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Al margen de las afiliaciones religiosas, que sin duda han caído en Colombia como en otros países, lo más destacado de los colombianos es su creencia en algún dios o ser superior, así no sea el Dios de las escrituras.
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'Los colombianos somos así': ¿qué es la religión para los colombianos?

El economista Eduardo Lora, egresado de la Universidad Nacional y del London School of Economics, investigador asociado de Fedesarrollo y Economista Jefe del BID, acaba de publicar el libro 'Los colombianos somos así', editado por Penguin Random House. La obra incluye encuestas y análisis sobre temas cruciales: la familia, el uso del tiempo, el trabajo, la educación, la política, la calidad de vida, el ingreso y las élites. CAMBIO publica hoy, en exclusiva, fragmentos del capítulo sobre los colombianos y la religión.

Por: Eduardo Lora

Actualmente, 70 por ciento de los adultos se identifican a sí mismos como católicos y un 14,3 por ciento adicional como protestantes, evangélicos o pentecostales. De esta forma, distintas versiones del cristianismo representan las creencias religiosas de la gran mayoría de colombianos. La religión es una dimensión clave en su vida: dos de cada tres dicen que la religión es muy importante y tan solo uno de cada seis considera que es poco o nada importante. Incluso, el 41 por ciento de los colombianos afirma, al ser encuestado, que la religión los “define como personas”.

En el contexto mundial, hay otros países con tasas aún más altas de identificación religiosa. Entre 26 naciones incluidas en las encuestas de Gallup de 2023 sobre creencias religiosas, Colombia ocupa el octavo lugar en identificación con alguna religión. En el primer lugar está India (hinduismo), seguida por Tailandia (budismo) y Turquía (Islam). Y también hay algunos países en que el predominio del cristianismo, en sus distintas versiones, supera a Colombia, como son los casos de Perú, Polonia y Suráfrica.

Como ha ocurrido en muchos otros países cristianos, las generaciones más jóvenes de colombianos se identifican mucho menos con las iglesias cristianas que las generaciones anteriores. En esta materia, la brecha entre las generaciones Z (nacidos entre 1997 y 2004) y de la posguerra (1946-1964) es notable en Colombia: 16 puntos porcentuales. Pero sobre todo en países europeos, como Bélgica, Italia, Polonia, Francia y España, la pérdida de arrastre del cristianismo en las generaciones recientes ha sido mucho más pronunciada. Y también en otras naciones de América Latina. Por ejemplo, en Perú la brecha intergeneracional de afiliación al cristianismo es de 25 puntos y en Chile de 21 puntos.

Pero, al margen de las afiliaciones religiosas, que sin duda han caído en Colombia como en otros países, lo más destacado de los colombianos es su creencia en algún dios o ser superior, así no sea el Dios de las escrituras: 86 por ciento de los colombianos creen tal cosa, por encima de casi todos los países, con las únicas excepciones (entre los 26 países de la encuesta Gallup) de Brasil y Suráfrica. Las creencias espirituales o sobrenaturales de los colombianos no se limitan a eso: 78 por ciento cree que el cielo es un lugar real; 68 por ciento cree que existen seres sobrenaturales tales como ángeles, fantasmas y hadas; 61 por ciento que el demonio existe en la realidad y 58 por ciento está convencido de que también el infierno es real.

Prácticas religiosas

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Como otros aspectos de la vida de los colombianos, las prácticas religiosas están muy influidas por diferencias culturales. La frecuencia con que la gente reza o va a misa dice mucho sobre la importancia que tiene en su vida diaria la religión.

Como en otros aspectos de la vida de los colombianos, las prácticas religiosas están muy influidas por diferencias culturales. La frecuencia con que la gente reza o va a misa dice mucho sobre la importancia que tiene en su vida diaria la religión. Sorprendentemente, en las zonas rurales del país, que en otros aspectos son muy tradicionalistas, es donde los mayores de 9 años rezan con menos frecuencia: apenas un 15 por ciento afirma (en las encuestas de uso del tiempo) haber rezado o ido a misa el día anterior. La población urbana que reza con mayor frecuencia es la de la región oriental del país, seguida de cerca por la región pacífica. Bogotá es la región urbana del país donde la gente reza o va a misa con menor frecuencia.

Tradicionalmente se ha creído que las familias nucleares son el bastión de la religión, pues en ellas se cultivan y mantienen las creencias y las prácticas religiosas. Las encuestas de uso del tiempo dicen otra cosa: ni siquiera una de cada cuatro personas que es parte de una familia nuclear reza o va a misa un día cualquiera. Quienes tienen prácticas religiosas más asiduas son las parejas sin hijos o las personas solas, quizás, precisamente, porque esas prácticas ofrecen consuelo y compañía. Lo mismo sugieren los tiempos dedicados a estas prácticas religiosas.

En esa misma dirección apunta el hecho de que –al margen de las diferencias culturales entre regiones y de las costumbres religiosas por tipos de familias—quienes tienen más ingreso les prestan menos atención a todos los aspectos de la religión. En general, las personas más afortunadas económicamente se identifican menos a partir de su religión, no consideran que la religión sea parte tan importante de sus vidas como lo es para la gente que goza de menos prosperidad y le dedican menos tiempo a los ritos y actividades religiosas. Sin embargo (aunque no haya datos que lo verifiquen), para familias de todas las condiciones económicas, los ritos católicos –especialmente los del bautismo, la primera comunión, el matrimonio y la defunción– son ocasiones importantes de socialización y de afianzamiento del estatus social, sin implicar compromiso con los preceptos que dan soporte a esos ritos dentro de la Iglesia católica.

La necesidad de las creencias religiosas

La Constitución de 1991 liberó al Estado colombiano de los compromisos religiosos que establecían los concordatos, estableció que la educación pública fuera laica y reafirmó la libertad de cultos, con iguales derechos para todos los ciudadanos, sin importar sus creencias. Sin embargo, ello no condujo a los colombianos al agnosticismo o al ateísmo. Si algo ha ocurrido en las últimas décadas es que un porcentaje algo mayor de colombianos cree en algún ser superior. Aunque la Iglesia católica perdió parte de su poder y un número creciente de colombianos optó por otros cultos, el país sigue siendo profundamente religioso. ¿Por qué? En sociedades donde la desigualdad económica es alta, muchas personas tienen dificultades para atender las necesidades básicas de sus familias, dados los estándares económicos de su comunidad o su grupo social. En estas situaciones, la religión puede proporcionar consuelo y una sensación de seguridad emocional. Las creencias religiosas a menudo ofrecen respuestas a preguntas existenciales, consuelo en momentos difíciles y la promesa de recompensas en el más allá, lo que puede ayudar psicológicamente a quienes sienten tener más limitaciones económicas. Por eso, en los países con altas desigualdades y violencia, como Colombia, más gente tiene creencias religiosas.

La desbandada del catolicismo

Los colombianos no han dejado de creer en un ser superior, pero crecientemente están desertando de las huestes del catolicismo. En las dos últimas décadas, uno de cada cinco colombianos ha dejado de ser católico. La mayoría de quienes han dejado el catolicismo se declaran ahora evangélicos, pentecostales o cristianos de alguna otra modalidad.

Por razones culturales que han cambiado muy poco y que están muy relacionadas con la cultura machista, en Colombia son más creyentes las mujeres que los hombres. Además, a medida que envejecen, los colombianos de ambos sexos se vuelven más creyentes, quizás ante la cercanía de la muerte. Pero más allá de estos patrones bastante estables que aplican al conjunto de los creyentes de todos los credos, con más frecuencia quienes están dejando de ser católicos para pasarse a otras iglesias son los jóvenes y quienes han sido víctimas recientes de algún acto de delincuencia. Esto sugiere que en Colombia el catolicismo no ofrece el consuelo y la solidaridad que requieren los creyentes cuando pasan por momentos de estrés emocional. Los creyentes que no son católicos son practicantes más frecuentes que los católicos. “La religión es un aspecto muy importante de mi vida” es una afirmación con la que se identifican mucho más los testigos de Jehová, los adventistas, los evangélicos y los protestantes que los católicos.

La sensación de penuria económica o los episodios de sufrimiento por otras razones parecen activar la decisión de abandonar el catolicismo para abrazar otras formas de cristianismo. Esto ocurre con creciente facilidad porque los católicos están perdiendo confianza en la Iglesia como institución (también tienen ahora mucho menos confianza en otras instituciones, como los partidos políticos, el congreso, el ejército y la alcaldía del lugar donde viven, cosa que no ha ocurrido de forma tan pronunciada entre quienes no son católicos). Es muy diciente que quienes se mantienen como católicos en momentos de dificultad económica o después de haber sido víctimas de algún acto de delincuencia pierden confianza en la Iglesia.

El panorama que muestra todo esto es bastante claro: en el ambiente de desigualdad y desprotección en que viven muchos colombianos –ambiente que refuerza las creencias religiosas– la Iglesia católica no proporciona el sentimiento de cohesión y solidaridad que demandan los creyentes. Esto a pesar de que la Iglesia ha buscado acercarse a los feligreses, especialmente con el actual papa Francisco, que ha sido sensible a las desigualdades sociales, la discriminación y los cambios en la conformación de las familias.

Aunque la confianza en la Iglesia católica ha caído en Colombia, no parece haber sido afectada mayormente por los casos de abuso sexual de menores por parte de sacerdotes. La pederastia ha sido un problema crónico de la Iglesia católica, que ha sido ampliamente documentado y encubierto durante siglos. En América Latina el asunto no ha recibido la atención que ha atraído en Irlanda, Estados Unidos o, más recientemente, España, en gran medida gracias a la labor investigativa y el coraje de algunos medios de prensa. Solo en Chile, en 2018, el problema adquirió suficiente visibilidad para afectar la confianza en la Iglesia católica. Ello ocurrió cuando el papa Francisco reconoció sus “errores graves de juicio”​ al descalificar los hechos relacionados con el encubrimiento del sonado caso Karadima. En 2023, Chile fue el país latinoamericano con menor porcentaje de católicos y la más baja confianza en la Iglesia católica.

Hasta 2022, en Colombia se habían dado a conocer muy pocos casos de pederastia. Sin embargo, ese año la agencia de noticias AFP informó de la existencia de una red de pederastia que incluiría a por lo menos 38 sacerdotes abusadores en la ciudad de Villavicencio, ​de los cuales 19 habrían sido suspendidos por el Vaticano. El mismo año, en Medellín, se dio a conocer la existencia de otra red de pederastas de al menos 43 sacerdotes, apenas tres de los cuales han sido sentenciados por la justicia. ​En 2020, la Corte Constitucional ordenó a los jerarcas de la Iglesia católica colombiana develar su 'archivo secreto' de denuncias a periodistas o ciudadanos que así lo requirieran. En razón del incumplimiento de la orden, en junio de 2022 la sentencia fue ratificada por la Corte. En octubre de 2023, habiéndose acumulado 45 expedientes contra igual número de instituciones eclesiásticas sobre posibles casos de pederastia, la Corte ordenó que se expidiera un edicto emplazatorio convocando “a todas las personas que se crean con derecho a intervenir y consideren que deban ser vinculadas al proceso de referencia”. Según Juan Pablo Barrientos, quien lideró la investigación periodística e interpuso las tutelas que dieron origen a este macrocaso, son 567 los sacerdotes acusados ya por feligreses por violencia sexual durante los últimos 20 años, en un ambiente de encubrimiento por parte de obispos, superiores de comunidades religiosas y hasta el Vaticano. Pero el 'archivo secreto' no se ha terminado de develar. Dista de ser un asunto cerrado.

La identidad religiosa y los derechos fundamentales

Los preceptos y creencias religiosas tienen una enorme influencia en la adopción de ciertos valores morales en temas como el aborto, la eutanasia o las relaciones sexuales. Esto no significa, como muchos creyentes piensan, que no tener religión es equivalente a no tener moral. Todo ser humano tiene valores morales que son el producto combinado de su naturaleza y su medio. El gran valor social de la religión consiste en conseguir que los miembros de una comunidad compartan formas de comportamiento –es decir, valores morales– que facilitan la cooperación y la cohesión social.

En Colombia, la creciente diversidad religiosa y los cambios culturales han creado fisuras en los amplios consensos morales que existían –aunque no siempre fueran respetados– sobre el aborto, la eutanasia y las relaciones entre parejas del mismo sexo. Esas fisuras fueron reconocidas en la Constitución de 1991, que estableció derechos fundamentales sobre estos temas al mismo tiempo que consagró la libertad de cultos y creencias.

Para muchos creyentes, han surgido conflictos entre sus valores morales y las libertades y derechos fundamentales reconocidos en la Constitución. Esos conflictos se han manifestado con especial vehemencia en las ocasiones en que se han expedido leyes o sentencias constitucionales para proteger las libertades individuales y para hacer efectivos los derechos fundamentales. La opinión sobre la conveniencia de la despenalización del aborto está claramente dividida por las creencias religiosas: mientras que 80 por ciento de los ateos y 74 por ciento de los agnósticos consideran conveniente despenalizar el aborto, 85 por ciento de los testigos de Jehová y 78 por ciento de los evangélicos y pentecostales rechazan la despenalización. Entre los católicos, cuyas posturas son menos monolíticas, 25 por ciento lo consideran conveniente y 65 por ciento lo consideran inconveniente (el resto es ambivalente).

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En las dos últimas décadas, uno de cada cinco colombianos ha dejado de ser católico.

Aunque en todos los aspectos de la moral hay un gran contraste entre los extremos ateo/agnóstico versus evangélico/pentecostal/testigo de Jehová, unos y otros son grupos minoritarios en el país. El grueso de los colombianos se sitúa en puntos intermedios, lo cual pone de relieve la gran diversidad que hay actualmente en Colombia en las posturas individuales sobre los asuntos morales, especialmente los que toca la Constitución. Las identidades religiosas más coercitivas de la libertad se ven con frecuencia inclinadas a rechazar los preceptos civiles del país para ser fieles a los preceptos religiosos de su comunidad. Pero las identidades religiosas más abiertas a la libertad individual, como son los ateos y los agnósticos, carecen de comunidad que los aglutine. De esta forma, es más factible que surjan movimientos políticos inclinados a favor de las identidades religiosas más coercitivas y, por consiguiente, que surjan tensiones y obstáculos para la cabal implementación de los mandatos constitucionales. Esto es inevitable. De ahí el largo proceso legal que han sufrido estos asuntos.

La despenalización del aborto pasó por un trámite legal de muchos años que culminó en 2022 con la sentencia de la Corte Constitucional que declaró que el aborto inducido es legal hasta las 24 semanas de gestación. Esta decisión de 2022 produjo muchas reacciones en contra, empezando por más de 30 solicitudes de nulidad, que fueron negadas por la Corte. Hubo además dos intentos de promover referendos en contra del aborto, liderados por políticos y líderes firmemente religiosos. Uno de esos intentos se hundió porque no alcanzó a recolectar las firmas requeridas, el otro se cayó porque no cumplía con todos los requisitos legales.

Algo semejante fue el proceso de legalización de la eutanasia, tema que se discutió intensamente en la década de los noventa. En 1997, la Corte sostuvo que la eutanasia, bajo determinadas condiciones, no es un delito, y que el derecho a morir dignamente tiene la categoría de derecho fundamental. Sin embargo, la implementación de este derecho ha sido bloqueada en la práctica en múltiples ocasiones por resistencias –seguramente basadas en objeciones de conciencia de instituciones e individuos– a prestar los servicios que requiere la eutanasia. En 2021, la Corte amplió el derecho a morir dignamente, al establecer que las personas con enfermedades graves o lesiones corporales que les causen sufrimiento también pueden acceder a la eutanasia, incluso aunque la enfermedad no esté en fase terminal. Sin embargo, tras más de 28 años del reconocimiento del derecho a morir con dignidad en la jurisprudencia y siete años de implementación de normativas, persisten numerosas barreras. Como explicó el senador Humberto de la Calle al presentar en 2023 un proyecto de ley para facilitar la eutanasia: “La primera barrera es la del consentimiento sustituto, que es precisamente las personas que no pueden expresar su decisión de acceder a este procedimiento y eso no debe significar que no tengan derecho a buscar una solución de esta naturaleza. También existe un estigma sobre las enfermedades mentales, porque hay quienes sostienen que el enfermo mental carece de este derecho, por su condición. Asimismo, existe una ausencia de rutas y redes de servicios entre las IPS ante la imposibilidad de resolver el problema o tramitarlo a través de su propia entidad para que se designe una IPS distinta, porque no en todas las instalaciones de salud existe la posibilidad de hacerlo, entre otras”.

Con respecto al matrimonio de parejas del mismo sexo, su legalización se hizo realidad en 2016 por decisión de la Corte, que puso punto final a un extendido debate jurídico, aunque no así a la oposición de grupos religiosos. Tal oposición quedó debilitada en 2023, cuando el papa Francisco aprobó formalmente que los sacerdotes católicos bendigan a las parejas del mismo sexo. Esto implica un cambio radical en la política del Vaticano, que ha enunciado que las personas que buscan el amor y la misericordia de Dios no deberían estar sujetas a “un análisis moral exhaustivo” para recibir la bendición, pero que tal cosa no se debe confundir con el ritual del sacramento del matrimonio, que no les ha sido concedido.

En síntesis, los creyentes, especialmente quienes son evangélicos, pentecostales o testigo de Jehová tienen convicciones muy fuertes sobre el aborto, la eutanasia y la orientación sexual. Los católicos tienen posturas más diversas sobre estos asuntos, mientras que los ateos y agnósticos tienen las posturas más tolerantes y favorables a la libertad individual. ¿Se refleja esto también en otros asuntos morales que son centrales para la cooperación y la cohesión social, como la ilegalidad o la corrupción?

Para arrojar alguna luz sobre estos asuntos morales es ilustrativo ver cómo responden a algunas preguntas los católicos en comparación con los evangélicos y cristianos de otras denominaciones. Las preguntas son si, recientemente, “se las arregló para pagar menos impuesto del que debía”, si “simuló estar enfermo para no ir un día al trabajo” y si “se benefició de un subsidio estatal que no le correspondía”. 47 por ciento de los católicos respondieron afirmativamente al menos a una de estas tres preguntas, lo cual es indicativo de estándares morales muy laxos con respecto a las normas de conducta social. Pero, en forma aún más inquietante, 53 por ciento de los evangélicos y cristianos de otras denominaciones respondieron afirmativamente a por lo menos una de las tres preguntas (una diferencia significativa estadísticamente hablando). Otro aspecto relevante sobre el comportamiento social de los creyentes es que apenas uno de cada cuatro católicos o evangélicos y cristianos de otras denominaciones (en este caso sin diferencia significativa entre unos y otros) considera que “si no denuncio un acto de corrupción que tengo conocimiento me transformo en cómplice”.

De esta manera, es evidente que la severidad moral sobre temas como el aborto, la eutanasia o las relaciones sexuales no va aparejada de una severidad semejante sobre otros asuntos morales que son de mayor importancia para la cohesión social y la cooperación. Cabe preguntarse –puesto que no hay información al respecto—si asuntos aún más críticos para la convivencia, como son las distintas formas de violencia que diariamente afectan a los colombianos, son temas morales que despiertan tanto rechazo entre los creyentes como el aborto o la homosexualidad.

Claroscuros en la cambiante religiosidad de los colombianos

Este capítulo del libro Los colombianos somos así muestra en forma contundente que las creencias religiosas ocupan un papel central en la forma de ser de los colombianos. La Constitución de 1991 reafirmó la libertad de cultos, estableció que la educación pública fuera laica y reconoció algunos derechos contrarios a los dogmas tradicionales del catolicismo. Pero eso no indujo a los colombianos al agnosticismo ni al ateísmo. Aunque la Iglesia católica ha perdido arrastre, el país sigue siendo eminentemente cristiano, en sentido amplio. Quienes profesan en iglesias cristianas distintas al catolicismo tienen códigos morales más conservadores y rígidos que los de la mayoría de los católicos en materias relativas al sexo, la familia y la muerte, pero no en otras materias como el laxo respeto de las normas de conducta social.

La desbandada que ha sufrido el catolicismo parece deberse, sobre todo, a que otras iglesias cristianas ofrecen más consuelo y apoyo a quienes son poco favorecidos económica y socialmente y a quienes son víctimas del crimen. Sorprendentemente, los abundantes casos de abuso sexual de menores por parte de sacerdotes no han producido en Colombia el rechazo contra la Iglesia católica que se ha visto en Irlanda, Estados Unidos, España o Chile. Hasta el momento ha predominado la actitud encubridora propiciada por algunos jerarcas de la Iglesia y movimientos políticos de derecha.

En desarrollo de los derechos fundamentales consagrados en la Constitución de 1991, mediante decisiones de la Corte Constitucional se ha logrado la despenalización del aborto, la legalización de la eutanasia, la legalización del matrimonio de parejas del mismo sexo y la adopción de menores por parte de estas parejas. Todos estos son avances hacia la equidad y la no discriminación, aunque resulten contrarios a las convicciones religiosas de muchos colombianos. Pero esas decisiones aún no son plenamente efectivas porque enfrentan la resistencia de personas e instituciones temerosas de contradecir los dictámenes de las jerarquías eclesiásticas y las tradiciones sociales.

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