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Foto: Comisión Intereclesial de Justicia y Paz
País

Cuando en Tierralta mataron a un dios

Este es un capítulo del libro Yo solo vine a buscar orquídeas del escritor y periodista cordobés Carlos Marín Calderín sobre el sacerdote Sergio Restrepo Jaramillo, asesinado en Tierralta (Córdoba) por una alianza entre políticos, fuerzas del Estado y paramilitares. Este capítulo narra la dramática historia de un amigo de Sergio, el cura Bernardo Betancur.

Por: Carlos Marín Calderín

En Tierralta todo el mundo decía que a Bernardo lo iban a matar. Por eso, Mirta —mi madre— se angustiaba cada vez que lo veía llegar a nuestra casa arrastrando su ya conocido destino fatídico.

Tendría por ahí unos sesenta y cinco años, el cabello en hilachas a medio caer, blanco, como blanca era su frondosa barba, la barba que a Bernardo le caía al pecho. Su rostro —el de ese día, al menos el de aquella tarde de viernes—, era como el de los enfermos terminales que, tras luchas y rezos y esperanzas desvanecidas, se convencen de que ya es cuestión de tiempo, y el final —quiero decir, la muerte—, con certeza inapelable inunda su expresión como una derrota consentida.

Había llegado, como de costumbre, en busca de conversación y algo de comida y dinero. Mi padre siempre le daba dinero porque, a pesar de que se decía que la familia de Bernardo era rica en Medellín, Bernardo había decidido, tras dejar su trabajo, ser pobre. Nunca tenía un peso en el bolsillo. Tampoco quería tenerlo, solo necesitaba algo para comer.

Yo tenía diez años, y recuerdo que mi padre y Bernardo hablaban de lo que les apasionaba en esa casa de la calle 10 #17-66: el cosmos, el poder de la mente, teología, filosofía, y la pobreza en que vivían los campesinos y los embera katíos que Bernardo visitaba con frecuencia allí cerca, en el Nudo de Paramillo, en donde se perdía por meses, al punto de que algunos lo daban por muerto, hasta que volvían a verlo por ahí, más barbudo, más flaco, más loco. Quería a los embera, por eso aprendió su lengua, y cuando bajaban a Tierralta desde sus resguardos, él les servía de intérprete para que no les robaran en los comercios y para que no abusaran de ellos en las oficinas públicas. Por eso se ganó el fastidio de muchos.

En cada encuentro, reían a carcajadas, tomaban licor, comían. Mi madre, ya que no podía evitar esa visita —que no le caía mal, pero que le asustaba, porque Bernardo asustaba—, al menos los convencía de que se reunieran en el patio de la casa, y no en la terraza, a la vista de todo el que pasara, donde nada podría hacer si a Bernardo llegaban a matarlo.

Pero en la visita de aquella tarde había algo más: Bernardo tenía la cara morada, muy golpeada, y casi no podía mover los brazos. Sostenía en una de sus manos un recorte del periódico Poder Costeño, con la noticia de una masacre cometida cerca de allí.

Mi padre, al ver su cara maltratada, le reclamó con un tono que pretendía hacerlo sentir culpable:

—¡Otra vez, Bernardo!

—¡Sí, otra vez! —respondió él con cierta desfachatez.

—¿Quiénes?

—¡Los mismos hijueputas! —y siguió hasta el patio sombrío, como su rostro.

—Tú los provocas. Se los facilitas.

Bernardo no respondió.

—Andas solo por ahí, de día y de noche, —continuó mi padre—. ¿No te das cuenta de que estás en peligro?

—No me aguanto, Carlos, me invade la ira, y tengo que decírselos para que sepan que yo sé quiénes son ellos y qué están haciendo.

—Por eso es que en el pueblo se está diciendo lo que se está diciendo. Tú sabes.

—¿Vos creés que yo no quisiera controlarme? Pero apenas los veo, se me revuelve todo.

—Esta es la segunda vez en menos de tres meses. Te ganan en número y en fuerza. No veo la necesidad de dar peleas que vas a perder.

No peleo para ganar. Me basta con que la gente que anda por ahí me escuche cuando les digo en la cara lo que se merecen.

—¿Y alguien de esa gente te ha dado siquiera un medicamento para ese desastre? —dijo mi padre señalándole el rostro.

—No es necesario.

—¿Ya te vio un médico?

—No es necesario.

—Voy a llamar uno.

—¡Dejá la huevonada, Carlos! Estoy bien.

—Bernardo…

—Estoy bien.

—¿Y ahora dónde fue la paliza?

—En el parque, frente a la parroquia.

—¿Delante de todo el mundo?

—¿Acaso les ha importado antes?

—¿Y ahora por qué fue?

—Por lo mismo.

—Dime.

Les grité que deshonran su uniforme, ¡y paramilitares asesinos!

—No te ayudas mucho, ¿eh?

—¡E hijueputas!

—¡Por Dios!

—Ya no sé si vale la pena seguir denunciándolos. Estoy cansado, ¿sabes? ¿Supiste que mataron a otros en Callejas? —y le extendió el recorte de periódico, pero mi padre no lo leyó.

—¿Cuántos?

—Cuatro.

—¿Qué?

—Los sacaron de sus casas y los mataron delante de todo el mundo, en la cancha de fútbol. ¿Guerrilleros unos señores que se ganaban la vida sembrando yuca, plátano, pescando bocachicos? ¿Puedes creer eso?

—No puede ser.

—¡Es! Cuando la guerrilla se tomó Callejas aquella vez, ¿recordás?, se vinieron para acá y se escondieron en la base. ¡Cobardes de mierda!; eso también se los grité.

—Te van a matar, Bernardo.

Ya yo estoy muerto. Preocúpate por ti, Carlos.

Había nacido en Medellín. Era un hombre sabio y de argumentos profundos. Pero cuando Bernardo iba por la calle, la gente murmuraba “viejo loco”; loco porque nadie entendía sus palabras cuando en esquinas, o en reuniones de varias personas que tomaban licor, se acercaba a hablar del sentido de la vida, de la importancia de abrazar los árboles y de cantarles a los ríos; loco porque hablaba de algo que nadie comprendía: justicia social, oligarquías; loco, Bernardo estaba muy loco al recordarle a la gente que tenía derecho a protestar porque los niños morían desnutridos; tenía que estar de amarre ese viejo, que parecía no bañarse, para atreverse a decirles a los campesinos que exigieran un mejor pago por sus cultivos.

Quienes lo conocían, lo evitaban en la calle; algunos, cerraban las puertas de sus casas al verlo venir; otros, lo miraban de reojo, como se mira a un muerto que no se quiere ver, como se mira a alguien a quien van a matar.

No era que no lo quisieran, lo querían, sí, había quienes lo querían y recordaban con cariño porque él había bautizado a decenas de niños, había casado a tantas parejas y había oficiado cientos de misas en la parroquia San José.

Pero, claro, nadie quería estar presente cuando a Bernardo lo mataran.

Nadie.

Por esos días, Bernardo se presentó con un morral en la calle 10 #12-56, a la casa de otro amigo, mi abuelo, a quien le pidió que le alquilara una habitación, porque lo habían echado de donde vivía. “Padre, no puedo; no tengo ni una libre, y voy a hacer una remodelación en la casa”. Bernardo, yéndose, yéndose para siempre, le dijo: “Joselo, yo sé qué es lo que usted teme: usted tiene miedo de que a mí me maten aquí. No me diga mentiras”.

En la esquina de la calle 6 con carrera 12, una familia le permitió dormir en el patio de su casa, en un quiosco de palma sin protección de cercas ni de paredes. Allí, en una hamaca, la madrugada del jueves 3 de noviembre de 1988, el sacerdote Bernardo Betancur fue asesinado de varios balazos mientras dormía, uno de estos propinado en la boca, porque a Bernardo había que darle en la boca, para que el mensaje, en la tierra del silencio, fuera ruidoso.

Le pregunto al sacerdote Hernando Muñoz, excompañero de Bernardo en la parroquia de Tierralta, qué recuerda de ese día:

—Por la mañana, al enterarnos, nos morimos también. Quedamos paralizados un largo rato. Fuimos a recogerlo y a organizar las exequias. La señora de la casa, que le permitió guindar su hamaca en el quiosco, vio al asesino, y él le dijo: “Si dice algo, la segunda muerta será usted”. Ella vio también cuando Bernardo se estaba ahogando en su propia sangre… ¿usted sabe lo que es eso y no poder hacer nada? Todo el mundo supo quién fue, pero no pasó nada. A Bernardo lo asesinó un policía a quien en Tierralta cariñosamente llamaban Sicario.

***

Esta muerte propició otro asesinato: el de Sergio Restrepo Jaramillo.

A la hora en que el día empezaba a dejar de serlo, dos sicarios llegaron a la parroquia San José a cumplir la orden: matar a Dios. A Sergio Restrepo Jaramillo ese primero de junio de 1989 no le pegaron un balazo —ya de por sí demasiado, siempre—, sino nueve, por si alguna protección bendita le hacía cometer a él, un dios para muchos en el pueblo, el pecado de seguir viviendo.

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