
‘Los que quedan’, un libro de retratos sobre el sufrimiento de los sobrevivientes del conflicto
Yolanda Ruiz Ceballos.
Yolanda Ruiz publicó ‘Los que quedan’, una mirada a muchas voces del dolor y las angustias que viven quienes sobreviven a la muerte o desaparición de un ser querido a causa del conflicto. También es una reflexión sobre el oficio de corresponsal de guerra. El libro se presenta este miércoles 27 en la Feria del Libro de Bucaramanga, Ulibro.
Por: Eduardo Arias
Cuando le piden que dibuje a su familia, un niño pinta personas sin cabeza. A una niña la sed de la venganza le envenena el alma. Un reportero agobiado por cubrir tantas noticias de violencia y muerte llega al borde del alcoholismo. Una mujer desplazada que lo ha perdido todo y que está al borde de la desesperación piensa muy seriamente en matar a sus hijos y luego suicidarse para huirle a la agonía del hambre. Estos son apenas algunos de los protagonistas de Los que quedan, de la periodista Yolanda Ruiz. Ellos son los que sobreviven a la muerte, pero enfrentan circunstancias extremas de dolor y muchas veces ni siquiera pueden completar el duelo por la desaparición o asesinato de sus seres queridos. El libro enfatiza en casi todas sus páginas acerca de la necesidad de prestarle mucha atención a la salud mental de un país cruzado por las violencias, en una tarea urgente si se quiere quebrar el ciclo de muerte.
El libro también es una reflexión personal de la autora acerca de cómo ella ha encarado estos temas a lo largo de su vasta carrera como reportera y escritora. De esa manera, más que una recopilación antológica de historias, Los que quedan es un recorrido de búsqueda y memoria que la hizo caer en cuenta de que ella también es una de los que quedan.
Yolanda Ruiz es periodista egresada de la Universidad Externado de Colombia. Fue jefe de Redacción de la revista Cromos y la primera mujer en llegar al cargo de directora de servicios informativos y de noticias en las dos cadenas de radio más importantes de Colombia: Caracol y RCN. Ganó tres veces el Premio Simón Bolívar de Periodismo. Además de Los que quedan, publicó el libro Al filo de la navaja. En redes sociales se destaca por la ponderación y profundidad de sus intervenciones y ha sido además protagonista en debates de género y la defensa del medio ambiente. Además, junto con María Elvira Samper, realiza y conduce el podcast Menopáusicas ¡y qué!, sobre el que, a propósito, ambas darán la charla magistral 'Sin fecha de vencimiento' el miércoles 27 de agosto a las 7 de la noche. Además, en el mismo evento, a las 2 de la tarde, Ruiz presentará Los que quedan con la moderación de Javier Sandoval.
CAMBIO conversó con la periodista acerca de la obra y los diferentes ejercicios que realizó para darle forma definitiva.
CAMBIO: ¿Cómo fue para usted la experiencia de enfrentarse de nuevo a unos textos tantos años postergados?
Yolanda Ruiz: Fue una catarsis personal. Un proceso doloroso y sanador al mismo tiempo, en especial porque hablo en primera persona de mis duelos y mis muertos. Los que quedan es un libro que habla de los sobrevivientes de hechos de violencia, de los familiares de muertos y desaparecidos, de los desplazados. Descubrir en el proceso que formó parte de esos que quedan fue un camino intenso y necesario para mí. Fue en parte viajar en el tiempo para ver un momento de la historia de este país que se repite una y otra vez, pero notar también que se ha avanzado en la atención a las víctimas y en entender la importancia de sanar desde lo emocional para poder pasar no solamente los duelos sino las rabias que se incuban y a veces generan más violencia. Fue también verme desde mi mayor experiencia de hoy para entender que he caminado y evolucionado como periodista. Hoy tengo menos certezas y más preguntas, pero también más ganar de entender.
CAMBIO: Cada caso de los que usted presenta es diferente, apunta a un problema específico y de esa manera usted presenta un panorama muy completo de un tema tan complejo como el conflicto en Colombia. ¿Cómo fue esa curaduría para escoger los casos que se presentan en el libro?
Y. R.: Más que una curaduría temática, la selección se basó en aquellas historias sobre las cuales mi hermana Sandra y yo teníamos recuerdos suficientes para poder documentarlas adecuadamente. La mayoría de las historias son de personas que fueron atendidas en terapia por mi hermana. En un libro muerto que nunca publiqué hay varias historias más, pero no tenía la mirada de los terapeutas de entonces para ayudar a entender, que es uno de los objetivos de la obra. Hay solamente un par de historias de víctimas que mi hermana no atendió y las incluí a pesar de no tener el material suficiente porque me parecían casos emblemáticos del tipo de violencia que es importante ver y entender. En el proceso fue importante relatar historias de niños, porque nunca serán suficientes las palabras para describir lo que hace la violencia en ellos, los más vulnerables. También quería incluir las historias de mujeres porque suelen ser sobrevivientes y muchas de ellas descubren liderazgos poderosos desde el dolor, tejen redes de apoyo, cuidan a otros. Y hablar de las emociones de los victimarios podría considerarse una herejía, pero si la idea del libro era ver la dimensión humana de la violencia, era necesario conocer algo de lo que pasa en ellos también. Y también en la selección pesó mi decisión personal de relatar una a una las historias de mis amigos víctimas de las Violencias.

CAMBIO: Algo muy llamativo es la manera crítica como usted mira esos textos de un pasado ya lejano y los trae al presente. ¿Por qué decidió hacer ese ejercicio en el que el texto definitivo es casi un análisis crítico (incluso literario), de ese trabajo anterior? ¿Podría decirse que estos textos que usted recuperó le permiten mirarse a sí misma como si se tratara de un espejo que la enfrenta a su pasado como mujer, como reportera, como escritora?
Y. R.: Sí. Tal cual: es como si un espejo me hubiera permitido verme en el pasado. El proceso de escritura fue un viaje a otro tiempo para descubrir en la reportera joven que fue parte de lo que soy y también de lo que he aprendido a lo largo de tantos años de trabajo. Decidí contarlo como parte de la estructura narrativa porque tenía muchas dudas sobre cómo hacerlo y también temores de publicar unos textos que consideraba incompletos, pobres y muchas veces desprovistos de un adecuado trabajo de reportería. Hay algunos de ellos que dejo tal cual, sin hacer modificaciones, y hacerlo cuesta desde la vanidad, pero era importante dejarlos como la fotografía de un momento. Aunque salga fuera de foco, puede mostrar lo que pasó. Por eso, de alguna manera pedí la complicidad de los lectores para que vieran que mis falencias literarias o periodísticas eran parte de la búsqueda por relatar de mejor manera esas historias de sobrevivientes y el impacto emocional que la violencia dejó en sus vidas.
CAMBIO: Su hermana Sandra juega un papel primordial a lo largo de texto. ¿Cómo fue esa relación de trabajo con ella? ¿Qué tanto la motivó ella a decidirse a escribir este libro?
Y. R.: El trabajo de Sandra como terapeuta de víctimas de violencia es la base para la decisión de hacer un libro. Lo fue hace más de 30 años cuando comencé el libro muerto porque entendí en ese momento que era necesario contar eso que ella vivía en su día a día como una forma de entender lo que hace la violencia en las vidas de los sobrevivientes. Y cuando retomamos el proyecto su memoria, y en especial su mirada profesional, resultaron fundamentales para entender y armar el rompecabezas de cada historia. Creo que ese proceso de ver a cada víctima y cada episodio de violencia en su complejidad y singularidad es lo que permite entender hasta dónde la muerte no es lo peor que puede hacer la violencia. También creo que hoy entendí, a diferencia de lo que pasó con el libro muerto de hace 30 años, que el trabajo silencioso de los terapeutas y de otros cuidadores se tiene que hacer visible. En un país que tiende a “rendir culto” a los agresores que suelen ser protagonistas del debate público, no sobra de vez en cuando reconocer el esfuerzo de los que alivian, de los que sanan.
CAMBIO: ¿Es fácil involucrar casos de víctimas que a usted la afectaron de manera directa con historias de personas que usted solo vio cuando realizó tareas de reportería en zonas de conflicto?
Y. R.: Fue un proceso muy difícil mezclar lo personal con el trabajo de reportería porque no es lo mismo conocer un trocito de la vida de alguien -al compartir unos minutos o a lo sumo un par de horas- que vivir en carne propia el duelo por amigos perdidos en medio del conflicto, en especial porque fueron duelos aplazados que apenas ahora me doy permiso para vivir. En varios momentos me asaltó el temor de no poder ser digna de relatar los casos que no conocía a fondo, porque notaba que al escribir sobre lo que me tocaba directamente tenía más herramientas a las cuales acudir para los relatos. Pude hablar con amigos de aquella época, acudir a fotografías, buscar en mi memoria y en mis emociones ese pasado perdido. Mis muertos tienen nombre propio y nombrarlos es parte de convertirme en testigo de sus vidas. Las demás historias tienen nombres cambiados porque así lo pidieron en su momento ante el miedo que acechaba. Haber perdido los pormenores precisos de esas vidas me duele, y en el camino entendí que dar cada detalle posible de mis muertos era en parte reivindicarlos a todos como personas reales que existen o existieron. No sé cuántos de esos sobrevivientes siguen por ahí todavía con sus duelos a cuestas. Ojalá hayan podido sanar sus heridas.
Lea los comentarios











