
Los pasos del libro. Conversación con Raquel Sofia Moreno, Daniel Liévano y Jorge Carvajal sobre el oficio de ilustrar
La Rosa y El Farolero. Ilustración de Jorge Carvajal. Créditos: cortesía del autor.
Escritoras, ilustradores, impresores, editoras, libreros y lectoras conversan con Amalia Tapiero sobre una pregunta nuclear: ¿Qué significa crear un libro en Colombia? En la segunda entrega de nuestro especial de la FILBo 2026 respondieron la ilustradora Raquel Sofía Moreno, y los ilustradores Daniel Liévano y Jorge Carvajal.
Ilustrar, según la Real Academia Española de la Lengua, es “dar luz al entendimiento”. Y también es “aclarar un punto o materia con palabras, imágenes o de otro modo”; “adornar un impreso con láminas o grabados alusivos al texto”; “hacer ilustre a alguien o algo”, e incluso “instruir, civilizar”. En el mundo del libro, todas esas acepciones se superponen: quien ilustra, además de dibujar, ilumina el texto, lo explica sin palabras y, a veces, lo eleva.
En Colombia, la ilustración –tarea silenciosa y decisiva– lleva años ganando protagonismo, y no solo a través de las cubiertas de los libros, como muchos podrían creer. Por eso, esta entrega estará dedicada a tres ilustradores colombianos: Daniel Liévano, Raquel Sofía Moreno y Jorge Carvajal. Más allá de acompañar la letra escrita, sus obras la enriquecen y, con ello, amplían los límites de la imaginación humana.
Daniel Liévano (Bogotá, 1988) es ilustrador, pero, de no haberse dedicado a este oficio, habría sido carpintero o quizá lingüista. Ha colaborado con medios como The New Yorker, The Washington Post, Financial Times y El Espectador, además de trabajar en proyectos personales vinculados a la poesía y la narración visual. Su obra reciente incluye una colección de libros de Haruki Maurakami para The Folio Society, y su novela gráfica, La gravedad y otras sustancias (Casa Tinta, 2020) –Medalla de Oro de la Society of Illustrators (Nueva York) y premio Seymour Chwast MA-g (Zúrich)–.

Antes de dedicarse por completo a la ilustración, trabajó en publicidad, diseño gráfico y arquitectura efímera, así como en una firma de ingeniería civil. Hoy combina encargos comerciales –como un mural para Nike en Ciudad de México y una portada para McSweeney’s– con la creación de un nuevo libro propio. Aunque no considera que “le falte” ilustrar algo en su trayectoria, su interés actual lo lleva especialmente a los libros –en particular, infantiles– y, con menor urgencia, al diseño de carátulas musicales.
En su estudio, copado de plantas y herramientas, conserva el arte de los discos de su banda favorita de la adolescencia, Sigur Rós. En lo literario, destaca los cuentos de Gabriel García Márquez y, en especial, la fuerza conceptual de ‘El ahogado más hermoso del mundo’. Actualmente, está leyendo La uruguaya, de Pedro Mairal.
Raquel Sofía Moreno (Bogotá, 1999) es dibujante e ilustradora, aunque también le habría gustado ser carpintera o, como aún considera hoy, formarse en Escritura Creativa.
Su trabajo se centra en lo impreso, con un enfoque en lo femenino y lo íntimo. En 2022, ganó el Premio de Arte Joven y, al año siguiente, realizó una residencia en Buenos Aires, con su exposición En tránsito. En 2023, presentó su primera publicación y muestra individual, Apocalípticas. Ha trabajado con Penguin Random House, Jardín, Cajón de Sastre, Sincronía Editorial, Kinetoscopio, Gaceta, Bacánika, Incorrecto, MUBI, FILBo y el FICCI. Actualmente experimenta con tintas en su obra personal, mientras avanza en encargos editoriales y nuevos proyectos expositivos. Paralelamente, prepara Apocalípticas II, con el estudio risográfico La Bruja, y piensa en una futura novela gráfica.
Entre sus intereses recientes están las lecturas de Rosario Bléfari –autora de Diario del dinero y Diario de la _dispersión_–, así como Un destino común. Intervenciones públicas y conversaciones, de Lucrecia Martel.

Jorge Carvajal (Medellín, 1988) es un ilustrador y diseñador gráfico que construye imágenes desde y para la narrativa. Diseña libros de manera ocasional y, de no dedicarse a este oficio, habría sido músico: “Cuando escucho una canción, en mi interior se descomprimen atmósferas y estados de ánimo que me recorren”.
Ha ilustrado para medios y editoriales como The Washington Post, The New Yorker, El Malpensante, Bacánika y Kinetoscopio, entre otros. Recientemente, su trabajo para el proyecto PlayOut fue seleccionado en el anuario y la 68.a exhibición de la Society of Illustrators de Nueva York. Actualmente trabaja en un libro álbum propio, que concibe como una “historia silente” en la que explora “la creación como proceso, como viaje”. Y aunque la animación –de la que provienen muchos de sus héroes– siempre le ha interesado, sabe que es más exigente en cuanto al tiempo y que requiere trabajo en equipo bajo la visión de un director. En cambio, el libro álbum, la historieta y la ilustración le ofrecen un espacio de autonomía total: “Me dan la posibilidad de hacer y contar, y todo depende de mí. Yo hago de director, creador y hacedor”.
Entre sus intereses recientes está Hamnet, de Maggie O’Farrell, tras interesarse por la tensión entre los personajes plasmada en su adaptación cinematográfica. También está leyendo cuentos de Julio Cortázar, en particular ‘La flor amarilla’: “Me gusta la brevedad (…); le sienta bien a mi ejercicio de buscar universos en imágenes”.

En busca de los primeros trazos
Al volver sobre sus inicios en el dibujo, Jorge agradece a su mamá y a su abuela. Aún recuerda cuando, de niño, le pidió a su abuela que lo llevara al Museo de Antioquia y ella, “una mujer que no hizo bachillerato y sin cercanía al mundo del arte, se tomó muy en serio el pedido”. A esto se sumaron los cursos que le consiguió su mamá, quien, recuerda, “acumuló carpetas de croché, tejidas mientras me esperaba”. Ya en el colegio, Gloria, una profesora de Arte, lo introdujo en la observación atenta de las imágenes, invitándolo a leerlas, pensarlas y discutirlas; en la universidad, ejecutando “encargos” para profesores de Diseño Gráfico que simulaban ser clientes, cementó su vocación y su habilidad.
En el relato de Daniel, el paso por la primera educación implicó su formación inicial: “Desde el colegio me gusta el dibujo […]. Nunca me consideré un buen dibujante, pero sí me gustaba”. Allí descubrió una afinidad temprana que luego tomó forma por otros caminos: en lugar de estudiar Artes Visuales, eligió Diseño Gráfico y Publicidad porque, como explica, “las artes (…) hubieran sido muy filosóficas (…); en cambio, el diseño gráfico y la publicidad […] eran más directos”. Esto le permitió ordenar su pensamiento y comprender la ilustración como un cruce entre la expresión y la comunicación.

Por su parte, Raquel también empezó a dibujar hacia el final del colegio: “Empecé a ilustrar más o menos cuando estaba en décimo”. En ella, el impulso nació en un entorno cercano, al ver a su hermana dibujar, y se desarrolló como una práctica íntima, casi de autoconsignación: “Era como un tipo de diario (…): iba anotando canciones […] y eso servía como apunte (…), acompañado de dibujos”. Más adelante, su paso por la universidad terminó de encauzar ese interés hacia el dibujo, el trabajo editorial y la relación entre imagen y texto.
las artes (…) hubieran sido muy filosóficas (…); en cambio, el diseño gráfico y la publicidad (…) eran más directos
Ilustrar con otros: los maestros y la inspiración para el dibujo
En cuanto a los referentes para su trazo, Raquel elabora un mapa que cruza la ilustración con otras disciplinas. Menciona a Adriana Lozano, Power Paola y María Luque, junto a creadoras multidisciplinares que, como Rosario Bléfari, le interesan “desde la música hasta la escritura”. Hoy la inspiración proviene de lo que consume y lo que experimenta: el impacto reciente de Apocalípticas II; el cine de terror, y en general películas o canciones, pues le ayudan a “volver al principio, que también siempre es bueno (…) para seguir creando”.

Para Jorge, ese mapa se organiza en un recorrido por momentos más históricos e introspectivos. Así, recuerda el impacto de las animaciones de su infancia, como los paisajes del Correcaminos: “Me daba placer mirarlos. […] Reía viendo las desventuras de un cazador persiguiendo a la más astuta de las presas”. También rememora el encuentro con la pintura clásica mediante ejercicios de copia, con obras como La ronda de la noche, de Rembrandt. Más adelante, su interés por la ilustración y el libro álbum lo llevó a Shaun Tan, atraído por tensiones entre “el juego y la melancolía” o entre “la monstruosidad y la ternura”.
En su práctica actual, Jorge se deja guiar por “imágenes que emergen y se quedan palpitantes (…) a partir del contacto con el mundo”: observa, las deja curar y tomar forma, y, con algunas: “Me sumerjo a trabajar para conocer más su universo”. Su búsqueda, afirma, se centra en “nuestra condición humana inmersa en la naturaleza y el universo”, así como en “la psique, lo animal, las tensiones, los reflejos”.

Al recordar sus referentes, Daniel también subraya la importancia de los vínculos entre artistas y de las acciones que sostienen una comunidad. Muy joven y buscando entender cómo lograban ciertos efectos visuales, escribió a algunos ilustradores que admiraba, como Jan Feindt y Matthew Woodson. De ambos destaca sus respuestas generosas: compartieron aspectos de su proceso, y Feindt en particular le explicó el uso del escáner, lo que resultó revelador: “Eso me abrió las puertas (…): ¡qué loco lo que puede ser contestar un mail!”.
Eso me abrió las puertas (…): ¡qué loco lo que puede ser contestar un mail!”.
En su proceso actual, frente a un concepto –la levedad, por ejemplo– parte de imágenes ya cargadas de sentido: “La pluma, la luz, el agua, cosas estereotipadas que ya existen en el mundo”. Ahí, dice, “ya tienes como el 50 por ciento ganado”. El trabajo está en cómo se combinan esos elementos; en “cómo hacer que no sea cualquier pluma puesta ahí”, sino en una relación que desplace el significado: “Pluma con hoja o pluma con bombillos”. Sin duda, la suya es una operación de lectura y análisis, en la que el cliente “te pide pensar y te pide interpretar”: así, su inspiración no aparece como una iluminación aislada, sino como algo que se activa en diálogo con un repertorio común de formas y referencias.
¿Qué técnicas y formatos utilizan en su trabajo artístico?
Desde que empezó a trabajar por encargo, la práctica de Jorge ha sido principalmente digital. En la universidad, aunque sentía que lo hacía bien con el dibujo, se percibía “débil en lo pictórico, en la mancha”, por lo que encontró en la “limpieza” de lo digital un espacio afín a su trabajo de línea y a los plazos urgentes. Aun así, hoy su proceso o bien se acerca a lo análogo –“trazo cada línea (…) y los dispositivos traducen el gesto”– o bien cobra mayor fuerza en busca del “contacto con la materia, el riesgo y el error”.
Para Raquel, en cambio, ese vínculo con lo análogo existe desde el inicio. Su trabajo es fundamentalmente manual: todo comienza con materiales físicos –lápices de color y pasteles como herramientas principales– y con trazos directos. Ella prefiere lo tangible, tanto por su inmediatez como por la riqueza de sus texturas. Aunque digitaliza para ajustar detalles esporádica y muy puntualmente, toda su práctica “parte como modelo análogo”.

Daniel también se mueve en ese cruce. Aunque el resultado final suele resolverse en pantalla, parte de materiales orgánicos: “A veces estoy bordando (…); le tomo fotos a texturas, camisetas… Las escaneo”. Luego, integra ese material en Photoshop. Sus imágenes se construyen, así, a partir de “cositas orgánicas” en tránsito constante entre soportes.
Inteligencia artificial versus artificio personal
Frente a la inteligencia artificial, Jorge y Daniel comparten una inquietud de fondo, aunque desde lugares distintos.
Por un lado, Jorge insiste en que “nos la tomamos a la ligera” y en la necesidad de abrir un debate ético, especialmente en torno al “respeto al trabajo de los creadores” y a los derechos de autor: “Hay que revisar casos (…); detenernos a mirar”, dice, en sintonía con voces como la de Santiago Caruso. Pero su límite también es personal: “Yo no quiero entregar partes del proceso de creación a un generador de imágenes”, porque “el proceso es donde encuentro el disfrute y el sentido”. Incluso como espectador, insiste: “Me da placer saber que lo hizo uno de mi especie”, alguien que “puso en diálogo su mente y su cuerpo”.
“Me da placer saber que lo hizo uno de mi especie”
Por otro lado, Daniel coincide en marcar una frontera, aunque más tajante. Acepta el uso de la inteligencia artificial en tareas puntuales –“la utilizo para redactar e-mails (…), cosas técnicas”–, pero es claro: “Para la ideación, no debería”. Están en juego la procedencia de la obra y el futuro de lo humano. “Lo rico de leer no es que esté bien escrito, sino que proviene de un ser humano (…) que lo vivió (…); que está hecho sin la intermediación de una máquina”, dice, en sintonía con Jorge. Aunque añade un matiz condicional: si se usa, debería ser explícito, casi declarado.
“Lo rico de leer no es que esté bien escrito, sino que proviene de un ser humano […] que lo vivió […]; que está hecho sin la intermediación de una máquina”,
Pero la posición de Liévano dista del debate sobre los derechos de autor. Aunque reconoce que “sí es importante que los artistas tengan nociones” del tema, no cree mucho en la titularidad de las formas: “No les tengo tanta pertenencia (…): son tropos (…) que ya todo el tiempo se están haciendo”. Para él, se trata de algo más trascendental: “El alma no se roba; se roba es el cuerpo”. Lo replicable –“la sintaxis, la paleta de color, las formas”– puede circular, pero si las IA “roban el alma, roban la intención”. Y ahí surge el quid del asunto.
Raquel sí que distingue a los LLM de los humanos, en particular porque “podrán generar una imagen, pero nunca van a tener un recorrido empírico”. Pero no todo es certeza, pues también le suscitan muchas preguntas: “¿Cómo se está construyendo el mundo ahorita a partir de eso?”. Siente que, en la nueva realidad que han producido estas inteligencias, “lees todo y todo te suena igual”, y que ya es fácil detectar la falta de interacción con una persona. Pero en su voz se percibe algo de esperanza. Aunque le angustia “ver que ya muchas personas están usando [la IA] en reemplazo total de su proceso”, ella aún confía plenamente en el trazo análogo. Y aún más, formula una hipótesis alentadora: “En un futuro, lo que se va a valorar será todo eso que tenga rastros de lo humano, incluso los errores”.
El efecto de las redes sociales y las pantallas en la ilustración
Para Raquel, las redes sociales son una extensión natural de su proceso. Instagram funciona para ella como una vitrina de su trabajo. Igual para Jorge: amplía el alcance de su obra, y sus ilustraciones circulan y conectan con personas “lejos de su contexto y de su país”. Pero toda moneda tiene dos caras: él también las llama “ruido”, que lo satura hasta el punto de sentir que, a veces, “se diluye” en él. De ahí la necesidad de tomar distancia y volver a lo esencial: “Necesito seguir conectando con las imágenes que me nacen por dentro”.
Daniel, en cambio, señala con nostalgia la importancia del botón de Compartir en redes sociales como Facebook e Instagram. Para él, este podía hacer crecer una imagen de forma exponencial; fue justo lo que permitió la circulación masiva de sus cómics y lo que le dio la sensación de que su trabajo “tenía un lugar en el mundo”. Más que solo una vitrina, la red era una forma de leer al público: “Uno podía entender también el campo al que uno se estaba lanzando (…); entender el lado externo, la opinión externa”.

Sin embargo, él mismo confirma que esa relación cambió: “No posteo hace mucho tiempo y no sé si vuelva a postear”. Sus razones dejan ver que tras la vitrina había estrés y sobreexposición: “Dije: ‘Dejemos un poquito de lado eso y dediquémonos a algo más; a vivir un poquito más tranquilamente y sin tantas lámparas encima’”.
¿Qué peso tienen los premios de ilustración e iniciativas gubernamentales?
Daniel mantiene una postura práctica. Reconoce la importancia de las convocatorias estatales, aunque también señala sus límites como procesos “muy burocráticos” y, en ocasiones, víctimas del déficit en las artes. Aunque en este momento “ve bien la cosa”, su relación con ese sistema en Colombia es más bien ocasional en favor de otras latitudes: “No me he metido mucho (…); ya me establecí más en la onda de Estados Unidos e Inglaterra (…): mi energía está ahí y me ha ido muy bien”.
Raquel coincide en que estos impulsos no siempre son suficientes en un campo “bien competitivo” y, a veces, “precario”. Aun así, sí valora los premios: “Es importante (…) como incentivo para seguir produciendo y (…) sosteniendo la profesión”. Independientemente de su postura, ella encuentra que la recompensa del trabajo artístico cobra otras formas: por ejemplo, en “pagos simbólicos” –sobre todo en circuitos muy independientes donde el artista asume múltiples roles– en contraposición a pagos justos; a veces, solo con modalidades alternativas de pago, como la preventa que hizo viable la publicación de Apocalípticas II. En todo caso, sostiene que, en este mundo, el trabajo siempre debe provenir de la insistencia o del “capricho de querer que algo pase”: esa es la energía que mantiene en movimiento los procesos individuales y encuentra eco en lo colectivo.

Para Jorge, los impulsos activan una dimensión productiva: “Mueven a hacer, crear y compartir”. Pero amplía su mirada sobre los estímulos hacia el desafío más estructural de construir comunidad. En un medio habitado por personas “introvertidas”, propone generar espacios de encuentro: “Charlar, mirar juntos e intercambiar pensamientos” como una forma de sostener y expandir el oficio. En cuanto al apoyo –dinero o becas–, lo reconoce y lo agradece, aunque insiste en que “hace falta más fuerza, más apuesta”.
Contra esa limitación pecuniaria, Carvajal regresa a los mismos artistas: “Podrían multiplicar” lo que ya existe. Este es un roce entre la insistencia individual y la construcción colectiva, y él sitúa allí una posible vía de crecimiento, sobre todo para quienes recién comienzan. Más que esperar a “estar listos”, propone desplazar el foco hacia hacer y disfrutar, incluso en medio de la incertidumbre. Para explicarlo, vuelve a un juego de la infancia que su abuela llamaba Volar: su patio lo poblaban “actores, criaturas, objetos y escenarios” imaginados, y entonces ponía en marcha sus propias historias. Insiste en que recuperar esa estrategia –ese juego serio de crear mundos– le ha permitido mantener el deseo de dibujar. Pero ese ímpetu no se queda en lo individual: hay que compartir el trabajo, aunque “no sea un camino fácil”. “En ese intercambio he aprendido mucho (…) y se han abierto puertas”, revela, y desde ahí, su consejo es mostrar, conversar y colaborar para construir en común.
Editores, clientes, solicitantes: dialogar para ilustrar, e ilustrar para dialogar
La relación de Daniel con los editores consiste en el diálogo. No cree en imponer, pues, más que un autor o escritor (él a veces también glosa cada imagen con textos de su autoría), se reconoce como interpretador: alguien que interviene una obra conversada entre editores, clientes y lectores, y que, una vez terminada, “es despojada” de la intención de quien la hizo. Es por eso que en sus obras y, en particular, en La gravedad y otras sustancias, el intercambio fue cercano y orgánico, en torno a un proyecto que él ya tenía iniciado: “Un libro bien experimental (…) cuyos protagonistas fueran cosas abstractas”. En un ambiente de amistad, Casa Tinta, su editorial, permitió que su impulso creciera libremente.
Este proceso editorial dejó entrever la lógica dual detrás del trabajo de Daniel y de otros tantos artistas: se hace lo que paga mientras, en paralelo, se cuidan “proyecticos personales (…) que nacen del amor”, a los que hay que “echarles agüita y tiempito” aunque no sirvan para nada inmediato. “Las cosas del amor no tienen cuerpo, no tienen funcionalidad”, dice; existen, así, abiertas, “como una matica que crece sin forma fija, hasta que un día la encuentra”. La gravedad fue justo eso: algo hecho al margen, mientras trabajaba en una empresa de ingeniería civil, y que, con tiempo y cuidado, germinó y tomó cuerpo.
“Las cosas del amor no tienen cuerpo, no tienen funcionalidad”,
Esa búsqueda se ha prolongado en proyectos recientes suyos, como la serie de Murakami para The Folio Society. Allí también tuvo la libertad de optar por una aproximación menos literal y menos ceñida al texto, usando figuras como ojos y aves: “Sentí que debía irme por el lado más abstracto y juguetón”. La decisión se entiende en relación con su forma de concebir la ilustración: lo vivido se filtra indirectamente, a partir de experiencias muchas veces sin forma fija. En su obra, lo juguetón se convierte en una manera de sugerir lo personal sin manifestarlo expresamente, lo cual permite que marcas de su interioridad traducidas a su identidad gráfica sean entendidas y, luego, abrazadas por su editor.
Para Raquel, el trabajo con editores también es un proceso dialógico desde la lectura y la prueba. No les teme a los cambios y ajusta, corrige o incorpora nuevas ideas, colores o paletas a sus imágenes sin problema: “Empiezo a hacer bocetos (…) y a partir de eso escogemos”. El proceso avanza de forma progresiva, entre intuición y conversación.
De la misma forma, el trabajo de Jorge con editores y clientes se sustenta en una ética del diálogo basada en la lectura y el respeto, pero sin perder la propia voz: “Hago un esfuerzo por conocerlos (…] y adaptarme a sus formas”. Así, propone, argumenta y, cuando es necesario, cede. Si una idea le importa e)pecialmente, intenta defenderla con argumentos, pero si no prospera, elige confiar en la decisión compartida: colaborar implica también aceptar el desacuerdo sin jamás rozar el irrespeto.
FILBo: circulación, vitrina y carnaval
Para Raquel, la FILBo es, ante todo, circulación y encuentro. “Se buscan muchos artistas”, comenta, emocionada, sobre la activación de publicaciones y de oportunidades para ilustradores. Señala también, refiriéndose a los circuitos independientes que funcionan en paralelo en otros barrios, que se trata –más que un evento– de una red: “Uno se encuentra con nuevas autoras y autores”, y de esos cruces surgen colaboraciones, ideas y afinidades.
Por su parte, Jorge lo piensa en clave cercana: la feria es, para él, un lugar para “compartir, conocernos y hablar de las historias”, pero también una vitrina necesaria, un espacio que “le da aliento comercial” al oficio y ayuda a sostenerlo. Justo habla desde la propia experiencia, pues hace solo unos meses publicó, con el auspicio de la Alcaldía de Medellín, el librito La rosa y el farolero, con textos de Paloma Pérez, para el evento análogo a FILBo en esa ciudad –la Fiesta del Libro y la Cultura, celebrada en el Jardín Botánico–.

Daniel, en cambio, parte de un lugar más introspectivo y psicológico al analizar el evento. Admite lo que implica estar ahí –lo llama “un reconocimiento social, casi un premio”– y lo compara con “que te inviten a ser parte de una obra de teatro”; con ocupar un lugar visible dentro de una puesta en escena. Esa dimensión le interesa no solo en términos profesionales, sino, sobre todo, psicológicos y humanos: la necesidad de validación, de ser visto, de pertenecer. Pero al mismo tiempo, introduce una distancia crítica. “La Feria del Libro es también un carnaval”, dice, señalando su carácter exhibicionista y performativo. Estar ahí importa, pero no es el centro: “El trabajo verdadero es hacerlo”. Lo demás –hablar, circular, aparecer– tiene otro peso. “Es chévere que te oigan”, comenta, pero también advierte: es como “tener una lámpara enfrente” que ilumina tu momento, aunque no necesariamente “estés compartiendo tu obra”, sino “tu nombre y tu reputación”.
Los invitamos a participar de la FILBo, que se lleva a cabo en Corferias del 21 de abril al 4 de mayo. Allí podrán encontrarse con el trabajo de ilustradores como Daniel, Raquel y Jorge, así como con el de muchos otros creadores que hoy expanden las formas de narrar a través de la imagen en Colombia. Y los que no puedan asistir, recuerden: su librería de confianza, una de las casi 500 en Colombia, está cerca y abre durante los 12 meses del año.
Esperen próximamente la siguiente entrega de este especial: otra conversación con dos grandes escritores.
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