
Claudia Sheinbaum y la sombra del caudillo
En análisis especial para CAMBIO, el periodista mexicano Rafael Croda explica por qué el presidente López Obrador acabará su mandato con tanta fuerza y cómo gravitará ese factor en el gobierno de la científica Claudia Sheinbaum, primera presidenta de México, un país machista.
Por: Rafael Croda
La gran pregunta por estos días en México es si el presidente Andrés Manuel López Obrador -popularmente conocido como AMLO- intentará seguir gobernando después de que le entregue el poder a su sucesora y aliada, Claudia Sheinbaum, el próximo 1 de octubre.
La pregunta es pertinente porque ningún presidente en la historia reciente había concentrado tanto poder como López Obrador ni había construido un aparato político-electoral tan eficaz como el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), un partido caudillista que gira en torno a su figura. Algo así como el Centro Democrático del expresidente Álvaro Uribe.
Sin López Obrador y sin Morena, Sheinbaum difícilmente habría podido convertirse, en las elecciones del pasado 2 de junio, en la primera presidenta electa en la historia de México, un país de tradición patriarcal cuya iconografía cultural está asociada a los charros con pistolas de las películas y a los afiches de los caudillos revolucionarios con fusiles, cananas y el bigote tupido.
Es sintomático, por ejemplo, que el porcentaje de votos que obtuvo Sheinbaum, 59,75 por ciento, es equivalente al nivel de popularidad de López Obrador, que ronda por el 60 por ciento.
La alta aprobación del mandatario está relacionada con las pensiones que reciben cada mes todos los mexicanos –pobres, ricos y de clase media-- que hayan cumplido 65 años (175 dólares); las madres trabajadoras (50 dólares); los discapacitados (90 dólares) y los jóvenes sin empleo (37 dólares durante un año).
Las tarjetas de débito entregadas a los beneficiarios tienen el color morado de Morena y la propaganda oficial asocia esos subsidios con López Obrador. “Amor con amor se paga”, indica, por ejemplo, la ficha del calendario de pagos de subsidios del bimestre septiembre-octubre.
El presupuesto de este año para esos programas se ubicó en alrededor de 44.000 millones de dólares, monto equivalente al gasto público anual de Guatemala, El Salvador y Costa Rica.
Ese nivel de subsidios ha implicado hacer recortes en otras áreas, como la ciencia, la cultura, la lucha contra el cambio climático y las becas para estudiar en el extranjero. El gobierno también ha echado mano del dinero de muchos fideicomisos públicos y ha suprimido exenciones fiscales a grandes empresas.
La salud y la educación públicas también han resentido la reorientación del gasto social, pero, a juzgar por la popularidad de López Obrador, a los ciudadanos les interesa más tener dinero en los bolsillos para comer, comprarse un smartphone o ir a McDonald's los domingos, que tener buenos sistemas sanitarios y educativos.
La política salarial, considerada incluso por sus críticos como uno de los grandes aciertos de López Obrador, también ha beneficiado a millones de trabajadores mexicanos que tuvieron virtualmente congelados sus ingresos durante lo que el presidente llama “el período neoliberal”, caracterizado por la insensibilidad tecnocrática frente a los altos niveles de pobreza y de inequidad social.
Durante el sexenio de López Obrador (2018-2024) el salario mínimo real, descontando la inflación, se duplicó –hoy equivale a 430 dólares mensuales--, y la pobreza, según cifras oficiales, bajó del 41,9 por ciento a 36,3 por ciento.
La heredera
Claudia Sheinbaum fue la principal beneficiaria electoral de la política social de López Obrador, que ha sido catalogada por muchos de sus críticos como clientelar y populista pero que, en las urnas, pesó más que los mediocres resultados del gobierno en áreas fundamentales como la seguridad pública.

La política de “abrazos, no balazos” del presidente significa, en los hechos, que no existe un combate sistemático contra los grupos del crimen organizado, lo cual no se ha traducido en menos violencia. Por el contrario, en estos seis años, con cifras oficiales hasta agosto pasado, han ocurrido 36.000 homicidios más que en el gobierno de Enrique Peña Nieto (2012-2018) y 71.000 más que en el de Felipe Calderón (2006-2018), lo que es mucho decir. Como presidente, Calderón hizo estallar la violencia en México con una fallida “guerra” contra los cárteles de la droga que provocó que se duplicaran los asesinatos.
Con las conferencias de prensa mañaneras que ofrece entre lunes y viernes, y que duran entre dos y dos horas y media cada una, López Obrador ha logrado monopolizar el relato de lo público. No sólo ataca con rudeza a los medios críticos, a la oposición y a la Suprema Corte de Justicia (por echarle abajo leyes que considera inconstitucionales), sino que dictamina qué es verdad y qué es mentira.
Ha dicho, por ejemplo, que México “es un país pacífico” o que el sistema público de salud es “mejor que el de Dinamarca” o que el país “está viviendo un momento estelar en su historia”. No importa que el reciente proceso electoral haya sido el más violento de la historia moderna, con al menos 37 candidatos y precandidatos asesinados, según reportes de varias ONG. Tampoco importa que columnistas de los medios tradicionales lo tachen de autócrata y de querer doblegar al Poder Judicial para heredar a Sheinbaum un régimen que controla todos los poderes del Estado.
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Como la mayoría de mexicanos le cree y le tiene fe, López Obrador convirtió las elecciones del 2 de junio en un referendo sobre su gobierno y sobre él mismo. Y la apuesta le salió bien. Tan bien, que además de lograr la Presidencia para su pupila Claudia Sheinbaum, su partido, Morena, se quedó con 23 de los 32 estados (departamentos) del país y con la Ciudad de México.
Además, en la nueva legislatura, que se posesionó el 1 de septiembre, Morena y sus aliados –los partidos Verde y del Trabajo-- tienen mayoría calificada en la Cámara de Diputados (de Representantes). En el Senado, les faltaba un legislador para tenerla, y hace unos días lograron sumar a sus filas al congresista Miguel Ángel Yunes, del opositor partido derechista PAN, al garantizarle impunidad en los procesos por corrupción que enfrentan él y su padre.
De esta manera, López Obrador logró hacer aprobar en las dos cámaras, su controvertida Reforma Judicial, que implicó modificaciones constitucionales. En lo sucesivo, los jueces, magistrados y ministros de la Corte Suprema de Justicia serán elegidos por votación popular, lo que significará, en los hechos, que Morena tendrá el control de ese poder del Estado, pues serán sus legisladores y la Presidencia los que seleccionarán a los candidatos que podrán postularse a esos cargos.
“Vamos a tener un Poder Judicial absolutamente cooptado por el poder político, que hoy está en manos de Morena, le dice a CAMBIO la abogada constitucionalista Micaela Alterio, quien considera que esa será una “herencia envenenada” para Claudia Sheinbaum por la incertidumbre económica que ha generado la reforma lopezobradorista a la justicia.
El peso mexicano se ha devaluado 15 por ciento frente al dólar desde las elecciones del 2 de junio y Estados Unidos, principal socio comercial de México, ha advertido que la reforma judicial afectará la inversión por la inseguridad jurídica que perciben los mercados.
“Esta reforma fue un capricho de López Obrador, quien de esa forma le cobró al Poder Judicial y a la Corte Suprema (que será renovada en su totalidad el año próximo) sus sentencias contra varias reformas de ley que impulsó el presidente en el Congreso”, afirma la politóloga Denise Dresser.
A La Chingada
Sheinbaum será la presidenta de México, pero López Obrador seguirá siendo un líder de enorme peso nacional, un caudillo, como lo fueron en el siglo pasado, entre los años 20 y 30, los generales de la posrevolución Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles.

El escritor mexicano Martín Luis Guzmán retrató esa época en su novela La sombra del caudillo, en la que el personaje de El Caudillo es Obregón, quien fue presidente de México entre 1920 y 1924 pero siguió ejerciendo gran influencia desde su finca en el noroccidental estado (departamento) de Sonora. Regresó como candidato presidencial en 1928 y ganó las elecciones con el apoyo de Calles, pero antes de tomar posesión fue asesinado.
Todos los caudillos aumentan su sombra cuando abandonan un cargo público. O, como diría John Brushwood, un académico estadounidense que era experto en literatura mexicana y en la obra de Martín Luis Guzmán: “El poder del caudillo gravita pesadamente sobre todos, aun cuando no se encuentre presente”.
López Obrador ha insistido en el último año en que ya no estará presente, en que dejará de residir en la Ciudad de México y en que se irá a vivir a “La Chingada”, una finca tropical que tiene en el suroriental estado de Chiapas, donde se dedicará a “hablar con los árboles”, según ha dicho. En México, irse “a la chingada” equivale a irse “al carajo”.
Nadie duda de que se irá a su finca “La Chingada”. Él ha dicho que se irá sin su esposa, la escritora Beatriz Gutiérrez Müller, con quien tiene un hijo de 17 años, Jesús Ernesto. “Yo voy a estar visitándolos (en la Ciudad de México) y ellos también me van a ir a visitar”, ha señalado.
Por lo pronto, el presidente aprovecha los fines de semana para hacer giras por el interior del país. Desde junio pasado, lo hace en compañía de Sheinbaum, con quien ha visitado casi todos los estados (departamentos) para supervisar obras, reunirse con las bases de Morena y respaldar los programas emblemáticos del gobierno.
La futura gobernante ha venido, mientras tanto, conformando su gabinete. En ese proceso ha cuidado con esmero los equilibrios políticos y ha hecho patente su compromiso con la continuidad de la Cuarta Transformación (4T), como el presidente llama a su proyecto.
De los 20 secretarios de Estado (ministros) que ha nombrado Sheinbaum, ocho son incondicionales de López Obrador y tienen línea directa con él, entre ellos los de Hacienda, Gobernación (Interior), Función Pública y Bienestar, la super secretaría que maneja los programas sociales. El resto son funcionarios de sólidas capacidades técnicas que en su mayoría trabajaron con la futura presidenta en el gobierno de la Ciudad de México, del cual fue jefa entre 2018 a 2023.
López Obrador será el primer expresidente que tendrá a alguien de su entera confianza (Raquel Buenrostro) en la Función Pública, una institución equivalente a la Contraloría General de Colombia, pero que depende del Ejecutivo. Es un dato importante por el cúmulo de acusaciones contra sus hijos mayores, a quienes varios medios señalan de incidir para que se adjudicaran multimillonarios contratos de obra pública a sus amigos. También hay un video de un hermano del presidente, Pío López Obrador, recibiendo dinero en efectivo.
Además, la secretaría general del partido Morena la ocupará Andrés López Beltrán, el hijo más político del presidente, lo que le asegura el control del enorme aparato político-electoral que avasalló en los comicios de junio pasado.
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Los generales de la 4T
Sheinbaum designó el pasado 7 de septiembre como futuro secretario de Defensa al general Ricardo Trevilla Trejo, y de Marina, al almirante Raymundo Pedro Morales, quienes no eran las primeras opciones de López Obrador. Fueron los últimos anuncios de su gabinete de gobierno.
La expectativa por esos nombramientos era grande porque nunca esa institución armada había tenido tanto poder.
López Obrador le asignó al Ejército el control de la seguridad pública, el manejo de los aeropuertos y la construcción de sus obras emblemáticas, entre ellas el Tren Maya, la Refinería de Dos Bocas y el nuevo aeropuerto Felipe Ángeles de la Ciudad de México, que han costado más de 30 mil millones de dólares.
Para la directora de la ONG Elementa, Adriana Muro, el nuevo protagonismo del Ejército en la vida pública mexicana ubica a los militares como un pilar del proyecto de López Obrador.
Y para el politólogo Carlos Pérez Ricart, un analista que reconoce luces y sombras en el gobierno de López Obrador, la militarización es “el peor legado” que el presidente dejará a Claudia Sheinbaum y a Morena, su partido.
“Basta conocer un poquito de historia de Centroamérica, de Latinoamérica (donde los militares instauraron cruentas dictaduras en los 70 y 80), para saber los riesgos que esto conlleva a mediano y largo plazo”, asegura, y dice que uno de esos riesgos ya es latente en México: la corrupción en las filas militares.
El gen AMLO

Es evidente que la futura presidenta de México es producto del lopezobradorismo y que tiene el gen del caudillo en su historia política. Su principal propuesta de campaña fue construir “el segundo piso” de la Cuarta Transformación (4T) de López Obrador, un presidente que se proclama de izquierda pero que tiene varios rasgos conservadores.
Hasta 1999, Sheinbaum era una académica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde estudió física y un doctorado en ingeniería ambiental que la llevó como investigadora a la Universidad de Berkeley. En el 2000, López Obrador, recién electo como jefe de Gobierno de la Ciudad de México, la nombró secretaria de Medio Ambiente.
En 2006 y en 2012 acompañó a su mentor político en sus primeras campañas por la Presidencia de México. Él alegó fraude en la elección de 2006, cuando el entonces presidente derechista Vicente Fox operó a favor del candidato de su partido, Felipe Calderón.
En 2018, López Obrador fue electo presidente de México y Sheinbaum jefa de Gobierno de la Ciudad de México, cargo desde el que fue la mayor aliada del mandatario.
Sheinbaum nunca contradice a su mentor y apoya todo lo que dice y lo que hace, algo que no es fácil porque el presidente es pendenciero, se contradice con regularidad, es proclive a descalificar las cifras oficiales que no le son favorables y es ofensivo con sus adversarios, a quienes suele llamar “rateros”, “corruptos”, “mafiosos” y “mequetrefes”.
La futura presidenta es una política mesurada y sobria en las formas y cree en causas progresistas del siglo XXI que López Obrador suele desdeñar, como el feminismo, la lucha contra el cambio climático, la despenalización de las drogas y los derechos de las minorías sexuales.
López Obrador no ha tenido empacho en decir que al designar a sus colaboradores y funcionarios de gobierno aplica dos criterios: un 90 por ciento de lealtad y un 10 por ciento de capacidad para desempeñar sus cargos. Sheinbaum, por el contrario, le confiere una gran importancia a la formación técnica y académica y a la especialización.
El secretario (ministro) de Seguridad de Sheinbaum será Omar García Harfuch, un especialista en inteligencia con estudios en la Universidad de Harvard, el FBI y la DEA. Él era su candidato para la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, pero López Obrador lo bajó de la contienda interna de Morena, a pesar de que ganó la encuesta acordada en el partido para elegir al abanderado.
El presidente puso como candidata de Morena en la Ciudad de México a Clara Brugada, una militante del lopezobradorismo duro, quien ganó los comicios el pasado 2 de junio y se perfila como la garante de que el “legado” del caudillo permanezca incólume durante la Presidencia de Sheinbaum.
Ella habla con frecuencia de ese “legado” y considera a López Obrador “el mejor presidente que ha tenido” México.
El peso que tendrá López Obrador en el gobierno de Sheinbaum dependerá de lo que él decida hacer desde “La Chingada” con el poder que ha acumulado en estos años, en particular a la luz del contundente resultado electoral del 2 de junio. Dependerá, también, de lo que la presidenta esté dispuesta a concederle al caudillo.
En Colombia hay ejemplos recientes de que se puede lidiar de dos formas con la larga sombra de un caudillo. Una es la de Juan Manuel Santos, que negoció la paz con las Farc contra los deseos de su predecesor, Álvaro Uribe, y la otra es la de Iván Duque, un presidente a la medida del fundador del Centro Democrático.
López Obrador ha dicho que en “La Chingada” no se va a dejar tomar ni una foto, que cerrará sus redes sociales y que solo recibirá en esa finca de vegetación exuberante a su familia y a sus hijos.
“Yo voy a estar dedicado a otra cosa. Entonces, ni líder moral, ni jefe máximo, ni caudillo, ni cacique, nada. Ya terminé mi ciclo”, ha dicho.
Habrá que ver.
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