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Cultura

'Carropasajero': un viaje de vuelta al territorio

'Carropasajero' es el segundo largometraje de los cineastas César Alejandro Jaimes y Juan Pablo Polanco. Esta obra audiovisual da continuidad a su primera película, 'Lapü' (2019), siguiendo el camino de acercar a los espectadores al desértico territorio wayúu de La Guajira. CAMBIO conversó con los directores.

Por: Juan Francisco García

La película Carropasajero es un recorrido por la memoria de algunos hechos que marcaron la historia de la comunidad wayúu de Bahía Portete. Una vieja camioneta de platón, adaptada para llevar pasajeros, cruza el desierto de La Guajira en Colombia. Con el viento llegan voces que se funden entre los pasajeros que allí viajan. Una mujer wayúu vuelve a su territorio, acompañada por su familia, tras años de exilio debido a una masacre paramilitar. Carropasajero es un viaje cíclico donde las capas de tiempo del territorio se tocan y la frontera entre vivos y muertos se diluye.

En este viaje de vuelta a la tierra se genera un encuentro con la intimidad, con el ser interior y por ende con el alma de sus protagonistas, Josefa Fince Epinayú, María Eugenia Fince Epinayú y otros integrantes de esta familia de Bahía Portete.

Durante el viaje por el desierto se encuentran las presencias de aquellos que salieron de manera forzada de Bahía Portete, pequeña bahía del Caribe ubicada al nororiente de la península de La Guajira, donde sus habitantes lo dejaron todo para salvar la vida. Sin embargo, la resiliencia les permitió conservar su espacio propio, y conservar su relación con sus difuntos los hace volver a su lugar de origen. Portete es el pasado y el presente de quienes lo habitan, de los que retornaron, de los espíritus de los ancestros que nunca se fueron y será el espacio de las nuevas generaciones.

CAMBIO habló con sus directores, César Alejandro Jaimes y Juan Pablo Polanco sobre las preguntas abiertas que deja el largometraje.

CAMBIO: ¿Por qué hacer una película sobre la diáspora wayuú, cómo nació la idea y la emoción?

Juan Pablo Polanco y César Alejandro Jaimes: La vuelta al territorio es algo que nos toca de manera cercana a los directores y parte del equipo realizador, pues varios de nuestros abuelos salieron de su tierra a causa de la violencia del siglo pasado, al igual que muchos colombianos.

Esa ruptura con un territorio es algo que aun después de varias generaciones sigue definiéndonos profundamente, aún sigue habiendo un querer conectar con el territorio del que venimos generaciones atrás. De hecho, esa relación truncada con la tierra fue una de las cosas que nos unió en un principio con la familia Fince Epinayú, los protagonistas de Carropasajero. Nosotros a ellos los conocimos durante el desarrollo de nuestra primera película sin saber o pensar que con ellos haríamos una película, pero tras meses de amistad y conocer su compleja y admirable relación con su territorio y sus difuntos, empezamos a pensar en la idea de hacer una película juntos. De hecho, la primera vez que llegamos a Portete, llegamos por un sueño que una tía de la familia nos contó.

Era un sueño en el que ella viajaba con sus familiares vivos y difuntos en un bus, y ella había interpretado que ese sueño le estaba avisando sobre la masacre paramilitar que unos meses después ocurriría en el territorio. Después de escuchar su sueño y la relación que este había tenido con sus ancestros, su tierra y la violencia que allí había ocurrido quedamos tan conmovidos que ella nos invitó a visitar Portete. En ese momento no pensábamos en hacer una película allá, pero la narración de ese sueño y esa profunda relación con el territorio y sus difuntos nos llevaron allá.

Por otro lado, Colombia es de los países con mayor desplazamiento forzado interno en el mundo y a pesar de esto se gestan muchos procesos de retorno. Estos son procesos de mucha valentía por parte de las comunidades, pero pueden ser procesos muy largos, frágiles y sin las garantías necesarias para retornar. Muchas veces nos relacionamos con estos procesos desde las cifras, oficialmente se dice que ha habido más de 8 millones de desplazados en Colombia, lo cual es una cifra aterradora, pero detrás de esa cifra se pierde la humanidad e individualidad de cada caso.

A nosotros nos interesa acercarnos a esos gestos, a los susurros, a los recuerdos que hay detrás de esas cifras, intentar relacionarnos de una manera más humana.

CAMBIO: ¿Cómo se relacionaron con la creación de una película casi que eminentemente contemplativa en un mundo adicto al cambio y el estímulo?

J.P.P. y C.A.J.: Para nosotros era importante que la película generara la sensación de realmente compartir tiempo escuchando a los personajes. Ese acto de escucha profunda no ocurre en unos pocos segundos, requiere tiempo. Escuchar el relato de las mujeres protagonistas de la película, sus recuerdos y espacios de intimidad no es algo a lo que se acceda con afán, requiere atención y en esa atención al final hay cariño, un dar importancia a lo que el otro tiene para decir.

Por otro lado, el cine es una gran herramienta para expandir nuestra percepción que suele estar acostumbrada al ritmo frenético del scroll, otro ritmo, o una actitud contemplativa, implica otra percepción del otro y de uno mismo. Además, ese ritmo pausado es el ritmo del desierto y de la oralidad en la comunidad, la película hace un esfuerzo por acompañar ese ritmo más que imponer el ritmo de la ciudad.

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También es importante para nosotros que el espectador tome una posición activa en la construcción del relato y la narrativa, no queríamos que la película usara la imagen y el sonido para ilustrar hechos o verdades unívocas. En la contemplación está la posibilidad de compartir tiempo con una imagen y poder sobrepasar esa primera etapa ilustrativa de la imagen y que esta se empiece a expandir y podamos crear lazos con ella.

CAMBIO: ¿Son actores y actrices naturales? ¿Cuáles fueron los grandes retos y las bondades de trabajar con ellos?

J.P.P. y C.A.J.: Aunque la película es en gran medida un documental, también hay un trabajo de puesta en escena y creación colectiva con los personajes. Aunque ningún personaje de la película ha tenido entrenamiento profesional como actor, el aporte creativo de los personajes fue gigante tanto en la escritura y preproducción como en el rodaje.

Las protagonistas de la película son también escritoras del largometraje, pues durante años realizamos charlas y ejercicios de improvisación con ellas, que fueron dando forma al “guion” de la película. Así que el trabajo con ellas fue fundamental, para nosotros fue muy bello sentir que el proceso de hacer la película se convertía en un lugar de expresión para las protagonistas donde podían dar flujo a una sensibilidad que en muy pocos espacios podían desarrollar.

Josefa, una de las protagonistas, durante el rodaje de varias escenas tuvo encuentros espirituales con sus familiares, momentos de un gran valor para ella, que se estaban pudiendo dar, por el trabajo que hacía la película construyendo ese espacio de intimidad donde ellas podían crear y dejar fluir sus emociones y pensamientos. Trabajar con actores naturales para nosotros es abrirse a otras formas de entender la puesta en escena y la representación, es trabajar de persona a persona, no de director a actor, sin un preconcepto de cómo se debe interpretar una escena o una idea.

Se trata un poco de ser un vehículo y dar las herramientas para que el otro pueda crear durante la escena. De hecho, casi toda la película fue rodada en wayuunaiki, sin que nosotros supiéramos con exactitud qué se decía, eso daba el espacio y la responsabilidad a los protagonistas de poner las palabras que quisieran y nosotros poder centrar nuestra atención en el ritmo, la intención, los gestos, el tono. Solo unos meses después de grabar, a la hora de traducir y subtitular el material, supimos y dimensionamos la fuerza de las palabras que los personajes habían puesto en la película.

CAMBIO: Cuál es, para ustedes, la emoción que impera en esta película. ¿Qué tipo de viaje pensaron para el espectador?

J.P.P. y C.A.J.: Para nosotros el viaje que plantea la película, aunque se enfrenta a emociones difíciles, es un viaje que logra reconectar con el territorio, con los ancestros y las nuevas generaciones, por lo que es también un gesto de resistencia desde el cariño a la tierra y los difuntos.

Para nosotros es importante que el espectador participe activamente de la creación de ese viaje, por eso la película hace preguntas y deja incógnitas, se trata de que el espectador construya el sentido y las emociones que transitan en la película, la película guía al espectador hasta un punto, pero le da libertad de hacer su propio viaje.

Cuando la narrativa o las emociones en la película no están tan marcadas y forzando al espectador a seguirlas, todo el tiempo el espectador es libre de construir y sentir poniendo sus propios recuerdos y emociones en relación con las imágenes y sonidos. Es como una meditación o un mantra, hay una guía, un estado de ánimo planteado, pero cada espectador es libre de relacionarse con este a su manera. Aun así, para nosotros en la película hay un tránsito que comienza con un estar perdido, como lo está su protagonista en un comienzo, para luego comprender la dimensión espiritual y del viaje que ella está realizando.

En las conversaciones con el público durante el estreno en Colombia, ha sido muy bello ver cómo la película conecta con los espectadores desde tantos lugares tan diferentes. Lugares que incluso nosotros no habíamos dimensionado, pero que están en la película esperando ser creados por los espectadores.

CAMBIO: ¿Es La Guajira un país aparte? ¿Un país de ensueño? ¿El abandono y la lejanía han hecho de ese territorio un país onírico?

J.P.P. y C.A.J.: La Guajira es un territorio muy complejo y cambiante, no es lo mismo la baja Guajira que la alta, o Nazareth o Paraguachón, es un territorio infinito que uno nunca termina de comprender y capaz de dar un cariño y hospitalidad como pocos lugares nos los han brindado.

Aunque en general sí existe una forma de funcionamiento muy distinta al resto del país, también existe una exotización y romantización de La Guajira que a veces siento que no permite aproximarse a ella en su complejidad y contradicciones. Más que un lugar de ensueño onírico yo siento La Guajira como un territorio de una fuerza y una resistencia tremendas, es un territorio que ha logrado resistir culturalmente a los últimos 500 años de colonización, desde los españoles hasta el Cerrejón y el paramilitarismo, y ha resistido con una profunda reinterpretación y apropiación de la cultura “occidental” que es admirable.

Es un territorio que, aunque ha tenido una relación muy estrecha con la cultura blanca, en La Guajira, el pueblo wayúu ha logrado seguir construyendo su forma propia de percibir la realidad, tanto a nivel político como espiritual. Es cierto que en La Guajira y la cultura wayúu hay una relación profunda, cotidiana y vital con los sueños, los ancestros y los difuntos, pero esto no es un hecho pasivo producto solamente del abandono estatal, es un acto de resistencia y arraigo muy profundo que existe, incluso anterior al Estado colombiano.

De hecho, hay quienes hablan de la nación wayúu, que se extiende por La Guajira y parte del estado de Zulia en Venezuela pues para el pueblo wayúu la frontera entre Colombia y Venezuela no existe, es un invento moderno de los Estados.

Para nosotros La Guajira ha sido casa, cariño y aprendizaje los últimos diez años y espero que lo siga siendo hasta que nos vayamos de este mundo.

CAMBIO: ¿Cómo fue encontrar las locaciones, desde lo estético y desde lo logístico? ¿Se sintieron seguros indagando un lugar hoy, más que nunca, sitiado por la violencia en todas sus formas?

J.P.P. y C.A.J.: Aunque durante el desarrollo recorrimos bastante La Guajira viajando por muchos lugares, luego la película se rodó en su mayor parte en el territorio de la familia Fince Epinayú en Bahía Portete. Esto sobre todo se hizo para poder generar un espacio de intimidad y confianza con los protagonistas para que la energía en rodaje la gastáramos en tener tiempo y conectar emocionalmente, más que en estar desplazándose y cambiando de campamento todos los días.

Así que nuestra base durante casi todo el rodaje fue la ranchería de Meme en la alta Guajira, un lugar que, aunque representaba complicaciones logísticas grandes para abastecer el agua, la comida y la electricidad, es un lugar que conocemos hace años y donde ya nos sentimos como en casa, Meme es una lideresa tremendamente hospitalaria y cariñosa sin dejar de lado su fuerza y autoridad. Aunque a lo largo de los años sentimos la presencia de la violencia en el territorio en diversas formas, afortunadamente nunca tuvimos que enfrentarnos a violencia grave, de hecho, hoy Portete es muy seguro.

Detrás de cámaras Carropasajero. Cortesía: Carropasajero

La percepción de seguridad en La Guajira depende mucho del lugar, la forma en la que se está viajando y las preconcepciones que uno carga. Tras diez años viajando en La Guajira siento que hemos aprendido que ciertas situaciones que para uno que viene de la ciudad pueden sentirse inseguras en un comienzo, realmente no lo son tanto y es producto de un desconocimiento de las lógicas del territorio.

Por otro lado, a nivel estético sabíamos que la presencia del paisaje en la película iba a estar reducida y que queríamos que el paisaje cambiara poco, para permitir abstraer ese viaje. Las locaciones en la película intentan crear que el recorrido del viaje no sea un recorrido solo geográfico, sino un recorrido espiritual o mental.

CAMBIO: Que nos muestran, “a los hermanos menores”, los wayúú. ¿Cuáles fueron sus grandes revelaciones?

J.P.P. y C.A.J.: Uno de los aprendizajes más profundos de estos años trabajando con la familia Fince, es su relación con sus difuntos, sus ancestros. En La Guajira la propiedad de la tierra la dan los restos de los familiares enterrados en el cementerio de la familia. Los difuntos tienen una importancia política y espiritual admirable.

Por otro lado, en estos siete años hemos acompañado a las protagonistas de la película en sus duelos por la muerte de familiares y ellas nos han acompañado a nosotros en el duelo por la muerte de los nuestros. Ha sido como compartir un luto con mujeres que tienen una gran sensibilidad, sabiduría y fortaleza para enfrentar esas emociones. Nos hemos acompañado en estos momentos difíciles de muerte durante la pandemia y también nos hemos acompañado en la alegría del viaje y la borrachera del velorio.

Nos han enseñado que la muerte no es un final y la vida de unos es la continuación de la muerte de los que estuvieron antes. Nos enseñaron la fuerza y el cariño con el que se toca a los que ya no están porque somos parte de ellos que también son tierra, somos territorio.

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