
¿Están todos los intelectuales del país desencantados con Petro?
Héctor Abad, Carolina Sanín, William Ospina y Gustavo Petro.
Aunque las voces de quienes critican la gestión del presidente tienen mayor eco –Héctor Abad, Carolina Sanín, Juan Carlos Botero, Mario Mendoza, William Ospina–, hay figuras de renombre que lo respaldan o, al menos, no muestran su hostilidad contra él. ¿Quiénes son?
Por: Armando Neira
Al volver la vista atrás, Julio César Turbay (1978-1982) y Álvaro Uribe (2002-2010) han sido los presidentes de la historia reciente que lograron unir en contra de su gobierno a los intelectuales del país. En ambos casos, los pensadores fueron especialmente críticos en las denuncias de violaciones de derechos humanos.
Durante la gestión de Alfonso López (1974-1978), las opiniones de los intelectuales estaban divididas. Sin embargo, la represión del paro cívico del 14 de septiembre de 1997 llevó a que, especialmente los escritores, afilaran su pluma para denunciar los abusos. Por aquella época, en la que no había redes sociales y los noticieros y programas de opinión eran controlados por el oficialismo, la revista Alternativa estaba en la primera línea para exigir un sistema más democrático y respetuoso de los derechos humanos.
Liderados por Gabriel García Márquez, allí participaban, entre otros, Enrique Santos Calderón, Orlando Fals Borda, Antonio Caballero, León de Greiff y Daniel Samper Pizano, quienes continuaron la batalla contra las arbitrariedades del Estatuto de Seguridad impuesto por Turbay. Esta herramienta decretada por el Legislativo les daba licencia a los militares para, por ejemplo, detener a los ciudadanos que estuvieran en un número mayor a tres charlando en una esquina, pues eso era motivo suficiente de sospecha.
Eran los tiempos de la Escuela de Caballería del Ejército Nacional, conocida como las caballerizas de Usaquén, adonde, entre otros, fue llevado el joven Gustavo Petro y donde lo torturaron durante varios días para que delatara a los máximos comandantes de la guerrilla del M-19, a la que entonces pertenecía.
Allí también fue trasladada, en una noche aciaga, la artista Feliza Bursztyn, a quien interrogaron durante una semana para que confesara lo imposible: su supuesta labor de estafeta con los grupos alzados en armas. Por eso, ella tomó el camino del exilio, en donde murió.
La ruta del exilio de García Márquez
Esa fue también la ruta de García Márquez. El miércoles 25 de marzo de 1981 fue, posiblemente, el día más triste de su vida. Llegó, a media mañana y asustado, al aeropuerto El Dorado, en Bogotá, junto a su esposa, Mercedes Barcha, bajo la protección de la embajadora de México, María Antonia Santos, quien los dejó al pie de un avión de Aeroméxico y se aseguró de que salieran ilesos, porque en Colombia la violencia estatal andaba sin freno.

“Distintos funcionarios, en todos los tonos y de todas las formas, han coincidido en dos cargos concretos”, escribió desde la capital mexicana García Márquez días después, el 7 de abril, en El País de Madrid: “El primero es que me fui de Colombia para darle una mayor resonancia publicitaria a mi próximo libro (Crónica de una muerte anunciada). El segundo es que lo hice en apoyo de una campaña internacional para desprestigiar al país”.
“Después de 25 años, tenía el propósito firme y grato de vivir en mi país. Pero, en este ambiente de improvisación y equivocaciones, recibí una información muy seria de que había una orden de detención contra mí, emanada de la justicia militar”, aseguró García Márquez.
“No tengo nada que ocultar ni me he servido jamás de un arma distinta de la máquina de escribir, pero conozco la manera como han procedido en otros casos semejantes las autoridades militares, incluso con alguien tan eminente como el poeta Luis Vidales, y me pareció que era una falta de respeto conmigo mismo facilitar esa diligencia. Las autoridades civiles, entre quienes tengo muy buenos y viejos amigos, me dieron toda clase de seguridades de que no se intentaba nada contra mí. Pero un gobierno donde algunos dicen una cosa y otros hacen otra distinta, y donde los militares guardan secretos que los civiles no conocen, no permite saber dónde está la tierra firme”, denunció.
Una postura favorable
Hoy, con Petro, la opinión de los intelectuales está dividida. Si bien los opositores tienen más eco mediático, hay voces muy respetadas que quizás no estén del todo con él, pero que, en cierta medida, tienen una postura favorable hacia su gobierno o, por lo menos, aprueban algunas de sus iniciativas.
Por ejemplo, Laura Restrepo. Según la autora de Canción de antiguos amantes e Historia de un entusiasmo (publicado inicialmente como Historia de una traición), el presidente Petro no puede ser juzgado por un solo momento, sino como parte de un largo proceso en el que, finalmente, se reivindican las causas populares.

En una línea similar está el dramaturgo Fabio Rubiano, quien dice que no se arrepiente de haber votado por Petro porque, entre otras cosas, puso en la agenda los temas sociales y el valor de la vida, que los antecesores siempre miraron con desdén. “Aunque, claro, hay cosas que no comparto, como el hecho de que Armando Benedetti esté en el gabinete, lo cual me parece inadmisible”.
Dos de los hombres más importantes de la cultura en las últimas décadas, el cineasta Sergio Cabrera, director de La estrategia del caracol, Golpe de estadio e Ilona llega con la lluvia, y el escritor Santiago Gamboa, creador de Perder es cuestión de método y El síndrome de Ulises, también respaldan al presidente. Cabrera representa al país como embajador en China y Gamboa se desempeña como consejero en la misma embajada.
En este margen también están Gonzalo Sánchez, historiador y exdirector del Grupo de Memoria Histórica y del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional (IEPRI), quien, por ejemplo, tras el hundimiento de la reforma laboral, escribió en su cuenta de X una opinión similar a las que sostiene el presidente: “Miopía insuperable de las élites y de la derecha. Lo que pierden los trabajadores y lo que pierde el país en dignidad, en crecimiento y en estabilidad social con el hundimiento de la reforma laboral. Empresariado mezquino”.
Un pasado de horror
En esta orilla igualmente se encuentran Francisco Gutiérrez Sanín y León Valencia. El primero, antropólogo con maestría y doctorado en ciencia política, defiende a Petro precisamente por los avances que ha tenido Colombia en el respeto a los derechos humanos de parte de los agentes del Estado. “¿Cuántos campesinos han sido asesinados por la fuerza pública en el gobierno de Petro?”, pregunta. Y responde que, probablemente, si alguien se pone en la tarea, encontrará uno o dos casos, lo que contrasta, argumenta, con “las cifras absolutamente brutales de los gobiernos anteriores”.
Y en eso el profesor tiene razón: no existe un vínculo censurable entre militares y escuadrones de la muerte con Petro, lo que representa una ganancia inmensa para la sociedad. Atrás quedaron esos vergonzosos días en los que algunos mandatarios mostraban todo su poder contra las guerrillas mientras miraban para otro lado cuando los paramilitares asesinaban de día sí y en la noche también.
Valencia, por su parte, dice: “La derecha colombiana, que calló y alentó el asesinato de más de 5.000 militantes de la Unión Patriótica y de la izquierda en una barbarie sin nombre, ahora dice que se siente amenazada de violencia cuando Petro llama a la movilización y a la consulta popular por sus reformas”.

Para el escritor y editor Mario Jursich, hay que hacer una distinción previa sobre quiénes son, en este caso, “los intelectuales”. “Existe mucha controversia al respecto, pero algunos puntos están claros: no lo son quienes no intervienen en la vida pública, quienes participan únicamente como especialistas, quienes se limitan a un interés particular, quienes opinan en nombre de terceros (o alineados con una verdad oficial), quienes son escuchados por su autoridad religiosa o por su capacidad de imponerse mediante la fuerza armada, administrativa o económica, o quienes son miembros de una élite y buscan ser vistos como intelectuales sin que nadie les pare bolas. Tampoco lo son los universitarios que investigan sobre temas intelectuales y se mantienen al margen del debate público. En resumen: un intelectual es un escritor, artista o científico que opina con autoridad moral sobre asuntos de interés público”.
¿Están los intelectuales divididos frente a Petro?
Entonces, ¿están los intelectuales divididos frente a Petro? “Sí, inmensamente divididos. Pero esa división es la misma que hay en el país. Si se plantea como una división entre ‘a favor’ y ‘en contra’, se obtiene una imagen falsa, porque en todos los puntos del espectro hay matizaciones importantes. Hay gente que apoya a Petro con reservas significativas y hay quienes lo reprueban, pero reconociéndole más de un acierto”, responde Jursich.
Él cree que, en Colombia, entre los intelectuales y académicos hay un consenso sobre la necesidad de transformar el país. “Lo que está en disputa son la temporalidad y las vías para lograr ese cambio”, afirma. “Ahí está el gran debate. Algunos creen que hay que hacer borrón y cuenta nueva, abandonar por completo lo anterior y empezar de cero. Otros prefieren la gradualidad y construir sobre lo construido, es decir, los cambios incrementales”, agrega.
Entre quienes hoy se distancian de Petro, parece haber, adicionalmente, un punto en común: la personalidad del presidente, que obstaculiza la implementación de sus políticas públicas. Para Mario Mendoza, autor de Satanás, Buda Blues y Aquelarre, con el primer mandatario “solo queda una enorme desilusión, mucha desesperanza y la zozobra de un país cuya inestabilidad política y social se ha acrecentado bajo su mandato indisciplinado y delirante”, como lo describió en un perfil en CAMBIO.
Mientras que el también escritor Juan Carlos Botero, autor de Los hechos casuales, considera inquietante que Petro fomente el odio y la polarización. “El presidente que pontifica sobre la paz total y el país como potencia de vida es el mismo que maximiza la violencia verbal. No baja a sus rivales de nazis, asesinos, muñecas de la mafia y paramilitares. La paz comienza en casa”, afirma.
Héctor Abad, autor de El olvido que seremos, escribió en su columna de El Espectador del pasado domingo que “en vista de que las cuentas no le dan, de que los hechos lo desmienten y las matemáticas no le cuadran, y viendo que la realidad no se acomoda a su fantasía, el presidente se aferra a la magia, al delirio, a la verborrea y a la botella (de café)”.

Para el escritor nacido en Medellín, “su último engendro es la consulta popular, pero ni siquiera en las urnas, sino en las calles, de modo que el apoyo a sus políticas erráticas no se mida en personas ni en número de votos, sino en gritos, pancartas y desorden. Y uno se pregunta: ya que el hombre es tan humano y tan justo, así como acaba de declarar día cívico cuando cita a sus manifestaciones electorales, ¿hará lo mismo con la oposición? ¿Va a declarar también día cívico cuando sus opositores convoquen a sus propias manifestaciones? Sería lo más lógico, pero es imposible pedirle lógica a quien vive sumido en sus propios delirios”.
Del desencanto a la preocupación
William Ospina, autor de El país de la canela y Guayacanal, ha escrito: “Lo que pasa es que en Petro conviven un ambientalista sincero y un autócrata indomable, un rebelde furioso y un pragmático ambicioso, un hombre que anhela el bienestar social y un solitario conflictivo y taciturno, un político lúcido y a menudo brillante y un aventurero imprudente”.
En la línea de los escritores que también han tomado distancia de Petro están Ricardo Silva y Carolina Sanín, quienes en sus inicios lo defendieron, pero ahora, más que desencantados, se muestran preocupados.
Para el autor de Historia oficial del amor y Cómo perderlo todo, Petro malgastó la oportunidad que le dio el electorado, y ya se podría “decretar” el fracaso de su proyecto político.
En un análisis sobre el primer consejo de ministros televisado, titulado 'La misa negra de Gustavo Petro', publicado en CAMBIO, la escritora bogotana, autora de Somos luces abismales y Tu cruz en el cielo desierto, aseguró: “Creo que es muy doloroso aceptar que un presidente perdió la razón. Uno se puede sentir perdido, radicalmente confundido. Y creo que es hora de que, en defensa de la sensatez, aceptemos con firmeza que Petro se volvió loco. Y no es un decir”.
¿Qué diría de Petro hoy Antonio Caballero, autor de Sin remedio y uno de los analistas más lúcidos en la historia del periodismo colombiano? Fallecido el 10 de septiembre de 2021, antes de la posesión del líder del Pacto Histórico, escribió que de él le gustaba “su programa, que es probablemente el más atractivo —o el que a mí más me atrae—”, pero, añadió, “lo malo de Petro no es su teoría, sino su práctica”.
Y argumentó: “La que le conocimos en sus años de alcalde de Bogotá, de ineptitud y de rencor, de caprichos despóticos y de autosatisfacción desmesurada. Su arrogancia, su prepotencia. Su personalidad paranoica de caudillo providencial, mesiánico, señalado por el Destino para salvar no solo al pueblo de Colombia de sus corruptas clases dominantes sino al planeta Tierra de su destrucción y a la especie humana de su extinción. Sus iniciativas de gobierno, que no eran populistas, como dicen, sino simplemente demagógicas”.
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