
Sebastião Salgado: el arte como espejo de la Tierra
Sebastião Salgado
Óscar Roldán-Alzate, crítico y curador de arte colombiano, ofrece una semblanza de Salgado así como de su obra y el alcance que ha logrado.
Por Óscar Roldán-Alzate
La historia del arte, a pesar de sus intentos más sublimes, ha tenido que admitir una vieja e inquebrantable verdad: su incapacidad para alcanzar la belleza inconmensurable de la naturaleza. No se trata de una competencia —esa fue una ilusión antigua—, sino de una comprensión más profunda, que ciertos artistas, los verdaderos, logran habitar: el arte no replica la realidad, la revela. Sebastião Salgado, quien partió de este mundo el 23 de mayo de 2025, no solo sabía esto; lo encarnaba.
Desde su temprano andar como reportero gráfico en la prestigiosa agencia Magnum, Salgado comprendió que una imagen podía ser mucho más que testimonio: podía ser un relámpago ético, una incisión poética en la memoria. La serie de Serra Pelada, aquel infierno dorado donde ríos de cuerpos se sumergen en el barro buscando un gramo de esperanza, ya nos hablaba de esa estética brutal de lo humano, de la dignidad que resiste aún en lo más sombrío.
En el documental La sal de la tierra (2014), dirigido por Wim Wenders y su hijo Juliano Ribeiro Salgado, hay una sonrisa en blanco y negro que nos devuelve la mirada: la del propio Sebastião. Una sonrisa silenciosa, cargada de mundo, que no necesita pronunciarse porque su obra entera ya lo ha dicho todo. Esa sonrisa nos cuestiona radicalmente: ¿cómo vivimos esta fugaz y frágil oportunidad llamada vida?
Recientemente tuve la fortuna de visitar Amazônia, su última gran exposición, curada con maestría por Lélia Wanick Salgado —su compañera de vida y arte—. No se trata de un recorrido expositivo más, sino de una inmersión sensorial, casi wagneriana, donde el visitante es envuelto por el rumor de los ríos, la espesura de los árboles, la sabiduría de los pueblos indígenas y la luz dramática que baña cada fotografía. Aquí no hay pose intelectual ni cinismo curatorial: todo es entrega, verdad, comunión.
El montaje, preciso, teatral sin ser artificioso, permite que la fotografía recobre su potencia como caja gráfica, como altar visual donde cada imagen es al mismo tiempo testimonio y plegaria. Pero la médula de esta muestra no está solo en sus imágenes fijas, sino en los cubículos donde se proyectan los videos de esos pueblos que aún viven en armonía con la Tierra. La belleza de sus cantos, sus danzas, sus palabras, nos susurra algo que ya sabíamos y habíamos olvidado: es posible vivir con lo justo, con lo sagrado.
Y si alguna vez pensamos que el arte no podía transformar el mundo, Salgado nos mostró lo contrario. Junto a Lélia, fundó en 1998 el Instituto Terra, una organización que ha recuperado más de 2.5 millones de árboles en la devastada Mata Atlántica brasileña, reviviendo un ecosistema y sembrando conciencia.
El Instituto Terra ha logrado reforestar más de 700 hectáreas y recuperar 297 especies nativas, convirtiéndose en un ejemplo mundial de restauración ambiental y educación ecológica.
En una de las imágenes de Amazônia, Salgado escribió: “No espero que en 20 años esto sea el recuerdo de algo que ya no existe, sino más bien un llamado testimonial a la otra edad”. Es un espejo de nuestra catástrofe y, al mismo tiempo, una antorcha encendida en medio de la ceguera contemporánea. No hay distancia entre lo que él vivió, lo que fotografió y lo que nos legó: todo es un solo gesto de amor por la vida.
Hoy, el planeta respira un poco menos con su partida, pero su legado es una constelación de preguntas, imágenes y actos. No hizo de la fotografía una carrera, sino un camino ético, una militancia de la belleza. Nos enseñó que mirar bien es también actuar bien, que ver no basta si no somos capaces de sentirnos parte de lo que vemos.
Como Francisco de Asís, Salgado vivió amando al otro: al prójimo humano, sí, pero también al árbol, al río, al mico. Que su obra no quede en las paredes de los museos, sino en nuestras decisiones cotidianas. Que su lucha siga latiendo en nosotros.
Porque, como él, sabemos que lo esencial no se ve con los ojos, sino con la mirada.
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