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Álvaro Mutis
Cultura

Álvaro Mutis: el poeta del hombre contemporaneo

CAMBIO publica la disertación que, sobre el gran poeta y escritor colombiano Álvaro Mutis, presentó este lunes 21 de julio la poeta María Clara Ospina con motivo de su ingreso como nuevo miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.

Por: Maria Clara Ospina

Que te coja la muerte

con todos tus sueños intactos.

Al retorno a una furiosa adolescencia,

al comienzo de unas vacaciones que nunca te dieron,

te distinguirá la muerte con su primer aviso.

Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,

te iniciará en su constante brisa de otro mundo.

La muerte se confundirá con tus sueños

y en ellos reconocerá los signos

que antaño fuera dejando,

como un cazador que a su regreso

reconoce sus marcas en la brecha.

Con el poema Amén de su libro De los trabajos perdidos, Álvaro Mutis logra plantearnos algunos de los constantes debates y angustias del hombre contemporáneo, su idealismo malogrado, la transitoriedad de la existencia que lo agobia, la muerte de sus sueños.

Su obra es la visión de quien, como dice Maqroll en su diario, tiene:

“una fervorosa vocación de felicidad constantemente traicionada, a diario desviada y desembocando siempre en la necesidad de míseros fracasos”.

En ella reconocemos algunas de las claves que transitan por los espacios de su existencia literaria como un mantra a veces creador, a veces destructor. Claves, entre ellas, la muerte, los sueños, siendo quizá la más importante el agua, la más fiel compañera de sus letras, siempre presente, a veces amenazadora y otras reconfortante, su mantra más constante.

Hay en sus poemas, “aguas ciegas”, “agua de sueño”, “aguas emponzoñadas”, “agua bautismal”, “aguas en ruta”, “las pardas aguas sin memoria”, “aguas oxidadas y espesas”, “aguas densas y traicioneras” …

“Un olor de mundo que se deslíe precede a la ebriedad desordenada de las aguas que crecen con ira descomunal y arrasadora”. Dice su poema Cocora.

No olvidemos a “(…) Las agua muerta y lodosa” de Ilona y Maqroll.

Aguas nombradas como mar, río, ciénaga, lluvia, lágrimas, amenazantes casi todas. Aguas muy cercanas a la muerte, casi siempre su portadora, su razón de ser, su causante.

Hay en su obra pocas aguas cristalinas, tranquilas o inocentes, aunque existen en algunos espacios. Las encontramos en su cuento Belle morir cuando Maqroll menciona esas aguas recordadas de su niñez, que dan consuelo y refrescan.

El agua habita tanto en sus versos como en sus cuentos y novelas en todos sus estados, todos sus matices, sus trasparencias y sus barros; los mismos ríos, los mismos mares pegados a su memoria como una herida que jamás cicatriza completamente, como la que deja la quilla del barco cuando rompe, parsimoniosamente, su superficie.

Aguas transformadas en poemas donde no cesa la eterna e irrefutable presencia de la muerte que no llega, pero siempre se espera, siempre habita agazapada en cada verso del poema, cada palabra, cada párrafo del escrito, presente, aun cuando no se menciona.

Es importante comprender, desde el comienzo de esta charla, que la prosa y la poesía de este gran escritor se trenzan, se acompañan, como siamesas inseparables, convirtiéndose en una sola creación poderosa. Como él mismo lo dijo, su narrativa provine de su poesía, son una sola creación que se retroalimenta.

* * *

Álvaro Mutis nació en Bogotá en 1923 cuando el mundo trataba de recuperarse de la Primera Guerra Mundial, de sus más de 50 millones de muertos y de la más pavorosa destrucción jamás vivida. Guerra causante de una estela de odios y rencores, fracturad imborrables en la piel de la humanidad.

En los años subsecuentes, la euforia de los supervivientes explotó en un derroche absoluto de todos los sentidos. Finalmente era una generación que había prevalecido al “averno”, superado horrores indescriptibles, motivo de extravagantes celebraciones, excesos, despilfarro, además de idealismo, esperanza y una enorme expansión económica, que termina en una gran debacle. Algo tan bien retratado en novelas como El gran Gatsby de Francis Scott Fitzgerald.

Grandes poetas y escritores, todos ellos nacidos a fines del siglo XIX, escribieron sus mejores obras en esta época, influenciando la literatura mundial de los años 20 y 30, los llamados, “Años dorados”, “The Roaring Twenties”, Les années folles”; entre ellos Faulkner, Proust, Woolf, Joyce, García Lorca, Borges, Mann, Fitzgerald, Tanizaki, Pirandello, Hesse, Hemingway y José Eustasio Rivera, entre otros; sin olvidar jamás a Saint John Perse, cuya prosa poética fascinó a Mutis e impactó su poesía.

Son estos los escritores que influenciaron al joven poeta en su adolescencia, cuando ya había terminado su niñez en Europa debido al fallecimiento súbito de su padre y el retorno a Colombia de su familia, su madre, Carolina Jaramillo y su hermano Leopoldo. Más importante aún, cuando ya ambicionaba ser poeta y solo poeta, sobre todas las cosas.

Un poco después de contraer matrimonio a los 18 años, publicó en compañía de Carlos Patiño Roselli, su primer libro “La balanza” de cuya edición de 200 libros solo sobrevivieron unos pocos pues la edición se agotó por “incineración” el 9 de abril de 1948, un día después de su presentación en una librería bogotana que pereció en los incendios del Bogotazo.

Siguieron a “La balanza” otros poemarios, “Reseñas de los hospitales de ultramar” (1959), “Los trabajos perdidos” (1965), “Caravansary” (1981), “Los emisarios”(1984), “Crónica y alabanza de un reino” (1985),“Un homenaje y siete nocturnos”(1986) y poemas dispersos en múltiples publicaciones desde su adolescencia hasta los últimos años de su vida.

En cada uno de ellos Mutis profundiza en su búsqueda de aquellos paisajes vividos, y con agudeza recordados, de su niñez y adolescencia durante sus vacaciones, en sus repetidas venidas a Colombia desde Bélgica, donde su padre ejercía como ministro consejero de la Legación en Bruselas.

Sus navegaciones por el Océano Atlántico en barcos modestos que trasportaban tanto carga como pasajeros y demoraban semanas atracando en diferentes puertos antes de llegar a Buenaventura, para continuar desde allí en tren, carro y a caballo hasta la finca Coello, heredada por su madre de su abuelo don Jerónimo Jaramillo Uribe, en el Tolima, ubicada en la confluencia de los ríos Coello y Cocora, lugar donde, bien sabemos, se forja mucha de la obra de Mutis.

Los verdes intensos de esas tierras, las aguas torrentosas, siempre cambiantes del Coello y el Cocora, los cámbulos florecidos, los carboneros, los sonidos diurnos y nocturnos de la fauna y los olores de esos montes y esas aguas tropicales, los recuerdos de los juegos de niño con su hermano, en los socavones de la mina de oro abandonada por el abuelo; todo ello es la savia que impregna sus versos y vibra en su prosa.

Memorias subrayadas por la melancolía de un tiempo lejano que atesora por su intenso contenido, por el constante transitar entre dos mundos tan diferentes, la magnífica Europa de grandes hombres como Napoleón, su ídolo, semidestruida después de las dos Guerras Mundiales; continente que lucha por sanar sus profundas heridas, y un continente joven que ansía construir naciones en medio de la exuberancia de sus selvas, sus montañas y riscos azarosos, sus llanuras inmensas, y sus indomables ríos. Algo que abre en su espíritu una permanente reflexión sobre la condición humana, ¿cuál es el destino del hombre moderno? ¿Cuál el de la humanidad? Hay una nostalgia por el pasado, una ansiedad por algo mejor, seguramente inalcanzable, o quizá ya perdido. De ahí esa gran desesperanza que sentimos en su obra.

Sus poemas celebran la “tierra caliente” que solo con mencionarla nos visualiza nuestra Colombia, la sentimos en la piel, se instala ante nuestros ojos con la abundancia de su robusta vegetación, sus brumas andinas, la belleza absoluta y retadora del ciclo interminable, constante y repetitivo de la vida desde el sufrido nacimiento de todo lo existente, hasta la putrefacción en la muerte inevitable, como nos dice en su poema:

La creciente

“Todo llega a la tierra caliente empujado por las aguas del río

que sigue creciendo: la alegría de los carboneros, el humo de los

alambiques, la canción de las tierras altas, la niebla que exorna

los caminos, el vaho que despiden los bueyes, la plena, rosada y

prometedora ubre de las vacas.”

Y más adelante continua:

El rumor del agua se apodera del corazón y lo tumba contra

el viento. Torna la niñez…

¡Oh juventud pasada como un manto!

La espesa humareda de los años perdidos esconde un puñado

de cenizas miserables. (*)

Mutis “un nómada de espíritu”, como muchos lo han llamado, hace de su Maqroll, “el Gaviero, aquel indómito personaje que avista desde la gavia del barco, el peligro que se aproxima, el futuro incógnito, lo que es imposible de ver desde el puente del navío. Ese gaviero es el espejo del desarraigo de él mismo, es una trasmutación del miedo y duda constante del autor, su permanente búsqueda de evasión, del futuro insondable. Dice Maqroll en su poema Cocora:

“(…), yo que siento todavía en mis huesos el mecer de la gavia

a cuyo extremo más alto subía para mirar el horizonte y anunciar

las tormentas, las costas a la vista, las manadas de ballenas y los

cardúmenes vertiginosos que se acercaban como un pueblo ebrio.” (**)

Hay hermosura en estos versos, hay una rima larga y la cadencia de las olas. ¡Hay mar! El poeta, construye con un lenguaje pleno de simbolismos una voz poética profunda, multicolor y brillante como un prisma. Su verso es palmario y flagrante, por el desencanto que palpita en él.

Como ya he dicho sus poemas están llenos de claves, entre ellas el agua, la muerte, el destino frustrado y de sus excepcionales personajes de muchos ámbitos geográficos, habitantes de la historia, del pasado y del presente de muchas naciones.

Mutis se fascina creando personajes en todas las latitudes y continentes. Sus poemas y sus relatos beben del amplio y su muy personalizado conocimiento de la historia y todos sus componentes.

Entre ellos encontramos a mujeres que deambulan por su prosa y sus versos iluminando las páginas por donde transitan. Mujeres de carnes abundante, de cabellos exuberantes y desordenados como sus vidas, de una sensualidad abierta, inequívoca, tan peligrosas como las aguas que el Gaviero transita; leales y enamoradas, pero brutalmente ariscas, al tiempo que apegadas a ese navegante de sueños desastrosos. Mujeres sobrevivientes de vidas y pasiones azarosas, mujeres astutas y a la vez inocentes. Algunas de ellas fugases compañeras de una noche de las que Maqroll confiesa en Un belle morir, no recordar ni siquiera el nombre: “Las reconocía, a veces, por el olor de la piel (…)”, “como un alquimista destinado a conservar algunas zonas imprescindibles de su nostalgia, (…)”.

En su poema Cocora, Maqroll denuncia otro sentimiento:

“Un olor a sangre desvaída, como el que despiden ciertas mujeres

trabajadas por el arduo clima de los trópicos (…)”

Y en Trilogía, otro

De la ciudad:

“En las puertas que se abren de repente

para mostrar al sol un opulento torso

de mujer que despierta entre naranjos

-blanda fruta muerta, aire vano de alcoba-.”

“Hembras” que marcaron las horas del navegante, del cuentero de historias fabulosas. Féminas que en su divagar por la vida, se incrustaron entre sus costillas; la amante que desnuda en el campo, en el páramo, al borde del río, en la montaña, aquella que en la balsa será su compañera en la muerte, cuando él se la imagina, cuando la presiente. O aquella a su lado en los lugares más inhóspitos e improbables, como es Flor Estévez en La Nieve del Almirante, ese “corralón destartalado”, allá en el páramo más alto de la cordillera, aquella parada de camioneros engarrotados de frío, para beber a sorbos un café o un aguardiente y orinar al borde de un precipicio donde el fluido desaparece, en medio de la ventisca y la bruma constante. Flor Estéves, con su “aire salvaje, concentrado y ausente”, que comparte con él la soledad de un paraje inhóspito.

Y Mutis nos dice:

“Las mujeres no mienten jamás. De los más secretos repliegues

de su cuerpo mana siempre la verdad”. (***)

Y, entonces en su prosa conocemos a Ilona, la que llega con las lluvias”, cuya piel con el sudor adquiría “un sabor almendrado y vertiginoso”, la siempre presente en su mente, aun cuando esté lejana en otros continentes, explorando otras vivencias, compartiendo otros lechos. Nacida en Trieste de padre polaco, compañera de muchas aguas, tormentas y aventuras, fracasadas mayormente. Mujer con quien compartió una última extravagancia, montar en Panamá un prostíbulo donde las meretrices se hacían pasar por azafatas de importantes compañías aéreas, y cuya muerte absurdamente calcinada, le vacía el alma.

En Belle Morir, ya al final, cuando el agobio de lo vivido ciega al Gaviero y no le permite detenerse ante el precipicio hacia dónde indeteniblemente se dirige, aparece Amparo María, joven: “de tez morena, ojos muy negros y expresivos, cuerpo nervudo y recio, espigada y de bellas proporciones (…), “tenía algo de princesa circasiana que le intrigó sobremanera (..)”

Amparo María entró en su catre sin explicación o remilgos, cuando bajaba de la montaña y aparecía en aquel cuarto volado sobre el río, en La Plata, pueblo miserable de contrabandistas y terroristas. Con ella compartió atardeceres y amaneceres, en la hacienda en el llano de los Alvares, una finca de café y caña, a mitad de camino en su acenso hacia la cuchilla del Tambo, llevando armas, camufladas como insumos para la construcción de un ferrocarril inexistente.

Allí donde

“rodeado por todas partes de cafetales dispuestos en un orden casi versallesco, Maqroll sintió la invasión de una felicidad sin sombras y sin límites; la misma que había predominado en su niñez”

Pero, quizá una de las mujeres que más lo marcó fue la condesa polaca/ mexicana Elena Poniatowska, escritora, poeta, activista política y prolífera periodista. No son pocos los que piensan que en cada uno de los personajes femeninos de su obra hay algo de ella.

En una entrevista filmada recientemente la Poniatowska, ya con más de nueve décadas intensamente vividas, con una chispa de picardía en sus ojos nos relata su encuentro con Álvaro Mutis en la prisión de Lecumberri: Lo vi un día que fui a visitar a los obreros ferroviarios que habían participado en una huelga. Me dio un grito de atención a través de una reja ¡“Poniatowska”! Lo saludé con la mano desde lejos, entonces él me gritó ¡te voy a escribir! Y así fue, en poco tiempo comenzó una correspondencia conmigo. Ahí tengo sus cartas. Años después publicamos un libro con algunas de ellas. Allí se lee su voz testimonial, lo que él quería comunicar de sí mismo… con mucho desenfado me comentó, ya no recuerdo si por carta o en viva voz: “Aunque mi mujer me visita, (en la cárcel), te puedo asegurar que cuando yo me vaya de aquí ella se ira con mi abogado”. Y así fue, ríe Poniatowska y continua “tenía una gran capacidad de no tomarse en serio y mandarlo todo para el carajo”.

Mutis goza utilizando palabras maravillosas de nuestra lengua, olvidadas por el uso plebe del lenguaje que se va por lo fácil, por lo diario, lo ovio, y desprecia la riqueza absoluta y delirante de nuestro idioma. Igual ocurre en la Vorágine, de José Eustasio Rivera, novela publicada en 1924. Es indudable que la obra de Rivera impresionó a Mutis. La feroz descripción de los paisajes de la selva, los ríos, la descomposición indetenible de la naturaleza están presente en la obra de Mutis, igual están el mismo miedo, la desesperanza y el agobio. A la Griselda de Rivera la encontramos en rasgos de algunas de las mujeres de Maqroll.

Octavio Paz ha dicho del poeta colombiano: “Mutis es un poeta de la estirpe más rara en español: rico sin ostentación y sin despilfarro. Necesidad de decirlo todo y conciencia de que nada se dice. Amor por la palabra, desesperación ante la palabra, odio a la palabra: extremos del poeta. Gusto del lujo y gusto por lo esencial, pasiones contradictorias pero que no se excluyen y a las que todo poeta debe sus mejores poemas. Lujo y, ya se sabe, orden y belleza, es decir, economía en la expresión.”

Maqroll, es tan esencial en la obra de Mutis que no es posible concebirla sin él. Mario Benedetti nos dice: “Mutis inventa a Maqroll el Gaviero como García Marques a Macondo, Onetti a Santa María, Rulfo a Comala”.

Maqroll el trashumante, el navegante, viajero indetenible, ostenta desde sus primeros versos una agonía insalvable, una visión de la vida siempre al borde del delirio, la pesadilla, la eminencia de la muerte, temas construidos con un realismo lírico que parecen reflejar los sentimientos y emociones de Mutis.

Adivinamos a Maqroll como un heterónimo creado por el autor para expresar su más secreto “alter ego”. Maqroll el Gaviero es ese otro sí de Mutis que todo lo sabe sobre su creador, está agazapado en sus victorias, sus derrotas, sus sueños; es un hijo no bastardo, muy reconocido y aceptado como su propia sangre.

El poeta crea en Maqroll al aventurero en extremo que siempre ignora las señales de peligro que, aunque reconoce y en muchos casos teme, una y otra vez las ejecuta, en medio de un torbellino de aprensiones y recelos. El Gaviero siempre bota al aire sus premoniciones y actúa por la simple satisfacción de actuar contra un mundo que considera absurdo, en muchos casos putrefacto o lodoso como esas aguas que navega y que pululan sus sueños.

Los personajes de sus obras son la búsqueda de su propio yo, como lo son los personajes de los libros de Hermann Hesse que nos obligan a profundizar en nuestra condición humana. Y menciono a Hesse porque Mutis al igual que él siendo muy joven decide “ser poeta o nada”. Hesse ganó el Nobel en 1946, cuando Mutis tenía 23 años y sin duda el joven colombiano conoció El lobo estepario y Siddhartha del alemán, al igual que sus poemas, de ahí quizá el existencialismo que habita sus versos.

Ambos escritores aman y recorrer múltiples geografías lejanas, estudian en profundidad esas culturas para integrarlas en sus escritos, creando personajes de ellas como ejes de sus obras. Ambos deciden vivir la mayor parte de su vida en un país diferente al de su nacimiento. Hesse abandona Alemania y se convierte en ciudadano suizo. Mutis hizo lo propio cuando decide vivir la mayor parte de su vida en México.

Dicen los que conocieron a Álvaro Mutis que era un “bon vivant”, un hombre muy simpático, que disfrutaba de la vida, no así Maqroll. Sin embargo, después de analizar los eventos, aventuras y desventuras de la vida de Mutis, entendemos al Gaviero como el anverso “secreto” del espejo de su autor.

Hay en los versos de Mutis muchas de las características del Barroco Literario, desarrollado en España en el siglo XVII. Hay en su obra una visión pesimista de la vida, abundancia de metáforas, juegos de palabras, sarcasmo e ironía y, una gran ornamentación en busca de placer o rechazo estético, en fin, en busca de emociones.

Nadie como Mutis, vive el ciclo de la vida que se renueva constantemente, nadie como él lo trasforma en poesía, nadie como él denuncia su violencia y eficiencia.

“Sobre el lomo de las pardas aguas bajan naranjas madura, terneros con la boca bestialmente abierta, techos pajizos, loros que chillan sacudidos bruscamente por los remolinos”

Es este un arquetipo de otros mundos, es este espectáculo el gemelo de aquel que se sucede a diario en el río Ganges, el río sagrado de la India, con la misma monotonía, el mismo exceso, la misma parsimonia sobre aguas pardas, engalanadas de pequeños remolinos, aguas sagradas, que transitan al otro lado del mundo, que igual trasportan cadáveres de animales y vegetaciones muertas, en descomposición, bajo los ardientes rayos del sol de las tierras que recorre, corrientes de aguas tan barrosas como los ríos tolimenses de la memoria de Mutis, que resbalan voluptuosos por entre las montañas andinas.

Su poesía encarna un mundo poético exuberante de una originalidad absoluta, nos sumerge en las vicisitudes humanas, sus ambiciones absurdas, sus sueños rotos, su deterioro y su muerte. Ahí está, la parca siempre presente con su guadaña presta a asentar el golpe.

Sus versos tienen un acento y una musicalidad, fundada en el trópico. Atraviesan la selva indomable, dispuesta a ser violada y luego a comerse al violador como lo hace la araña con el macho que la copula.

¿Por qué muchos consideran a Mutis un poeta más universal que americano o colombiano? Quizá porque sus versos transitan muchos universos lejanos a las Américas, en ese ultramar tantas veces mencionado y visitado, porque son una aventura perpetua que se aloja en muchos hemisferios y apunta a un nuevo pensamiento universal, la permanente incertidumbre al borde del precipicio nuclear que vive el hombre moderno.

Su rebeldía, siempre presente, hacia los cánones establecidos de este o aquel estilo de escritura, de esta o aquella región del planeta, no permite que sus versos o su prosa sean enjaulados de modo alguno. La obra de Álvaro Mutis es, ante todo, libre de toda atadura, transgresora e innovadora. Aun cuando beba de muchos estilos diferentes.

Para terminar, leeré un poema que bien refleja por qué considero a Mutis el poeta del hombre contemporáneo, sus debates y angustias, su idealismo malogrado, la transitoriedad de la existencia que lo agobia, la muerte de sus sueños.

Un belle morir

De pie en una barca detenida en medio del río

cuyas aguas pasan en lento remolino

de lodo y raíces.

El misionero bendice la familia del Cacique.

Los frutos, las joyas de cristal, los animales, la selva,

reciben los breves signos de la bienaventuranza.

Cuando descienda la mano

habré muerto en mi alcoba

cuyas ventanas vibran al paso del tranvía

y el lechero acudirá en vano por las botellas vacías.

Para entonces quedará bien poco de nuestra historia,

algunos retratos en desorden,

unas cartas guardadas no sé dónde,

lo dicho aquel día al desnudarte en el campo.

Todo irá desvaneciéndose en el olvido

y el grito del mono,

el manar blancuzco de la savia

por la herida corteza del caucho,

el chaporreo de las aguas de la quilla en viaje,

serán asunto más memorable que nuestros largos abrazos. (****)

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