
Condena a Santiago Uribe por paramilitarismo, un duro golpe en la campaña del uribismo
Álvaro Uribe Vélez, expresidente de Colombia y jefe natural del Centro Democrático
Justo cuando el expresidente volvía al escenario para ponerle orden al Centro Democrático y buscar un candidato de peso que dispute la Presidencia, su hermano es señalado de “concierto para delinquir” y “homicidio agravado”. ¿Cuál será su impacto en la colectividad en la carrera electoral?
Por: Armando Neira
El panorama es complejo para un partido político que debe dejar a un lado las discusiones programáticas, la urgente elaboración de listas al Congreso y la crucial decisión de quién llevará sus banderas en la contienda presidencial para centrarse en cómo reaccionar ante la condena por los delitos de concierto para delinquir agravado, conformación de grupos paramilitares y asesinato al hermano de su líder natural.
No se trata de un asunto distante de un díscolo familiar, sino de un protagonista relevante en la historia del conflicto armado. El empresario y ganadero Santiago Uribe Vélez, hermano menor del expresidente Álvaro Uribe Vélez, ha sido señalado de desempeñar un rol indiscutible en el fenómeno paramilitar.
La noticia sacudió las estructuras de la derecha, que confiaba en la capacidad de su líder natural para no solo volver a ganar la Presidencia, sino convertirse en la fuerza más sólida en el Congreso, donde ya se había dicho que él ocuparía el puesto número 25 de la lista al Senado. Así, la confianza era total, después de haber sido absuelto en segunda instancia de todos los cargos por manipulación de testigos y fraude procesal en el llamado “juicio del siglo”.
“Expresamos nuestra solidaridad con Santiago Uribe Vélez y su familia en este difícil momento. Elevamos oraciones para que Dios les brinde fortaleza y sabiduría”, dijo el Centro Democrático en un comunicado. La izquierda ironizó con esta respuesta porque, argumentaron, no le diagnosticaron una grave enfermedad ni está atravesando una crisis anímica, sino que está acusado de ser responsable de gravísimos crímenes de sangre contra ciudadanos inocentes.
En efecto, el Tribunal Superior de Antioquia lo condenó en una sentencia de segunda instancia. Los magistrados determinaron que era responsable del delito de concierto para delinquir agravado por la conformación de la banda paramilitar llamada Los 12 Apóstoles, y de homicidio agravado, por el asesinato de Camilo Barrientos Durán.
Los 12 Apóstoles fue un grupo criminal que operó en el norte de Antioquia, en los alrededores de la hacienda La Carolina, propiedad de los Uribe. Barrientos Durán era un conductor de bus escalera que fue asesinado el 25 de febrero de 1994 en el municipio de Yarumal (Antioquia).
El jefe de una banda criminal
El Tribunal consideró probado que Santiago Uribe ejerció control sobre la estructura urbana y rural del grupo, articulando los elementos necesarios para perpetrar este asesinato. El fallo describe a Los 12 Apóstoles como una organización que ejecutó un plan de “exterminio” y “limpieza social”, una expresión para referirse a eliminar por la fuerza todo lo que alterara la vida cotidiana de “los ciudadanos de bien”. La normalización de la justicia por mano propia.

Testimonios de la zona y declaraciones de exjefes paramilitares como ‘Don Berna’, ‘Don Mario’, Pablo Hernán Sierra y Salvatore Mancuso reforzaron este relato. Sus versiones, dice el expediente, resultaron coherentes y complementarias. Varios de los exjefes que causaron algunos de los hechos más estremecedores de la violencia en el país afirmaron haber escuchado que Santiago Uribe financiaba o dirigía la organización.
Hasta aquí llega lo referente a Santiago Uribe. El problema para el expresidente es que esta historia siempre lo ha tocado, al punto de que, más de una vez, en escenarios públicos le han gritado “Uribe paramilitar”.
El exmandatario siempre ha alegado su inocencia. Sus adversarios, sin embargo, sostienen que hay hechos que muestran unas sombras difíciles de disipar.
Así, por ejemplo, quienes han puesto la lupa a sus vidas dicen que los hermanos Uribe Vélez, en algún momento, fueron vecinos de Luis Carlos Molina Yepes y de los hermanos Gallón Henao. Por aquel entonces vivían en una pequeña población en donde todos se conocían y se sabía qué hacía cada uno.
El huevo de la serpiente
Eran tiempos en los que el paramilitarismo empezaba a asomar su cabeza. Molina Yepes resultó siendo socio del narcotraficante Pablo Emilio Escobar Gaviria y señalado de participar en el asesinato del entonces director de El Espectador, Guillermo Cano. Y los hermanos Gallón Henao conformaron un clan tristemente célebre, entre otros delitos, por su participación en el asesinato del futbolista de la Selección Colombia Andrés Escobar.
Uribe no solo ha sido el presidente más popular en la historia reciente de Colombia —con niveles de aprobación que superaron el 85 por ciento—, sino que ha sido el político más influyente del último cuarto de siglo. Un éxito que contrasta con el hecho de haber sido el primer expresidente en ir a la cárcel. El 4 de agosto de 2020, la Corte Suprema de Justicia ordenó su detención domiciliaria.
Una situación que corresponde a un caso que se inició en 2012, cuando el senador de izquierda Iván Cepeda denunció en el Congreso los presuntos vínculos de Uribe con grupos paramilitares. El expresidente, en respuesta, demandó al hoy candidato presidencial del Pacto Histórico por difamación.
En 2018, la Corte Suprema cerró el caso contra Cepeda y, en un giro inesperado, abrió uno contra Uribe para investigar si el expresidente intentó manipular testigos para que declararan a su favor. Fue en ese momento cuando Uribe estuvo dos meses en arresto domiciliario. Recuperó la libertad cuando renunció a su escaño en el Senado y el proceso pasó a la Fiscalía, que años después terminó por acusarlo formalmente, dando inicio al llamado “juicio del siglo”.
Por este caso fue condenado a 12 años de prisión domiciliaria por soborno de testigos en actuación penal y fraude procesal, en una decisión que el Tribunal Superior de Bogotá dejó sin efectos al absolverlo y ponerlo en libertad. De cualquier manera, en el caso estuvo marcado por relatos que asociaban a Uribe con paramilitares lo que evidentemente lo mortificaba.
En paralelo a este proceso, su colectividad empezó a sentir cómo se mermaba su poder y, en un hecho repudiable, a sufrir en carne propia la violencia. El senador más votado de Colombia y en quien el expresidente tenía puestas sus máximas esperanzas fue asesinado. El crimen de Miguel Uribe Turbay golpeó política y personalmente al expresidente. Para él fue de enorme tristeza no haber podido siquiera ir a sus honras fúnebres porque en ese momento estaba detenido.
Ordenar la casa
Al recuperar la libertad, el expresidente decidió poner la casa en orden al ver que entre los aspirantes había una guerra abierta sin posibilidades de tregua. Para él era motivo de enorme preocupación ver cómo el senador Cepeda —quien no vacila al señalarlo de tener vínculos con los paramilitares—, aliado del presidente Petro y ahora líder presidencial del Pacto Histórico, encabeza la encuesta del Centro Nacional de Consultoría (CNC) con un 20,9 por ciento de intención de voto.
En esta medición, le siguen Abelardo De la Espriella, de ultraderecha, con el 14,4 por ciento, y Sergio Fajardo, con el 7,8 por ciento. En los tres primeros puestos no aparece ningún candidato del Centro Democrático.
Después de Cepeda, De la Espriella y Fajardo aparece otra antagonista del uribismo, Claudia López, exalcaldesa de Bogotá, con el 5,0 por ciento. Más atrás figura Miguel Uribe Londoño —padre del asesinado senador Uribe Turbay— con el 4,1 por ciento.
Aunque varios analistas sostienen que aún es temprano para anticipar quiénes podrían encabezar los resultados en la primera vuelta presidencial, esta es ya la segunda medición pública desde que se levantó la veda impuesta por la llamada ‘ley mordaza’. En la encuesta de Cifras y Conceptos también aparecen Cepeda, De la Espriella y Fajardo como punteros.

Además, Cepeda —ganador de la consulta popular del 26 de octubre— aparece respaldado por una izquierda petrista que, a diferencia del uribismo, hoy luce —al menos ante los electores— más ordenada y con una hoja de ruta clara.
Mientras tanto, el fuego amigo amenaza con incendiar el Centro Democrático. Las peleas internas eran hasta ahora el pan de cada día y ocurrían ante los ojos de seguidores perplejos. En escenarios políticos se comentaba que esto ocurría porque en la izquierda hay un jefe, Gustavo Petro, que impone disciplina, mientras que Uribe se había mantenido distante, dejando que sus alfiles se posicionaran.
El toro por los cuernos
Como esto no ocurrió, Uribe decidió tomar el toro por los cuernos. En un giro evidente de estrategia, dio un golpe sobre la mesa para dejar claro que llegó a poner orden. Exigió a los candidatos y militantes que abandonaran las referencias a Petro y concentraran su discurso en propuestas concretas.
“Le pido al partido: no más discusiones políticas en las emisoras, no más espacios para referirse a Petro. Hablemos de las soluciones que está demandando el país”, ordenó.
Sostuvo que, pese a contar con aspirantes “versados, preparados y que estudian”, muchos caen “en la tentación de hablar de Petro”, lo que, a su juicio, no deja réditos electorales. “Estas discusiones generan mucho morbo, generan mucha noticia, pero no fijan credibilidad”, advirtió, e insistió en que los ciudadanos exigen soluciones a los problemas económicos y de infraestructura. “Lo que los colombianos reclaman hoy es cómo van a resolver ese problema económico tan grave y, al mismo tiempo, poder avanzar en carreteras”, agregó.
Asimismo, ordenó que la selección del candidato o candidatos del partido para las elecciones presidenciales de 2026 no se llevará a cabo este viernes 28 de noviembre.
El jalón de orejas de Uribe volvía a mostrarlo como el descomunal animal político que es. Los analistas subrayaron, una vez más, que con ese olfato que él tiene para saber qué es lo que le interesa a los colombianos, estos no quieren escuchar más insultos, tachas, reproches o acusaciones contra Petro, sino propuestas que solucionen los problemas que este Gobierno ha creado y los que prometió arreglar y no ha resuelto.
En un momento de tanta fragmentación interna y con varios precandidatos disputando espacio, la participación de Uribe era, sin duda, para ordenar la casa, dar un rumbo claro y evitar que el proceso se vuelva interminable o genere más divisiones en momentos en que el calendario electoral corre de prisa.
En términos de impacto, Uribe llegó con el mensaje de cohesión y autoridad. Al acelerar la definición del candidato, reduce la incertidumbre y permite empezar la campaña con una estructura unificada, algo clave en un escenario tan competitivo.
Uribe confiesa su dolor
Entre los seguidores de Uribe había confianza en su capacidad para recuperar el poder. Para ellos es claro que Uribe, como líder del Centro Democrático y como quien terminará decidiendo el candidato, representa la posibilidad de que la derecha se una alrededor de un nombre —cualquiera que sea— o, por el contrario, que termine fragmentada.
Si no hay cohesión, la derecha podría perder las elecciones, como ocurrió en 2022, cuando dos propuestas que hablaban de cambio —Petro y Rodolfo Hernández— pasaron a segunda vuelta.
En la derecha confían en que, si Uribe tomaba el mando y decidía con rapidez, podría incluso ganar en primera vuelta en marzo. Pero si opta por los mecanismos formales de participación política —es decir, una consulta en marzo—, podría estar perdiendo la elección, porque permitiría a un candidato como Cepeda estructurar su estrategia durante tres o cinco meses, dejando al aspirante elegido con menos tiempo para unificar el voto de opinión y el voto de estructura del centroderecha.
Uribe pretendía reeditar esa imagen con la que han crecido las últimas generaciones. La figura que representa al uribismo es Uribe; todos sus candidatos son vistos como sus representantes. En ese sentido, quien tiene la decisión es él, titular del capital político que todos buscan aprovechar.
En este proceso surge la condena contra Santiago. “Siento profundo dolor por la condena contra mi hermano. Dios nos ayude”, aseguró el exmandatario. En otro mensaje apareció en un video junto a los trabajadores de su finca El Ubérrimo lamentando el fallo. Según dijo, este 25 de noviembre, día en que se conoció la condena contra su hermano, su padre habría cumplido 93 años, pues fue asesinado por las Farc a los 50 años.
“Y hoy condenaron a mi hermano. Hay que respetar la justicia, pedirle ayuda a Dios y dar el testimonio de mi opinión sobre él”, afirmó Uribe, quien describió a su hermano como “un gran hijo, un gran hermano, un gran esposo, un gran padrastro y un gran miembro de familia”.
Así, Uribe volvía a estar en el centro de unas acusaciones que lo han perseguido sin tregua. Ante esto, en el Centro Democrático respondieron expresando su solidaridad con Santiago Uribe Vélez, su familia y diciendo que elevaban oraciones para que Dios les brinde fortaleza y sabiduría.
¿Los posibles electores del Centro Democrático recogerán este mensaje y se mostrarán solidarios como si fuera un acto de fe, o tomarán distancia de una persona que está señalada de cometer gravísimos crímenes así le duela al jefe político que apoyan?
Es cierto que durante los tiempos de ascenso político de Uribe, miles de sus electores prefirieron mirar para otro lado y confiar ciegamente en él porque consideraban que, ante los desmanes de las Farc, se necesitaba una mano dura que pusiera orden, así tuvieran dudas sobre su proceder. ¿Volverá a ocurrir lo mismo?
O, como ha dicho el propio Uribe, ahora los jóvenes lo insultan porque los tiempos han cambiado y recibieron distorsionada la historia del país. ¿Qué pesará más? Los electores tienen la palabra.
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