoce todo lo que ocurrió en la campaña.
Y así, día a día, se desgasta el Gobierno entre las suposiciones conspirativas de la oposición, las dudas de los escépticos y las vacilaciones de los desencantados. Todos, de una u otra manera, dan por ciertas teorías que ha alimentado el propio jefe del Estado con la permanencia en el cargo de funcionarios como Roa quien, en una empresa privada, habría sido despedido hace tiempo.
Con la misma determinación con la que en ocasiones Petro descalifica a gobiernos extranjeros, poniendo en riesgo las relaciones internacionales, sorprende que no haya despedido de manera fulminante a Roa.
El presidente de una compañía vital para la marcha del país -aporta alrededor del 12 o 15 por ciento de los ingresos fiscales- que empezó cometiendo allí faltas discutibles —que sin ser delito, son éticamente censurables—, y que escaló su accionar hasta contratar, para defenderse a sí mismo, a una firma extranjera por casi seis millones de dólares, pagándolos con dinero que pertenece a los accionistas.
Se trata de una gestión que el exministro Juan Camilo Restrepo Salazar resume en tres puntos, y que hoy tienen a la principal empresa del país al borde del colapso:
1. La creciente incredulidad que Roa genera en los mercados nacionales y, sobre todo, internacionales, dado que la acción de Ecopetrol está registrada en la Bolsa de Valores de Nueva York. Los escándalos a su alrededor se han sucedido uno tras otro, desde su participación como gerente de la campaña Petro Presidente, cuestionada por haber excedido los topes, hasta el más reciente: la evidencia de que durante su gestión se firmó un sorprendente contrato por más de cinco millones de dólares para defenderse a sí mismo.
2. Su responsabilidad, por acción u omisión, en que a Ecopetrol se le niegue la posibilidad de participar en negocios rentables y, paradójicamente, se le induzca a participar en otros que no hacen parte de los contemplados en su objeto principal. Tal es el caso de la manera en que se ha obstaculizado su participación en el acuerdo de explotación con Oxy, conocido como Oslo, en la cuenca de Permian (Texas), una de las inversiones más rentables de su portafolio.
Mientras tanto, se promueven operaciones que no corresponden a su competencia central, como la compra de Monómeros o la adquisición de plantas de energía solar altamente costosas, lo cual desvía recursos de inversión ya limitados que deberían destinarse a su actividad fundamental: ser una empresa petrolera, es decir, exploradora, explotadora y transportadora de hidrocarburos como el crudo y el gas.
3. Y quizá lo más grave: el deterioro de la gobernanza corporativa de Ecopetrol hasta niveles nunca antes imaginados. Los miembros de la junta directiva de Ecopetrol, aun cuando hayan sido designados por el Gobierno —que posee el 80 por ciento de las acciones de la petrolera—, deben velar por los intereses de toda la empresa, incluyendo los 250.000 accionistas particulares, quienes también tienen derecho a que sus directivos los representen y protejan.
Es evidente que esa gobernanza, en manos de Roa, se ha desvirtuado. Hoy se percibe que Ecopetrol se ha convertido en una oficina subalterna de la Casa de Nariño, lo cual es muy grave y contradice las leyes que rigen la dirección empresarial.
Con otro gobierno, muy seguramente el presidente no habría vacilado y lo habría despedido. Por el contrario, Roa afirma que podría considerar renunciar, aunque todavía no lo contempla. Una respuesta cargada de cinismo que, para la oposición política, se resume en que no lo van a sacar mientras no le consigan otro puesto. Al fin y al cabo, él es “el hombre de todos los escándalos”.
De hecho, ante una de las recientes publicaciones —que en un país serio se analizaría con extremo rigor por lo que está en juego—, el presidente Petro respondió que le parecía: “Muy chistoso”, porque “en la lista de personas a interceptar por la firma norteamericana aparece el presidente Ricardo Roa”.

¿Cómo se llegó a este punto? Ricardo Roa era tan consciente de que estaba haciendo las cosas mal en Ecopetrol, que contrató una millonaria auditoría externa para evaluar su impacto en Estados Unidos. No era la primera vez. Ya había sido objeto de un informe de Ecopetrol que concluyó que su pareja, Julián Caicedo Cano, de 31 años, administrador de negocios internacionales de la Universidad Konrad Lorenz, representaba un riesgo profesional.
“Coincidimos con mucha gente en nuestras reuniones sociales, en las salidas, viajes o eventos. Procuro que él me acompañe, y no por nada distinto a que esté a mi lado, a que me acompañe y sea para mí una motivación para poder hacer un viaje largo, fuera de la ciudad. Pero no hay ninguna forma en que él esté tomando decisiones o tenga poder en algunas de las empresas”, se defendió Roa en su momento.
Entre su círculo de amigos recuerdan la frase del legendario ciclista Martín Emilio “Cochise' Rodríguez: “En este país la gente no se muere de cáncer, sino de envidia”. ¿Cómo no envidiar a este ingeniero mecánico de 63 años, graduado de la Universidad Nacional, que ahora gozaba de una vida espléndida en un apartamento de lujo en Bogotá?
Claro, no faltaba quien sembrara el manto de dudas: el inmueble fue comprado a un empresario del sector de hidrocarburos por 1.800 millones de pesos en una operación opaca a través de una empresa en las Islas Vírgenes Británicas. O quién se escandalizara por las fotos que el joven publicaba en Instagram, mostrando exóticos viajes.
El apartamento era una ganga, aunque, otra sorpresa, requería una alta inversión en remodelación. Fue entonces cuando se denunció que esta costó 2.300 millones de pesos y que contó con la valiosa ayuda económica del fallecido William Vélez, quien también tenía negocios con Ecopetrol.
El problema, además, es que Caicedo era contratista del Estado y funcionario público al mismo tiempo, aunque rara vez se le veía trabajando. Si esto hubiera ocurrido durante el gobierno de Duque, seguramente habría habido protestas para denunciar semejante escándalo.
Roa se mantuvo tranquilo. Como siempre. Un hombre de trato amable, sonriente, con responsabilidades ininterrumpidas desde 1992 en los sectores público y privado. A finales de diciembre de 2021, él mismo relata que dirigía la Empresa de Energía de Honduras cuando recibió una llamada del entonces senador Petro y su esposa, Verónica Alcocer, con quienes tenía una vieja amistad. Le pidieron que asumiera la gerencia de la campaña presidencial.
Además del vínculo afectivo, Petro recordaba bien a Roa, a quien, siendo alcalde de Bogotá, había nombrado presidente de la Empresa de Energía de Bogotá (hoy Grupo de Energía de Bogotá).
Así que Roa empacó sus maletas en Tegucigalpa y se despidió. “No lo hice por plata. Yo estaba muy bien allá. Lo hice porque creía en el proyecto político de Petro, y por eso regresé a Bogotá”.
El 22 de enero de 2022 asumió la gerencia de la campaña. Celebró con Petro el triunfo electoral y, en abril de 2024, fue designado presidente de Ecopetrol.
Un reto enorme, no solo por la importancia de la empresa —que aporta entre el 12 y el 15 por ciento de los ingresos fiscales del país—, sino por el desafío de operarla en un gobierno cuya filosofía es combatir las energías fósiles, al considerar que el carbón y el petróleo son causantes del cambio climático.
Durante la campaña, Petro fue claro:
—La primera decisión que voy a tomar es el cese de la contratación de exploración de petróleo en Colombia. Es un mensaje claro: vamos hacia una economía productiva, no extractivista.
—¿Usted sí dimensiona el impacto que tendrá semejante decisión?
—Sí. Habrá una transición tranquila, pero segura y seria. Será mi mensaje claro para todos los actores de la sociedad y de la economía de que iniciamos otro tipo de economía.
—¿Y Ecopetrol?
—Ecopetrol se tiene que transformar también. No es un anuncio mío, es del mundo. No soy yo quien dice que el petróleo y el carbón deben llegar a su final, es el mundo. No es una decisión de política interna, es mundial. Si no hay quien compre el carbón ni el petróleo colombiano, entonces hay que reaccionar ya.
Con esta hoja de ruta asumió Roa, experto en el sector eléctrico, pero no en hidrocarburos. Desde entonces, la vigilancia sobre sus acciones se intensificó.

Cuando recibió la petrolera en 2022, la empresa registraba los mejores resultados de su historia: una utilidad de 33,4 billones de pesos y 159,5 billones en ingresos. Ese año, la producción alcanzó los 709.500 barriles diarios. Aunque la producción ha aumentado ligeramente, los resultados financieros han sido negativos.
En 2024, los ingresos sumaron 133,3 billones y las utilidades 14,9 billones, menos de la mitad de las de 2022 y un 21,7 por ciento menos que en 2023.
Es cierto que factores externos, como la caída del precio del petróleo y la tasa de cambio, han influido. Pero también es evidente que la eficiencia y el rigor técnico de Ecopetrol se han visto afectados por decisiones del Gobierno, como los mayores impuestos al sector, que están presionando las finanzas y la capacidad de gestión de la empresa.
Aunque Roa no es el único responsable de la caída en el valor de la acción, su permanencia genera incertidumbre. El 7 de agosto de 2022, cuando inició el Gobierno de Gustavo Petro, la acción valía 2.570 pesos; hoy está en 1.780: una caída de casi 600 pesos. Aunque las petroleras globales también han perdido valor, el caso de Ecopetrol ha sido más severo.
En agosto de 2023 se anunció la salida de cuatro vicepresidentes clave: Cumplimiento, Finanzas, Soluciones de Bajas Emisiones y Ciencia, Tecnología e Innovación. También se han cuestionado otros cambios de perfiles técnicos de larga trayectoria.
Es válido que un gobierno ideologizado busque afinidad política en algunas áreas. Pero no en una empresa que depende del conocimiento científico y técnico para tomar decisiones.
En marzo de 2024, el Gobierno propuso una polémica plancha para la junta directiva con perfiles afines políticamente y sin experiencia en el sector, como Ángela María Robledo.
También se frustró el acuerdo con Oxy, aprobado inicialmente por la junta, y que prometía altos beneficios. La decisión provocó la renuncia del exgerente del Banco de la República, Juan José Echavarría, y del economista Luis Alberto Zuleta. En consecuencia, bancos como JP Morgan y Morgan Stanley redujeron sus precios objetivo para la acción de Ecopetrol, señal de que esperan una caída aún mayor.
A esto se suma el escándalo de los helicópteros. La Fiscalía investiga si se diseñaron licitaciones a la medida para favorecer a la empresa Helistar entre 2011 y 2023.
En abril de este año se abrió otra licitación con condiciones similares, lo que encendió las alarmas de la Superintendencia de Industria y Comercio. Y hay más. El contrato con la firma Covington & Burling LLP, firmado por 5,8 millones de dólares sin autorización de la junta directiva, fue promovido por Álvaro José Vergara, director de Cumplimiento y mano derecha de Roa.
Un correo enviado al Comité de Auditoría detalla denuncias graves sobre conductas abusivas de Vergara hacia empleadas.
La Procuraduría abrió una indagación preliminar por posibles irregularidades en ese contrato, cuyo valor inicial era de 875.000 dólares, y que fue modificado de forma sustancial hasta incluir actividades de espionaje a unos 70 funcionarios.
Según el sindicato USO, hubo interceptación de comunicaciones, correos electrónicos y documentos físicos. El caso ya está en manos de la Fiscalía General de la Nación.
“Todo esto ha contribuido a configurar lo que hoy podríamos denominar la tormenta perfecta de malas noticias para Ecopetrol”, resume el exministro Restrepo Salazar.
O para usar otra metáfora, el paso de Roa ha sido un verdadero huracán que ha sacudido los cimientos de la empresa más sólida de Colombia y que tiene a todo el mundo desconcertado por lo que allí pasa. Con excepción del presidente Petro que se mantiene imperturbable.
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