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Deportes

El alma de la fiesta: que gane Colombia, a pesar de los hinchas. Por: Adolfo Zableh

Ser hincha de fútbol es una de esas cosas que están bien vistas, pero que no deberían serlo tanto, como tomar trago o creer en Dios, escribe Adolfo Zableh. En este texto para CAMBIO, el periodista, tan crítico de los fanáticos del fútbol, dice que aunque la vida no es de merecimientos, sino de cumplir las metas, le gustaría ver que este país tan golpeado desde tantos lados tuviera un título para celebrar.

Por: Adolfo Zableh

Ser hincha de fútbol es una de esas cosas que están bien vistas, pero que no deberían serlo tanto, como tomar trago o creer en Dios. Y no por el fútbol en sí, sino por el fanatismo. Un fanático, de lo que sea, es una persona que suele perder las líneas cuando la situación se pone compleja, y en su afán por tener razón es capaz de hacer o decir cualquier cosa. Cuestione usted a un fanático religioso o político, a ver cómo le va.

De arranque, nunca me ha sonado eso de que digan “ganamos” o “perdimos” de acuerdo al resultado, básicamente porque ellos solo ven. Y es cierto que les dan ambiente a los partidos y motivan al equipo, pero hasta ahí; al final, su influencia es mucho menor de lo que creen. Más que gustarles el fútbol les gusta es la adrenalina que dan los triunfos porque nada seduce más que el éxito, en especial si es ajeno. Aunque ahí sí los entiendo: cuando nuestra propia vida carece de emoción, nada mejor que sentirnos parte de algún tipo de triunfo, así lo hayamos visto desde la barrera.

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Crédito: Reuters

Es que se angustian por algo que no depende de ellos, haciendo fuerza a ver si llega el gol que tanto esperan, y no entienden que es un sinsentido sufrir por lo que no se puede controlar. Si su equipo pierde, lloran y tienen un mal día o una mala semana; y si gana, celebran, por supuesto, pero mire usted cómo lo hacen y verá que lo suyo no es felicidad, sino liberación, como cuando alguien nos dice “Tenemos que hablar” y nos aliviamos al descubrir que no era nada grave. Ante un gol explotan, no de júbilo, sino como descargándose. Por eso lloran en la victoria más que en la derrota, porque se salvaron de ser infelices una vez más.

Y luego está ese afán de lucirse, lo que sea con tal de sentirse parte del juego, y ahí los medios de comunicación tienen mucha responsabilidad. En la era donde todos nos sentimos especiales y dignos de atención, los noticieros nos han llenado de las llamadas “Notas de color”, que no son otra cosa que un grupo de personas disfrazadas luchando por ven cuál grita más. Por eso las tribunas de los estadios son cada vez más vistosas, porque entre más estrafalario se vistan más los van a enfocar. Mire bien las gradas durante una transmisión y notará que cada vez es más difícil dar con un adulto funcional, porque han naturalizado los disfraces, las pelucas, los penachos, los cascos de vikingo, pintarse la cara y sostener carteleras con anuncios pedorros.

En teoría, los humanos nos volvemos más reflexivos y menos pasionales con los años, ley que no aplica para los seguidores de fútbol. Ellos son niños eternos, pero no adorados y simpáticos, el mejor de la clase, sino enervantes, de los que llegan a una piñata a pegarle al animador y comerse la torta antes de tiempo. Dicen que les gusta el fútbol, pero es mentira; se han degradado tanto que cada vez entienden menos lo que pasa en la cancha, básicamente porque están más enfocados en sus emociones que el desarrollo del partido.

A la hora de enfrascarse en una conversación, su mayor argumento es “Ahora dilo sin llorar”. Solo un llorón diría eso y nadie llora más que un hincha, en especial si es colombiano: mil desdichas vividas a cambio de uno que otro triunfo. Por eso todos se hacen del Real Madrid así no tengan nada que ver con el equipo, la ciudad o siquiera el país, porque es la manera más segura de sentirse un triunfador. Y para dirimir entre ellos qué jugador les gusta más, se vuelven analistas de datos y sacan la tabla de Excel para mirar las estadísticas porque les queda grande fijarse en la cancha y entender las virtudes de un futbolista.

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Crédito: Reuters

No digo que todos tengan que ser Helenio Herrera y conocer los secretos de cada esquema y cada aposición, pero es que se van al otro extremo. Por eso dicen que algún futbolista no apareció si no hizo gol o pase gol, piden roja por cualquier lance normal del juego y afirman con total seguridad que tal partido o tal jugador o tal gol es “El mejor de la historia”. Una de dos, o ya se vieron todo el fútbol desde 1863 hasta hoy, o empezaron a ver partidos cuando les instalaron su primer televisor en HD. Se criaron con los penaltitos y la Kings League, y por eso tienen menos fútbol que el recibo del gas.

Y cuando por alguna razón aciertan en un análisis o en un pronóstico, no se conforman con tener la razón, sino que necesitan humillar al otro, someterlo mientras sacan pecho por goles que no metieron y cierres que no hicieron. El fútbol es un juego, jugar debería dar felicidad, y ellos no son felices ni por un segundo, ni siquiera en la victoria porque, ya lo dije, han confundido desahogo con dicha. Y es por eso nos gusta tanto el fútbol, porque es una manera socialmente aceptada de ser violento, de acabar con el contrario sin necesidad de invadirlo y aniquilarlo. Por eso al final de un partido los jugadores suelen darse la mano e irse a casas mientras los hinchas se quedan dándose en la jeta.

Es que, también influenciados por el periodismo, no piden, sino que demandan, como si los jugadores les debieran algo. Bien deberían saber que ellos no juegan por los hinchas, sino por ellos mismos y sus familias, por la gloria y el dinero. Tratan bien a los fanáticos porque son clientes, y a los clientes hay que cuidarlos, así como cuando un cantante saca la bandera del país donde da un concierto para ganarse al público.

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Crédito: Reuters

El otro día vi el partido de Colombia contra Panamá en un bar y me quería morir, porque los juegos se ven en el estadio o solo en la casa, donde uno pueda entenderlos. Aunque debo decir también que fue interesante ver cómo la gente se desdobla y saca su esencia cuando las circunstancias lo permiten. No soporto a los hinchas pasionales, no solo a los colombianos, sino a todos en general. Si viviera en Alemania o en México tampoco los aguantaría, esto no se trata de nacionalidades, lo que pasa es que los alemanes están lejos, mientras que con los colombianos me toca convivir a diario.

En aquel bar entendí que los hinchas son tontos en su faceta de hinchas; seguramente son excelentes personas, amorosos con sus familiares, pagan sus impuestos a tiempo y son grandes profesionales, pero es vestirse con la camiseta de su equipo y juntarse para que todo se vaya al carajo. Las marcas lo saben y por eso han armado toda una industria en torno a ellos basada en la cultura de la “pasión”, palabra que es perfecta para vender todo tipo de producto, desde cerveza hasta electrodomésticos, e invitar a la gente a que apueste.

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Crédito: Reuters

Dicho esto, estoy muy feliz de que Colombia esté en la final de la Copa América y espero que gane. No por los hinchas, que si por ellos fuera desearía que nos golearan, sino por los jugadores. El día de la semifinal vi a medio equipo llorar de la felicidad, James y Luis Díaz incluidos, y pensé que, aunque la vida no es de merecimientos sino de cumplir las metas, bello sería que un país tan golpeado desde tantos lados tuviera un título para celebrar. Argentina ya ha ganado mucho, tiene a Boca y River, parió a Maradona, Messi y Di Stéfano y es el actual campeón del mundo, seguro puede sobrellevar una derrota sin que se le joda el sistema. Para nosotros, en cambio, es una oportunidad que se nos ha dado apenas tres veces en 108 años.

Eso sí, le tengo miedo a la calle en caso de ganar el domingo; miedo e ilusión porque me imagino el caos y los disturbios, pero también la felicidad y la fiesta. Ojalá ganemos, estoy dispuesto a lidiar con el descontrol de los hinchas, aunque lo que más espero no es la victoria en sí, sino que no nos matemos de tanta felicidad como pasó el día del 5-0.

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