
El vuelo de Paloma: de la literatura a candidata presidencial
Crédito: Ilustración de Jorge Restrepo
Ha pasado mucho tiempo desde que la ganadora de la Gran Consulta por Colombia dejó a un lado las letras y la ficción para entregarse al terrenal oficio de buscar votos y disputar cargos de elección popular. ¿Quién es esta payanesa, heredera de una estirpe donde se mezclan la poesía y la política, que intenta abrirse paso hasta la Casa de Nariño?
Por: Armando Neira
Paloma Valencia, ganadora de la Gran Consulta por Colombia y candidata oficial a la presidencia de la República, soñó hace años con dedicarse a la literatura. De hecho, era su propósito y se fue a estudiar una maestría en Escritura Creativa en la Universidad de Nueva York.
Quienes la conocían creían que entre las letras y la política se había decantado para siempre por la ficción. Era natural. Por las venas de la hija del excongresista Ignacio Valencia López y Dorotea Laserna corría sangre marcada por esas dos pasiones. Nieta de Guillermo León Valencia, presidente de Colombia entre 1962 y 1966, y bisnieta del poeta y excandidato presidencial conservador en 1930 Guillermo Valencia, era lógico que las conversaciones en su casa giraran alrededor de la política.
Aunque, claro, los libros siempre estaban ahí. Por vía materna es nieta de Mario Laserna Pinzón, filósofo, catedrático y fundador de la Universidad de los Andes. De lo que no había dudas era de su talante moderado, un tanto más liberal que su familia, bastante conservadora. Nacida el 19 de enero de 1978 en Popayán, Cauca, ese es el ideario que se ha defendido durante décadas en su influyente árbol genealógico.
Cuando estudió Derecho y Filosofía en la Universidad de los Andes, andaba con los libros de sus autores bajo el brazo, con la ilusión de caminar por la vida intelectual. Entonces, ¿por qué no se dedicó, por ejemplo, a la literatura en lugar de a la política? “La literatura recoge el mundo que existe; la política sirve para escribir el mundo que queremos”, dice.

Sin embargo, al graduarse empezó a deslizarse hacia la política. Todo empezó cuando su presencia se hizo frecuente en los medios de comunicación. Fue columnista de El Espectador y El País de Cali, analista política en Blu Radio y fundadora del portal digital La Otra Esquina. Además, trabajó en el programa radial La Hora de la Verdad del exministro Fernando Londoño Hoyos, que producía su madre, Dorotea.
En ese camino conoció al político que para ella ha sido el más grande en la historia de Colombia: Álvaro Uribe Vélez. “Fui uribista, soy uribista y seré uribista”, le dice a CAMBIO sin dudarlo.
De hecho, este domingo para ella inolvidable se levantó temprano y se fue hasta la vereda El Tablazo del municipio de Rionegro, Antioquia, para acompañarlo a votar. Luego volvió a Bogotá y depositó su voto.
Uribe es el líder que la inspira. Eso quedó claro cuando, en un zoom en el que se argumentaba por qué votar ‘No’ en el plebiscito del Acuerdo de Paz entre el Estado colombiano y las Farc, el tema pasó a un segundo plano porque en una pared detrás suyo, en su casa, se vio un cuadro del Sagrado Corazón en el que no estaba el rostro de Jesús sino el del expresidente.
La señalaron de fanática y ella, en su defensa, argumentó que se trataba de una pintura que hace parte de una serie sobre las relaciones entre los políticos y los santos, entre caricatura y arte. “Me lo regaló el artista y lo aprecio”, dijo. “Es un cuadro de una artista popular que me lo dio hace unos cuatro años. Ella tiene una serie de pinturas kitsch sobre los políticos y la religión en Colombia y es una alegoría con mucho humor y fundamento”, argumentó.
Más uribista que Uribe
Esa convicción –muchos dicen que devoción– para defender a Uribe la ha llevado a que sus adversarios políticos la juzguen por algunas situaciones en las que no ha tenido que ver. Así, por ejemplo, hace un par de semanas el presidente Gustavo Petro la responsabilizó de haber sido cómplice de ejecuciones extrajudiciales en Colombia. “Es bochornoso que los presidentes no pidan que los ejércitos no provoquen crímenes contra la humanidad. Como usted, Paloma, fue cómplice del asesinato de 6.402 jóvenes asesinados por las armas oficiales, no lo siente”, escribió el jefe de Estado.
Ella le respondió que para la época en que ocurrieron los falsos positivos –un hecho que, dice, le avergüenza– era apenas estudiante de la Universidad de los Andes, tiempos en los que no estaba en ningún gobierno y apenas soñaba con escribir libros. Petro rectificó.
Ahora que no hay marcha atrás y cuando escribir ficción es apenas un recuerdo y Paloma entregada de lleno al terrenal oficio de la búsqueda de votos, llevará sus banderas como la candidata oficial del Centro Democrático, el partido fundado por él, convirtiéndose en la primera mujer que lleva este honor.

Se trata de un triunfo cantado. Su llegada a la Gran Consulta, en diciembre del año pasado, cambió las expectativas de esta. Ella se perfiló como puntera por ser la única con una estructura partidista detrás, el Centro Democrático, colectividad que por si fuera poco confeccionó una robusta lista al Senado, incluso con Uribe a bordo, que en el papel fue fundamental para otorgarle el triunfo.
Manos limpias
Hoy, en esta condición, se siente plena porque cree que su esfuerzo ha valido no solo por su honestidad, sino también por su condición de mujer. “Miren mis manos, están limpias, ni una sola mancha de corrupción”, afirma sobre su trayectoria, que en realidad comenzó cuando fue candidata a la Cámara de Representantes por Bogotá en las elecciones legislativas de 2006 por el movimiento Alas Equipo Colombia, aspiración que no prosperó.
Era la época en que todavía tenía un pie en la academia y se desempeñaba como profesora de Lógica y Retórica, y de Constitución y Democracia en la Universidad de los Andes.
En 2014 fue elegida senadora, cargo al que llegó en tres ocasiones consecutivas. En esta corporación ha sido miembro de la Comisión Primera, la Comisión de Derechos Humanos y la Comisión de Paz, y presidenta de la Comisión de Instrucción del Senado. Siempre ha sido una voz crítica de los gobiernos liberales, como el de Santos, o progresistas, como el de Petro. Ella, sin embargo, dice que no es de derecha ni de izquierda, sino una mujer que resuelve problemas y que la izquierda, en cambio, se dedica es a echar discursos.
Ya en 2018 fue candidata presidencial y confirmó, una vez más, que esta tarea no es fácil para las mujeres. “Hacer política como mujer siempre ha sido difícil en Colombia”, le dijo a CAMBIO. “Es muy similar a lo que nos toca enfrentar a las mujeres en el mundo laboral, por los estereotipos y el machismo existentes”.
Dice que en nuestra sociedad están arraigados unos conceptos de lo que, entre comillas, deben ser ‘las mujeres buenas’, que en realidad son limitantes que cercan las posibilidades que ellas tienen. “A mí, como a todas, me ha pasado muchas veces en la vida”.
Entre la felicidad y la decepción
“Una de las cosas más duras que me tocó vivir fue cuando quedé embarazada. Cuando los equipos políticos supieron que estaba encinta, los perdí todos. A pesar de que llevábamos muchos años de trabajo, de recorrer un largo camino y de estar en muchas partes del mundo, se fueron”, relata.
“Todo el mundo se pasó en ese momento para donde el candidato Iván Duque, que era hombre. Consideraron que, por eso, él tenía más posibilidades. Fue muy difícil, porque un embarazo es uno de los hechos más hermosos de la vida, pero ellos lo veían como un problema. Decían: ‘Hay que cuidar a Paloma en el embarazo, mejor que no vaya a tal reunión, que no se trasnoche’. En ese momento había epidemia de chikunguña en cerca del 50 por ciento del país, y entonces no podía ir. A los hombres, en cambio, me imagino que nada de esto los desvelaba”, cuenta.

Hoy cuando está frente a uno de los mayores desafíos de su historia, reivindica su mesura, aunque reconoce las dificultades. “Siempre he sido una mujer equilibrada, pero en esta campaña no ha sido fácil mantener ese equilibrio por la cantidad de viajes. A veces hacemos tres ciudades en un solo día. Llego muy tarde y mi hija, Amapola, ya está dormida. Trato siempre de regresar a dormir a Bogotá, sin importar la hora. Mi equipo también está agotado por esa dinámica, porque sería más fácil quedarse en la región. Pero debo llegar a las cinco de la mañana para levantarme con ella y compartir al menos 40 minutos antes de que salga para el colegio. En política, ser mujer es más difícil”, dice.
Aunque aparece poco por discreción, su compañero en la travesía de la vida es su esposo. Se trata de Tomás Rodríguez, profesor de economía en la Universidad de los Andes. “Es lo que llamamos un nerdo: se la pasa leyendo y estudiando, y dedica su tiempo a que otros colombianos entren en el campo de la economía, lo desarrollen y puedan prosperar”.
Frentera, aunque conciliadora y dispuesta a llegar a acuerdos, así se define. Atributos que le reconocen incluso sus adversarios. “Es buena persona, es decente”, dice de ella su oponente Claudia López.
Paloma es una enamorada de su departamento, el Cauca, que –dice– sufre como pocos. Sin embargo, en la búsqueda de soluciones armó controversia al proponer un referendo para dividir el departamento en dos entidades territoriales: una mayoritariamente mestiza y otra indígena. La propuesta fue criticada por diversos sectores, que la calificaron de discriminatoria. Ella sostuvo que la Constitución de 1991 contempla la posibilidad de crear entidades territoriales indígenas y citó como antecedente la creación del departamento de Caldas a partir de Antioquia, como hoja de ruta para buscar desescalar el conflicto social.
Su iniciativa se archivó, pero la situación no mejoró. Hoy afirma que el Cauca es el modelo que Petro quisiera para Colombia: si se aplican durante mucho tiempo políticas de izquierda radical, el resultado sería similar.
Allí –dice– estigmatizaron al que producía, señalaron al dueño de la tierra como enemigo, hicieron reformas agrarias que acabaron con la industria lechera y la de carne, y se aliaron con fuerzas irregulares para perseguir a quien tuviera recursos. “Mataron a mucha gente y el departamento se empobreció”.
Sostiene que es un territorio marcado por el desplazamiento, con una crisis social profunda y enfrentamientos entre indígenas, afros y campesinos. Muchas empresas se han ido tras decenas de paros; no hay empleo y el principal empleador es el Estado. “Eso limita la libertad”. Una palabra que ella defiende a diario.
Ganarle al miedo
También asegura que los campesinos viven de la coca, pero mal: les prometen dinero y luego llegan la extorsión, el reclutamiento y la violencia. Afirma que la incidencia de violencia sexual en municipios cocaleros es mucho mayor que en el resto del país y que todo ha empeorado siguiendo esas políticas. “Es muy difícil hacer campaña allí. He tenido amigos cercanos asesinados. En algunos municipios no hay condiciones para votar en paz. Incluso hay amenazas armadas que buscan influir en el voto”.
Ante eso, dice que no se angustia. Cuando entró en la política supo que había que hacerle un quite al miedo. Hace unos días, cuando se descubrió a una mujer de 28 años a la que se le encontró un arma de fuego con cinco cartuchos y un cargador –y que estaba de vacaciones del Inpec, institución a la que está vinculada desde 2017– en un mitin político realizado en Honda, Tolima, se mostró tranquila y pidió que las autoridades aclararan lo sucedido.
Era natural que el miedo recorriera su cuerpo después de haber visto que la violencia se llevó a su compañero de bancada Miguel Uribe Turbay, por las balas de un joven que le disparó en una manifestación en Bogotá.
No es que no tenga miedo, dice, sino que hay que aprender a manejarlo. Asegura que tiene el carácter y la fuerza para romper el techo de cristal y convertirse en la primera mujer presidenta de Colombia.
También ama el cine. “Me encantan todas las historias que muestran lo dura que es la vida y enseñan que la fuerza humana puede superar cualquier dificultad”, dice. “Hay muchísimas películas que me gustan, pero me quedo con Amores perros, dirigida por Alejandro González Iñárritu y escrita por Guillermo Arriaga”. ¿Por qué? “Es una película latinoamericana que recoge muchos aspectos potentes de nuestra región: esas vidas cruzadas por la violencia”.
Y, en materia de música, también va en contracorriente de su familia. Para las fiestas, ella misma pone la salsa y el reguetón.
Aunque, reconoce, se derrite ante una nueva travesura de su hija Amapola, de 7 años. Es el momento en que vuelve a la literatura, le lee cuentos y se olvida por instantes de la política.
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