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Petro y Uribe se juegan sus primeras cartas
Elecciones Colombia 2026

La partida inicial: Petro y Uribe juegan sus cartas

Las elecciones de este domingo estarán marcadas por un país polarizado en el que los extremos conciben a su rival ideológico como la diferencia entre la salvación y el apocalipsis, un grueso número de indecisos en el centro, unas consultas que pretenden arrebatar votos y un Congreso en el que todo apunta a que uribistas y petristas se disputarán las mayorías. ¿Qué está en juego hoy en Colombia?

Por: Mateo Muñoz

Cada cuatro años, hay un domingo que interrumpe el reposo sagrado del último día de la semana para convertirse en un acto de fe de 24 horas. Candidatos, partidos, clanes, financiadores, estrategas y contratistas se encomiendan al de arriba —o al de abajo— para que el milagro se haga realidad: una curul de la que vivan decenas o centenares de interesados durante cuatro años más. 

Todos se aferran a lo que pueden: si no es a la maquinaria, que sea al voto de opinión. Si no a los aliados, a los seguidores en redes. Muchos apelan a que la cara del ‘santo’ haga el milagro. Puede ser Uribe o Petro, pero la estampita debe estar. Si alguno de los dos me acompaña, ¿quién contra mí?

Mandatario y exmandatario siguen siendo los polos del debate político: el eje x y el eje y. Estamos lejos de un antes y un después de la dicotomía Uribe-Petro, Petro-Uribe. Algunos hacen campaña negándolos tres veces; otros se promocionan como los intérpretes más precisos de su palabra.

Lo cierto es que ambos miran lo que han construido, esperando que este 8 de marzo nada ni nadie lo deshaga. Petro tiene en juego la unidad del progresismo y Uribe la cohesión de su renovado proyecto centro-derechista. Hoy, los dos hombres más influyentes del país pueden ganar bastante pero también perder mucho más. 

La tregua que la campaña rompió

Aquellos encuentros cordiales entre Uribe y Petro de 2022 y 2023 hoy parecen delirios o simulaciones. En esa época, el presidente apostó por acercarse a su enemigo de siempre para darle forma a la idea de un acuerdo nacional. Si Petro era capaz de sentarse a tomar café con su más férreo rival, nada sería imposible pensando en el trámite de las reformas. Y Uribe, golpeado por su proceso judicial y el descrédito de Iván Duque, aceptó estrechar la mano a quien años antes había llamado ‘sicario moral’. 

La dirección política del Centro Democrático encontró que para Álvaro Uribe era más rentable evitar el desgaste absoluto de una oposición confrontacional y probar suerte en lo que se llamó “oposición inteligente”.

Pero la moderación de Petro empezó a hacer agua. Aparecieron los remezones ministeriales en las que el gabinete se radicalizó, así como los señalamientos de golpe blando, que se sumaron a pronunciamientos furibundos que Uribe Vélez respondió con igual vehemencia. Ambos regresaron a sus rincones discursivos y la campaña del 26 asomó las orejas. 

El tiempo para concertar y pasar de tibios terminó ante la inminente llegada de una campaña polarizada. Ambos bandos optaron por revivir sus mitos fundacionales: el antiuribismo versus el anticastrochavismo. Por ese entonces, se avizoraba que la moderación no iba a ser rentable en las elecciones y por ello era mejor que siguiera siendo propiedad intelectual del centro.

Por supuesto, los cálculos fueron precisos, tanto, que los actuales punteros en las encuestas son los más visibles exponentes de la línea dura discursiva anti o proUribe. Iván Cepeda, el hombre que enfrentó al expresidente ante la justicia y logró una condena en primera instancia, lanzó su campaña luego de la decisión judicial. Abelardo de la Espriella, ‘más uribista que Uribe’, todavía está en los hombros de la popularidad por su discurso ultra en defensa del legado del exmandatario.

Aunque ambos se perfilan como los ganadores del tiquete a segunda vuelta, no hay certeza de quién pueda ganar en la contienda final. Conseguir esa mitad más uno requiere de algo más que reivindicar a un mesías político.

El Frente Amplio, la tierra prometida

No hay religión sin herejía y, en la campaña actual han aparecido amenazas a los principios que Uribe y Petro les han transmitido a sus bases. Aunque ambos líderes tienen poder de convocatoria, les ha sido imposible mantener a salvo a sus movimientos de nuevas voces que han retado su mando.

Por un lado, Petro ha elegido a Cepeda como su candidato oficial. El senador ha abrazado las banderas del continuismo y la defensa de las medidas más populares de Petro. Aunque el designio original del presidente fue el de agrupar un ‘frente amplio’ alrededor de un solo candidato, el ritmo de la campaña y decisiones de última hora del Consejo Nacional Electoral terminaron agrietando ese proyecto.

La que iba a ser la consulta de la izquierda y la centroizquierda se convirtió en la de Roy Barreras y Daniel Quintero, dos figuras que orbitan alrededor del progresismo pero que nunca han entrado del todo, por la profunda desconfianza que generan. Roy se autodenomina liberal y socialdemócrata, y Quintero como ingeniero. En su discurso no hay protagonismo de la continuidad absoluta, sino condicionada a timonazos en temas sensibles como la seguridad.

Ambos han criticado a Cepeda, le han dicho radical y egoísta. Quieren contarse, aparecer en el tarjetón y saber qué tanto pueden negociar. 

Por un lado, Roy se ha autoimpuesto la meta de obtener 4 millones de votos; pero si supera el millón y medio que sacó Cepeda en octubre se dará por bien servido. Confía en la maquinaria invisible de las regiones que combina clanes, caciques y estructuras partidistas.

Quintero, por su parte, le apuesta al voto de opinión y a la rebeldía de las bases de izquierda. Aunque estas últimas tienen la instrucción de Petro de no votar consultas, no es un secreto que votar por el exalcalde puede ser más efectivo para frenar a Roy. Al fin de cuentas, el presidente se ha mantenido benévolo con los tres. Les habla con frecuencia, les pide consejos y los mantiene a su diestra y a su siniestra.

Pero la pregunta que persiste es: ¿qué pasará el 9 de marzo? 

Cualquier adhesión antes de primera vuelta parece inviable. Si el ganador de la consulta quisiera adherir a Iván Cepeda, la ley se lo hace imposible. Y si es Cepeda quien, de alguna manera, quisiera bajarse de su candidatura para sumarse a Roy o a Quintero, la política se lo hace imposible.

“¿Tú crees que liderando en las encuestas y siendo el que llevó a Uribe a ser condenado se va a bajar porque alguno saque más votos en una elección caliente?”, dijo un congresista del Pacto Histórico.

Por ello, la suerte está echada. La izquierda y la centroizquierda llegarán fragmentadas a la primera vuelta, aunque hay variaciones de acuerdo con el ganador. Si es Quintero, su fuerza para negociar dependerá de cuánta votación saque y de qué tanta pueda retener. Sin Roy en el tablero, el voto pragmático petrista podría volver a Cepeda. Además, el exalcalde de Medellín no es precisamente un rostro moderado atractivo para el centro.

Pero si Roy Barreras es quien gana la consulta rompiendo el techo de los dos millones de votos, el tablero se reorganiza de nuevo. El exembajador habrá demostrado que agrupó a los partidos tradicionales, claves en la elección de Petro en 2022. Allí, el mandato presidencial será claro: negociar y amarse los unos a los otros, aunque con un altísimo costo en coherencia.

Paloma, con alas para un vuelo más largo

Aquella idea de Uribe de unir candidaturas de ‘Fajardo hasta Abelardo’ quedó como un relato simbólico de sus planes, que no se ajustaron a la realidad inmediata. El expresidente fracasó en armar una coalición opositora mientras que en su partido varias ovejas empezaron a salir del redil, atraídas por el fenómeno de Abelardo de la Espriella.

El abogado ha logrado convocar a las nuevas derechas que ven al expresidente y el Centro Democrático como símbolos desgastados y sin capacidad de competirle a una izquierda popular. Enrique Gómez, Mauricio Gómez Amín, Jaime Beltrán, Juan Guillermo Zuluaga, Lina Garrido, encontraron en De la Espriella su faro, luz y guía. Y, en espera, está María Fernanda Cabal.

Por ello, Uribe encontró en Paloma Valencia su puente para llegar al centro y evitar recostarse en el rincón del abelardismo, por lo menos antes de tiempo. La senadora entró en la Gran Consulta como favorita ratificada por todas las encuestas. Su victoria está cantada y, de las tres mediciones interpartidistas, esta es la que más debería preocupar a Abelardo de la Espriella.

Si la coalición santista, uribista y tecnócrata consigue romper el techo de los cinco millones de votos y Paloma recoge al menos el 50 por ciento de ellos, el abogado empieza a sentir en sus talones a la candidata de Uribe, quien dejaría de ser vista como una figura de transición.

La foto del domingo con Valencia victoriosa y rodeada de los ocho candidatos la impulsará hacia primera vuelta para disputar el segundo puesto. Y, de ganar el cupo a segunda, tiene mucho más juego en el centro que Abelardo y Cepeda. 

Paloma ha sido cordial con Fajardo y Claudia López, así como con líderes partidistas como César Gaviria y Germán Vargas Lleras. Se ha mostrado distante con varias propuestas de Abelardo y, recientemente, respaldó a Juan Daniel Oviedo luego de los comentarios homofóbicos del abogado. 

Si De la Espriella se desinfla, Uribe tendrá como halar de nuevo las riendas de sus bases partidistas que podrían retornar a la candidatura de Paloma para no hundirse en el Titanic.

La batalla por la gobernabilidad

Paralelo a la competencia por las consultas, este 8 de marzo el Pacto Histórico y el Centro Democrático tendrán un cabeza a cabeza por tener la mayoría en el Senado. Los dos partidos han jugado con seriedad: establecieron una lista cerrada y mezclaron opinión con estructura.

Las proyecciones apuntan a que estas dos fuerzas estarán en la cima del podio de las votaciones. El Pacto Histórico podría aumentar su representación hasta llegar a los 25 escaños y el uribismo llegaría a las 18. 

Aun así, ninguna de las dos fuerzas tendrá la mayoría absoluta, por lo que las alianzas serán inevitables para gobernar o bloquear al gobierno. El Congreso puede ser un paraíso para la Casa de Nariño, como en el primer año de Duque, o convertirse en un viacrucis, como durante el 90 por ciento del Gobierno Petro. Lo claro es que ningún candidato con opción de ganar la Presidencia tendrá garantizada una gobernabilidad arrolladora.

Por ello, las alianzas que hagan los presidenciales posterior al 8 de marzo empezarán a definir las potenciales coaliciones del nuevo Congreso. Por un lado, con la estrategia de Uribe de mantener a su partido en la centroderecha, el expresidente mantuvo la línea directa con los partidos tradicionales (Liberal y Conservador). Ambos llegan al 8 de marzo desgastados por haber sido aliados de Petro al comienzo, para luego lucir como desencantados por su forma de gobernar. 

Sin embargo, los rojos y azules mantienen robustas maquinarias regionales (alcaldías y gobernaciones) que siempre terminan inclinando la balanza en la segunda vuelta. Además, de acuerdo a lo proyectado, mantendrían la capacidad de concentrar una tercera parte del Senado y más de la mitad de la Cámara de Representantes. Si una candidatura opositora logra agrupar la mayoría de estas colectividades, tendría cómo montar una ‘megaoposición’ a Cepeda o una aplanadora a quien lo derrote.

Por su parte, los Verdes, La U, la coalición Alma y la de Dignidad, Nuevo Liberalismo y el Mira estarán en el segundo y el tercer renglón de capacidad. 

Este domingo promete ser de resurrección para candidaturas que alguna vez estuvieron desahuciadas y de réquiem para quienes se quemen. Pero al final del día ellos dos, Uribe y Petro, seguirán ahí, al tanto de que su poder creador siga vigente.

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