
México: Sheinbaum y AMLO, ¿quién manda ahí?
El expresidente Andrés Manuel López Obrador había prometido que, tras entregar el cargo a Claudia Sheinbaum, se retiraría de la vida pública y no sería “ni caudillo, ni jefe máximo, ni nada de eso”. Pero recientes acontecimientos indican lo contrario.
Por: Rafael Croda
Los temores de muchos mexicanos que pensaban que el expresidente Andrés Manuel López Obrador seguiría influyendo desde su finca de retiro en la política de su país y en el gobierno de su sucesora, Claudia Sheinbaum, parecen estarse confirmando de manera acelerada.
Aunque la presidenta de México no ha cumplido ni dos meses en el cargo, ya enfrenta la intromisión de López Obrador y sus operadores políticos en asuntos como la implementación de la polémica reforma judicial; el presupuesto público de 2025; y la elección de la persona que dirigirá la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) —equivalente a la Defensoría del Pueblo en Colombia— durante los próximos cinco años.
Aunque el partido de Sheinbaum, Morena, cuenta con mayoría calificada en el Senado, que es la institución que designa al titular de la CNDH, la presidenta no logró que su candidata, la respetada activista de derechos humanos Nashieli Ramírez, fuera la elegida para ocupar ese cargo.
Hasta dos días antes de la votación, que se realizó el pasado 13 de noviembre, Ramírez era la favorita de los legisladores de Morena. Pero de manera sorpresiva, el líder de la bancada de ese partido, el senador Adán Augusto López, un político muy cercano a López Obrador, comenzó a llamar a sus colegas para decirles que había “nueva línea” y que tenían que votar por la reelección de la actual presidenta de la CNDH, Rosario Piedra Ibarra, quien finalmente ganó.
“La línea (a favor de Piedra Ibarra) vino desde ´La Chingada’ (la finca de López Obrador en Palenque, en el suroriental estado de Chiapas)”, dijo a CAMBIO el senador de un partido aliado de Morena que, como muchos otros de sus compañeros de coalición que hablaron con periodistas, pidió el anonimato.
Pero más allá de las filtraciones off the record de los legisladores oficialistas, lo que ocurrió en el Senado la madrugada del 13 de noviembre, luego de que Piedra Ibarra lograra su reelección en la CNDH, resultó más que revelador: al unísono, todo el bloque de Morena y sus aliados comenzaron a corear “Es un honor/estar con Obrador”, “Es un honor/estar con Obrador”, con los puños en alto, con entusiasmo, con enormes sonrisas.
“Más claro, ni el agua”, comentó el senador opositor Ricardo Anaya.
Nadie en México recuerda que un expresidente haya sido vitoreado así en un recinto legislativo.
Y además de los vítores, todos los senadores morenistas y sus aliados subieron al pódium y, apretujados y felices, cantaron ‘Las Mañanitas’ a López Obrador, quien justo ese miércoles 13 de noviembre cumplió 71 años.
Para el politólogo Carlos Pérez Ricart, un académico progresista que comparte varios postulados del lopezobradorismo, la reelección de la titular de la CNDH y la forma en que esta se produjo es un hecho desafortunado porque “independientemente de lo que haya sucedido, deja la sensación de que quién está al mando no es la presidenta (Sheinbaum)”.
Y esto es así, afirma el doctor en ciencia política de la Universidad Libre de Berlín, “porque sabíamos que Rosario Piedra Ibarra era la candidata de López Obrador”.
Al expresidente lo que más le importa es la lealtad y Piedra Ibarra hizo lo que se le pidió en su primer mandato en la CNDH: proteger a los militares —quienes adquirieron un protagonismo inusitado en el gobierno anterior—, más que a las víctimas, incluso en casos graves como ejecuciones extrajudiciales.
En los últimos cinco años, la reelecta presidenta de la CNDH pasó por alto tres mil 451 quejas de violaciones a los derechos humanos contra el Ejército y la militarizada Guardia Nacional. Sólo el 1,1 por ciento de las denuncias contra las Fuerzas Armadas se tradujeron en recomendaciones —sin poder vinculante— al alto mando castrense.
Ella fue la candidata peor evaluada por los senadores (los mismos que después votaron por ella), y las organizaciones de derechos humanos —hasta Eureka, la que fundó la madre de la reelecta funcionaria, la emblemática activista por las víctimas de desapariciones, Rosario Ibarra de Piedra— se pronunciaran contra su reelección.
Y aunque Sheinbaum negó que el expresidente López Obrador hubiera metido las manos en ese proceso, senadores de su coalición ya habían dicho lo contrario a varios periodistas y habían hecho explícito, con sus vítores, quién ganó esa partida.
A ese episodio, que dejó mal parada a la presidenta de México, se sumó en cuestión de horas, otro que volvió a sembrar dudas sobre el control que ella tiene de su propio gobierno.
¿Un lamentable error?
El nuevo capítulo ocurrió el pasado viernes 15 de noviembre, cuando el secretario (ministro) de Hacienda, Rogelio Ramírez de la O, presentó al Congreso el proyecto de presupuesto 2025. Y ahí, de nuevo, se notó que alguien, además de la presidenta, metió la mano.
Un día antes, Sheinbaum había prometido un aumento de presupuesto para las universidades del Estado, pero la iniciativa presentada por Ramírez de la O —un funcionario que viene del gobierno de López Obrador— contemplaba un recorte del 9,5% de recursos a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la mayor institución de educación pública del país y la casa de estudios de Sheinbaum y de la mitad de su gabinete.
Tan claro quedó que Ramírez de la O recibió órdenes cruzadas, que la misma tarde del viernes 15 la Secretaría (Ministerio) a su cargo debió aclarar en un boletín de prensa que ese recorte se debía a un “lamentable error” que de inmediato enmendaría para dar cumplimiento a “las instrucciones de la presidenta”. Sobra decir que esa explicación fue precedida de un “jalón de orejas” al titular de Hacienda.
No faltaron lo que recordaron la animadversión de López Obrador con la UNAM, a la que varias veces acusó de haberse “derechizado” y de estar al servicio “de los conservadores” y del “neoliberalismo”, por criticar algunas de sus políticas. El expresidente, además, “castigó” a esa institución con recortes presupuestales que Sheinbaum decidió revertir, a pesar de las resistencias de los lopezobradoristas más radicales.
El político izquierdista y coordinador del opositor Frente Cívico Nacional, Guadalupe Acosta Naranjo, afirma que López Obrador mantiene en su finca de Palenque el “teléfono rojo”, como se conoce a la red encriptada de comunicaciones usada por los presidentes para hablar con sus secretarios (ministros) y sus más cercanos colaboradores.
En los corrillos del senado mexicano se comenta que usa esa línea para comunicarse con el líder de la bancada de Morena, Adán Augusto López, y con su exsecretario particular y senador Alejandro Esquer, un hombre de su máxima confianza.
De acuerdo con Acosta Naranjo, López Obrador “también mantiene comunicación con miembros del gabinete presidencial (la mitad de ellos son gente de él) para darles instrucciones, y eso nos pone frente a una versión del ‘maximato callista’”, un periodo entre 1928 y 1934 durante el cual el expresidente Plutarco Elías Calles siguió ejerciendo una enorme influencia sobre el gobierno de su sucesor, Emilio Portes Gil.
La presidenta Sheinbaum es “copropietaria” del poder público, asegura Acosta Naranjo. Muchos morenistas consideran que esa es una visión misógina porque, en el fondo, apunta a desconocer la capacidad de una mujer para gobernar un país.
López Obrador dejó la Presidencia el 1 de octubre pasado y, desde entonces, no ha hecho declaraciones o apariciones públicas. Además, mantiene inactivas sus redes sociales. “Es como el viento, se siente, pero no se ve”, señala Acosta Naranjo.
El reparto del poder
La politóloga Andrea Samaniego señala que lo que está ocurriendo es que dentro del partido Morena se configuran dos grandes grupos, el “lopezobradorista” y el “claudista”.
“Y ahí hay una disputa por el poder en la que los cercanos a López Obrador interpretan lo que él hubiera hecho ante diferentes circunstancias políticas. Y los cercanos a Claudia, también, lo que quiere decir que estamos en una lucha al interior de Morena por ver quién ejerce el enorme poder que ese partido tiene”, asegura.
De hecho, Morena tiene la Presidencia, la mayoría del Congreso, las tres cuartas partas de los gobiernos estatales (departamentales) y, además, va por el control del Poder Judicial con una reforma que le permitirá impulsar, por la vía del voto popular, a jueces, magistrados y ministros políticamente leales.
En junio de 2025 serán electas 881 personas juzgadoras en México y la mayoría de candidatas y candidatos será propuesta por Morena. Las facciones del partido oficialista ya se están peleando por ver cuál de ella logra imponer más candidaturas.
“De todo esto está pendiente Andrés Manuel (López Obrador)”, asegura el dirigente opositor Guadalupe Acosta Naranjo.
Es cierto que el gobierno de Claudia Sheinbaum apenas cumplirá dos meses el próximo primero de diciembre y que le quedan cinco años y 10 meses por delante. Es prematuro, por tanto, concluir que López Obrador será un factor decisivo en grandes temas de la agenda pública.
El politólogo Carlos Pérez Ricart señala que la presidenta Sheinbaum tendrá otras oportunidades para demostrar que ella es la que manda, que su gobierno será de apertura, no de cerrazón, y que está verdaderamente comprometida con la transformación de la vida pública de México.
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