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JEP comparecientes 3
Crédito: JEP
Conflicto armado en Colombia

El abrazo de Rosalba Angélica: verdad y perdón en la audiencia de la JEP por falsos positivos en el oriente antioqueño

En el segundo día de la audiencia de consolidación de verdad por crímenes cometidos entre 2003 y 2004, familiares de las víctimas escucharon los relatos de los militares responsables, les extendieron el perdón y, en un momento que marcó la jornada, una madre y su nieta abrazaron a uno de los comparecientes.

Por: Juan David Cano

Rosalba Angélica Quintero de Giraldo perdió a su hijo John Darío Giraldo Quintero el 6 de septiembre de 2003, en la vereda El Jordán de Cocorná, Antioquia. Ese día, integrantes del Batallón de Artillería No. 4, conocido como BAJES, lo asesinaron junto a otras dos personas y los presentaron falsamente como guerrilleros muertos en combate. Más de veinte años después, en una sala en Medellín, Rosalba Angélica se levantó y abrazó al militar que dio la orden de matarlo.

El gesto ocurrió durante el segundo día de la audiencia pública de consolidación de verdad y determinación de medidas de reparación que adelanta la Sala de Definición de Situaciones Jurídicas de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP).

La diligencia hace parte de la ruta no sancionatoria y convocó a comparecientes del BAJES que no fueron seleccionados como máximos responsables, pero que estuvieron involucrados en nueve hechos ocurridos en San Luis, Cocorná y Granada entre 2003 y 2004, que dejaron 19 víctimas.

Antes del abrazo, la nieta de Rosalba Angélica, Yésica Natalia Giraldo Marín, tomó la palabra. “Les agradezco por estar aquí, darnos la cara, decir la verdad, que es lo que tanto buscamos en este proceso (…). Es muy difícil crecer sin padre y, por eso, también le doy gracias a mi abuela. Nosotros estamos aquí porque ella fue la que nos cuidó (…). Les doy mi perdón porque Dios me ayudó a sanar todo el rencor”, dijo.

Poco después anunció lo que vendría: “De parte de mi abuela y de parte mía, como muestra de nuestro perdón sincero, queremos brindarle un abrazo”.

Y así, junto a Rosalba Angélica, abrazaron a Andrés Mauricio Rosero Bravo, el teniente que en aquella vereda coordinó los asesinatos, consiguió un fusil con paramilitares y autorizó que torturaran a una de las víctimas.

Pero no solo ocurrió este episodio. En la audiencia, ante Sol Beatriz Aizález, prima de otra de las víctimas, y ante la familia de John Darío, comparecientes como Diego Londoño Rojas pidieron perdón: “Estoy aquí parado frente a ustedes con vergüenza, con arrepentimiento, por los horrores que cometí en el Pelotón Bombarda (…). Quiero pedirles perdón, aunque sé que no lo merecemos, desde lo más profundo de mi corazón, quiero que sepan que no hay día de mi vida en el que no me arrepienta de lo que hice. Me tortura cada día pensar en el dolor que les causé”, dijo.

Al terminar, entregó a las tres mujeres el árbol con el que los comparecientes recuerdan la memoria de las víctimas, para que lo ubicaran en el llamado Bosque del Recuerdo.

La audiencia también abordó el asesinato de Orlando de Jesús Sossa Ramírez, de 14 años, y de Carlos Arturo Mejía Cardona, ocurrido el 19 de febrero de 2004 en la vereda Santa Bárbara de Cocorná. Nueve comparecientes respondieron preguntas de Gonzalo Antonio Sossa Cardona, hermano de Orlando. “Gracias a la JEP nos enteramos nosotros también de muchas cosas. Ni Orlando, ni Carlos Arturo tenían nada que ver con grupos armados”, dijo Rosero Bravo.

Al final, Gonzalo Antonio les dijo: “A pesar de que le arrebataron la vida a mi hermano, le quitaron la salud a mi madre, y de que llevamos una vida difícil, yo los perdono”.

El séptimo y octavo hechos abordados en la jornada ocurrieron en Granada. El 14 de junio de 2004, en el corregimiento de Santa Ana, 15 comparecientes reconocieron ante Germán Alonso García Parra y Miriam García el asesinato de Nicolás Emilio García Parra y de otras dos personas que aún no han sido identificadas.

Según lo reconstruido por la JEP, Nicolás estuvo retenido varios días antes de ser asesinado. El compareciente Édgar Sánchez Restrepo describió cómo recibió y ejecutó la orden: : “Recibí la orden de Andrés Rosero de ejecutar a Nicolás. Salimos de Santa Ana con las personas que teníamos retenidas. Rosero me decía 'asegúrelo', yo sabía que se refería era a asesinarlo. A veces con un solo gesto, con los ojos me daba la indicación. Lastimosamente, me convertí en un ejecutor. Nunca me negué”, dijo.

Miriam García contó lo que provocó la muerte de Nicolás y sus hermanos: : “Mi papá se fue y nos dejó por miedo a que le pasara lo mismo que a mis tíos (…). Mi abuela es una persona que no sabe dónde está, nos ve y no nos reconoce. De tanto dolor, debe estar cansada. Eso era lo que quería mi papá, él ya lo sabe todo”.

El octavo hecho fue el asesinato de Rodrigo de Jesús Castaño Aristizábal, el 8 de febrero de 2004, también en Santa Ana. Un soldado lo mató cuando lo vio correr por el campo. Ante su hermana Cecilia, el compareciente Horacio Misas Echavarría reconoció que la responsabilidad no era solo de quien disparaba: “Quisiera pedirle perdón a usted, señora Cecilia, y a todas las víctimas del Oriente antioqueño. Fui partícipe en muchos casos. Tuve conocimiento. Es tan culpable el que comete los hechos como el que los oculta. Nosotros, como profesionales, debimos orientar más a los soldados campesinos, pero en esa zona era el 'modus operandi', los campesinos los teníamos estigmatizados”.

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