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Fransico Cajiao
Foto: Premios Gabo

“La educación se parece a una aventura”: Francisco Cajiao

En su más reciente libro, ‘Las sirenas y la memoria’, Francisco Cajiao recoge cincuenta años de anécdotas alrededor de la educación. Santiago Espinosa, escritor y rector del Sabio Caldas, conversó con él sobre la obra y la situación del sector.

Por: Santiago Espinosa

Francisco Cajiao ha sido rector de colegio y rector de universidad, escritor y columnista, secretario de Educación, líder del programa de Financiamiento Público para la Educación Superior (FES) y asesor de la ONU en Mozambique, entre otras. Pero antes de todos estos cargos se ha presentado siempre como un maestro. Con su claridad y con su entusiasmo, con su sentido del humor en los foros y entrevistas, ha acompañado cincuenta años de educación en Colombia. En su más reciente libro, Las sirenas y la memoria, recoge ese medio siglo de anécdotas sobre educación. Le pregunté por su libro y por la situación actual de ese sector en el país, y esto fue lo que me respondió.

Las sirenas y la memoria

Santiago Espinosa: Hace unas semanas se presentó Las sirenas y la memoria, un libro que recoge una trayectoria de más de 50 años. Cuéntenos sobre la obra, pues estoy seguro de que muchas cosas han cambiado en la educación…

Francisco Cajiao: El libro combina anécdotas de mi experiencia en muchas facetas de la educación, con información del contexto en que ellas tuvieron lugar. Esto me permitió mostrar las grandes diferencias que tiene el ejercicio de la pedagogía cuando ella se vive en contextos rurales, en ambientes burocráticos o en situaciones de conflicto y procesos de paz. Desde luego, mucho ha cambiado entre el momento en que sucedieron las historias que relato y lo que ocurre hoy. Un ejemplo muy claro es el tema de la inclusión de niños con dificultades en las aulas escolares, en cuyas primeras aproximaciones, a mediados de los ochenta, tuve la oportunidad de aportar ideas y experiencias que actualmente son lo normal en todos los colegios.

S.E: El título es muy sugestivo, pienso al leerlo que la educación es en verdad una aventura…

F.C.: Es que la educación se parece a una aventura. Es como un viaje en el mar en el que uno no tiene la brújula completamente afinada. Claro que hay planes, el destino está claro, pero no sabe realmente qué es lo va a encontrar en el camino. Es un título que me dice mucho: pensé en la tentación de las sirenas, en quedarse en el recuerdo y no continuar el viaje, pero uno siempre tiene claro su regreso a Ítaca. En algún momento me propusieron que hiciera unas memorias, pero tuve que cerrar ese proyecto rápidamente, porque estaba haciendo un psicoanálisis que no le importa a nadie. Luego se me ocurrieron estas anécdotas, y así fue que escribí el libro.

S.E: Usted ha sido de todo: rector de universidad y asesor de la ONU, secretario de Educación y columnista, pero antes de todas estas cosas usted siempre se ha presentado como un maestro. Este es un ciclo de entrevistas sobre educación. ¿Cuáles fueron esos maestros que más lo marcaron, y por qué?

F.C.: En realidad, a uno lo marcan todos los maestros, aunque no siempre en el mismo sentido. Algunos abren puertas inmensas y otros las cierran. También hay uno que otro que pasa completamente indiferente. De mi época de primaria tendría que mencionar a mi abuelo materno, que era un hombre extraordinario, lleno de curiosidad hacia la tecnología y hacia los acontecimientos curiosos de la ciencia, al mismo tiempo que era un amante de la lectura y el arte. Con él viví mis primeras aventuras del conocimiento. En el bachillerato recuerdo con especial cariño un profesor de literatura, Enrique Medina, que me ayudó a descubrir que tenía una habilidad para escribir, lo cual le agradezco inmensamente. Más tarde, mis maestros estuvieron en el mundo del trabajo. Quizá el más importante fue Manuel Vinent, fundador del Liceo Juan Ramón Jiménez, de quien quise absorber todo el conocimiento y la pasión por la pedagogía.

S.E: A la luz de su experiencia, ¿qué cree que es lo fundamental para ser un buen maestro, más allá de las áreas o las diferencias entre profesores?

F.C.: Por todas partes me encuentro fórmulas que describen lo que debe ser un buen maestro, como buscando la piedra filosofal, pero yo me he tropezado con centenares de maravillosos maestros por todo el mundo, y fácilmente los podría encontrar en los perfiles más diversos. Sin embargo, creo que en el mundo de hoy es fundamental contar por lo menos con tres características: pasión profesional, un amplio espectro de intereses personales y una cierta obsesión por encontrar soluciones novedosas a problemas complejos. La pasión profesional tiene que ver con la convicción de que formar a las nuevas generaciones y facilitar que sean mejores que nosotros es una opción de vida de primer nivel, y que es suficiente para satisfacer las más altas expectativas de una persona en su realización humana; con un amplio espectro de intereses me refiero a que un buen maestro de cualquier nivel debe ser una persona culta, a quien le interese lo que ocurre en el mundo, capaz de sorprenderse con los avances de la ciencia, dispuesto a indagar las características de las comunidades donde enseña, capaz de descubrir la chispa de talento que hay en sus estudiantes, en vez de ser un rutinario repetidor de contenidos específicos de una disciplina; y lo tercero hace referencia a que el mundo de hoy requiere mucha imaginación para abordar y resolver los problemas que presentan las comunidades educativas en su transcurso de su convivencia, acceso al conocimiento y preparación para el pleno ejercicio de la ciudadanía en medio de las condiciones más diversas.

S.E: Su libro nos cuenta de una transformación educativa: no es verdad que “no se haya hecho nada” o que estemos como al principio, pero aún quedan muchos pendientes. Uno de ellos son las brechas de calidad. ¿Por qué la educación pública en Colombia no mejora como quisiéramos, y me refiero a la de los colegios?

F.C.: Es un asunto supremamente complejo que tiene que ver con un aparato educativo disfuncional, incapaz de ofrecer pronta respuesta a necesidades y problemas muy diversos de acuerdo con las regiones. Cada vez estoy más convencido de que las respuestas a los problemas de calidad deben buscarse en los colegios a partir del trabajo en equipo de los maestros, con un apoyo de las secretarías de Educación del nivel local, pues en cada lugar hay problemas, oportunidades y recursos diferentes. He conocido colegios excepcionales en zonas muy apartadas, gracias al liderazgo de buenos directivos docentes y al entusiasmo de los maestros que hacen parte de sus instituciones. En muchos casos logran vincular a las familias y a otras instancias de la comunidad para producir verdaderos milagros. Por otro lado, se encuentran colegios que cuentan con infraestructura envidiable, equipamiento, docentes con posgrados y, sin embargo, se ven envueltos en una especie de bruma burocrática, apatía, pereza de perseguir grandes objetivos y, por supuesto, con muy mediocres resultados. Los maestros tienen una fuerte identidad gremial sindical, pero necesitan fortalecer mucho una cultura profesional que les haga sentir orgullosos de su actividad por su propia capacidad de innovación y sus resultados al enfrentar los muy difíciles retos que plantea formar niños y jóvenes en medio de las grandes complejidades del mundo contemporáneo.

S.E: Hoy se habla mucho de la educación socioemocional, pero hay que decir que usted ya hablaba hace años de la importancia de las emociones en la educación, y de que los colegios fueran comunidades más afectivas. ¿Qué opina de la ley socioemocional, qué pueden hacer los colegios para enfrentar esta oleada de retos convivenciales y de chicos cada vez más ansiosos, de pronto por el exceso de las redes sociales?

F.C.: Hay cosas que no se resuelven con leyes, pero no está mal un recorderis. De la educación afectiva ya hablaba Aristóteles en el siglo V antes de Cristo, cuando decía que un gran debate de su tiempo era si debía primar la educación de la inteligencia o la educación del corazón. Pero las leyes tienen muchas limitaciones para su aplicación si la gente que debe aplicarlas no se ha apropiado del espíritu con el que han sido creadas. Se corre el altísimo riesgo de que los maestros decidan no actuar con criterio propio por seguir protocolos y procedimientos previstos por vía general para el manejo de situaciones que son particulares, y que requieren tanto de su experticia profesional como de altos niveles éticos. Hoy muchas situaciones de conflicto escolar, de situaciones intrafamiliares o de problemas propios de los entornos en los cuales se desarrollan los estudiantes deben terminar en instancias judiciales extraescolares, cuando eventualmente la escuela podría ser un elemento crucial de carácter preventivo si se ajustaran las estrategias pedagógicas adecuadas desde la primera infancia. La educación afectiva debe iniciarse por la formación de los maestros y su capacidad de relacionamiento entre ellos y con las poblaciones infantiles.

S.E: Uno de los momentos más singulares, del libro y de su vida, está relacionado con Mozambique, cuando estuvo en ese país como asesor de la ONU. Entiendo que en esos momentos se negociaba un proceso de paz. Cuéntenos sobre esta experiencia, qué lecciones se trajo para la educación de Colombia…

F.C.: En realidad, hacía unos pocos años se habían firmado en Roma unos acuerdos de paz que dieron final a una guerra terriblemente cruel en uno de los países más atrasados de África en ese momento. Cuando fui allá estaban en el proceso de reconstrucción, y había mucho apoyo de diversas agencias de cooperación de todo el mundo. Desde luego, fueron muchas las cosas que me sorprendieron cada día de una cultura tan lejana a la nuestra, pero me llamó poderosamente la atención el compromiso de reconciliación de la gente que hasta hacía poco tiempo había estado violentamente enfrentada. Alguien me decía que, en eso, los brujos de las comunidades tribales habían cumplido un papel muy importante sacando los malos espíritus de quienes hasta el momento habían sido combatientes. No tengo idea si esa versión sea cierta, pero debo reconocer que me gustó mucho, pues hablaba de algo mucho más profundo que la simple formalidad de firmar unos papeles sin haber hecho una cierta limpieza interior. Es un contexto cultural muy distinto. Ahora recuerdo el título de un amigo fotógrafo, “las mujeres que llevan el mundo en su cabeza”. Y es verdad, uno podía verlas cargando todo lo imaginable.

S.E: Muchos lo recuerdan por su liderazgo en el programa FES, y el programa ONDAS es un referente. Me gustaría preguntarle por la educación en ciencia y tecnología. Tengo la sensación de que el país ha avanzado mucho en estrategias de convivencia, por ejemplo, pero aún estamos muy rezagados en STEM (Ciencias, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas). ¿Cómo motivar a los estudiantes para que estudien estas materias?

F.C.: Para mí ha sido muy preocupante, desde siempre, el poco interés que logra despertar nuestro sistema educativo en estas áreas que, aparte de ser esenciales para el desarrollo del país, resultan apasionantes para quienes se consagran a ellas. ONDAS, en su versión inicial, era un experimento único en América Latina, pues sentaba las bases de una comunidad científica infantil y juvenil que se articulaba con las universidades y con los centros de investigación avanzados, dando a niños y jóvenes una posible trayectoria. Lamentablemente, después se fue desnaturalizando y perdiendo su capacidad de proveer una identidad, tanto a los participantes como al país mismo. La tentación de que todo aquello que funciona se convierta en instrumento para hacer política de corto plazo termina por permear profundamente todas las iniciativas. Sin embargo, con todas sus limitaciones, hay que alegrarse de que todavía exista en el Ministerio de Ciencia y Tecnología un lugar para los niños, pues eso abre la esperanza de que algún día pueda recobrar su espíritu y avanzar hacia la meta original de descubrir el enorme potencial científico que hay en las mentes infantiles. Desde luego que hay otras iniciativas interesantes para estimular el espíritu científico en niños y jóvenes, pero siempre insuficientes, a mi manera de ver.

S.E: Usted ha sido asesor de casi todos los ministros de Educación, y ha tenido que trabajar con muchos presidentes. ¿Cuál es su balance sobre este Gobierno en materia de educación? ¿Cuáles serían sus logros o sus mayores deudas?

F.C.: Más que asesor de ministros, prefiero decir en gracia de precisión que he tenido una muy buena relación personal y profesional con muchos de ellos, y que he tenido el privilegio de ser escuchado en algunos asuntos importantes, relacionados con políticas públicas. Curiosamente con este, sobre el cual tengo muchísimas reservas, así como las tuve con los gobiernos anteriores, no he tenido ninguna interlocución. Creo que la políticas del actual Gobierno han sido erráticas desde el inicio, y que no hizo ninguna propuesta importante sobre la educación básica, sin lo cual se quedan sin piso muchas de sus propuestas de educación superior, que finalmente terminaron siendo promesas incumplidas.

S.E.: A propósito de este recuento histórico, ¿a cuáles gobiernos destacaría usted en materia de educación?

F.C.: Todos los gobiernos dejan alguna huella, positiva o negativa, lo mismo que pasa con los maestros. Hay ministros que tenían mucha claridad. María Emma Mejía y Jaime Niño, por ejemplo. Jaime tenía una gran trayectoria en la educación, y era alguien que entendía de lo que estábamos hablando. Carlos Holmes Trujillo negoció en el gobierno anterior la ley general de educación, y me consta haberlo visto en foros muy grandes con toda clase de gente, escuchando y trabajando. Esa labor la reeditaron Jaime Niño y María Emma Mejía, y en todos estos casos su actitud de debate abierto fue muy importante. A su vez, Cecilia María Vélez fue una ministra supremamente importante, y aunque no fue la más popular, su claridad supo darle un orden y una institucionalidad al sistema educativo, entendiendo que la educación debe entenderse de las localidades y las comunidades educativas. El gran error de muchos ministros es el de creer que son ellos los que saben las cosas realmente: no hay nada más peligroso que un ministro creativo, y ninguna de las resoluciones que expiden suelen tener mucho que ver con lo que pasa en los colegios todos los días. También debo destacar el trabajo de María Fernanda Campo: es admirable la capacidad que tuvo, aun siendo una persona que venía de otros sectores, para entender a fondo los problemas de la educación. Un ejemplo fue el programa Todos a Aprender, que entendió que la formación docente debía darse para las aulas, y no haciendo maestrías o doctorados.

S.E: Queda la sensación de que vamos un poco a la deriva en materia de educación. Si pudiera darle un consejo al ministro de Educación, para encontrar el camino, ¿cuál sería?

F.C.: Los caminos están de alguna manera marcados. La primera función de la educación es conservar la cultura, la otra es la de innovar. Hay un criterio básico: todos los niños tienen que aprender, y no existe un derecho a la educación de calidad. Hacia allá debe apuntar la formación de docentes, y aunque se ha avanzado mucho en este sentido, también se tiene que trabajar en equipo. Este Gobierno, por ejemplo, expidió una resolución que impide el trabajo en equipo: el profesor que ya no tiene clase se va para la casa, y esto impide cualquier posibilidad de reunirse y de trabajar junto a otros colegas. La piedra filosofal de la educación es el trabajo en equipo. Es un equipo el que transforma las cosas en la escuela, y por eso insisto en que las fórmulas de la calidad deben encontrarse desde las instituciones educativas, pues el liderazgo de los rectores es fundamental. No es a punta de acuerdos entre el Ministerio de Educación y las directivas de los sindicatos que vamos a resolver los problemas de la educación: eso no va a resolver el tema. Es en la capacidad de las instituciones locales donde se ven los grandes maestros. No se necesita que todos los profesores tengan doctorados, y pareciera que tantos doctorados no están contribuyendo a la calidad de la educación.

S.E: Un rasgo muy suyo, en sus conferencias y en sus columnas, es el sentido del humor. Siento que en su caso es una ética de vida: aprender a reírse de sí mismos, hacer de la educación un ejercicio más sonriente. ¿Cómo hacemos para que los chicos no pierdan la esperanza y la alegría, en medio de tantas noticias que nos preocupan?

F.C.: Es verdad. Creo que el humor es una eficaz herramienta para preservar la salud mental, pero también para aceptar nuestras limitaciones e ignorancias. De paso, nos ayuda a decir muchas verdades de manera amable y a convertir el ejercicio de autocrítica en un hábito constructivo. Los maestros necesitamos armas para navegar en un mundo cada vez más difícil de entender y, por desgracia, con monstruos que se hacen progresivamente más amenazantes: a niños y jóvenes, el mundo literalmente se les vino encima con la pandemia, el cambio climático, el escepticismo frente a la democracia, la inseguridad permanente en los lugares donde viven y la terrible incertidumbre sobre sus oportunidades de desempeño en la vida. Trabajar en torno a la conquista de grandes sueños, la reivindicación de la alegría y el valor para enfrentar las dificultades me parece que es un imperativo de quienes forman a las nuevas generaciones. Por eso, cuando pensé en que título poner a esta colección de anécdotas, vino a mi mente Ulises, enfrentado con toda clase de vicisitudes para regresar a Ítaca.

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